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La emisión de billetes gigantes y la apertura de casas de cambio privadas revelan el colapso monetario que el Gobierno intenta maquillar

La opacidad es total. El Gobierno admite que la tasa oficial se fundamentará en las operaciones de estas casas de cambio, pero no dice cuál es esa tasa ni cómo se relacionará con el dólar que ya roza los 700 CUP en la calle. Foto Cubadebate

Redacción Central

La Habana. PLC | La llegada de los nuevos billetes de 10.000 y 20.000 pesos confirma, más que cualquier discurso oficial, la profundidad del derrumbe monetario cubano. En menos de seis meses, las denominaciones de 2.000 y 5.000 pesos —presentadas como una “actualización necesaria”— quedaron obsoletas frente a una inflación que devora el valor del peso a una velocidad sin precedentes. El Banco Central asegura que estos billetes “completan la modificación del cono monetario”, pero en realidad completan la evidencia de que la moneda nacional ha perdido su función básica: servir como reserva de valor.

La presencia de Haydée Santamaría y Vilma Espín en los nuevos billetes intenta revestir de épica revolucionaria una medida que, en cualquier economía normal, sería síntoma de emergencia. Ningún país imprime billetes de 20.000 pesos porque quiere; lo hace porque la inflación lo obliga. El Gobierno reconoce oficialmente un 25% interanual, pero en la economía real —la que determina la vida cotidiana— los precios suben mucho más rápido. El mercado informal, donde se fijan los precios verdaderos, ya opera con cifras que convierten los billetes anteriores en papel sin utilidad.

La Mesa Redonda presentó la emisión como parte de un paquete de reformas para “recuperar el papel de los bancos en la economía”. Pero el anuncio más revelador fue otro: la apertura de la primera casa de cambio privada en Santa Clara. Es un hecho histórico, pero también una señal de que el Estado ha perdido la capacidad de controlar el mercado cambiario. El Banco Central afirma que estas entidades aportarán “información relevante” basada en operaciones reales, no en redes sociales. Sin embargo, evita explicar cómo se calculará la tasa de cambio, qué metodología se usará, qué margen tendrán los operadores privados o cómo se evitará que el mercado informal siga marcando el ritmo.

La opacidad es total. El Gobierno admite que la tasa oficial se fundamentará en las operaciones de estas casas de cambio, pero no dice cuál es esa tasa ni cómo se relacionará con el dólar que ya roza los 700 CUP en la calle. Tampoco explica si estas entidades podrán operar libremente o si estarán sometidas a controles que las convertirán en extensiones del sistema estatal. La experiencia cubana indica que, sin transparencia, cualquier intento de mercado formal termina siendo decorativo.

El Observatorio de Monedas y Finanzas ha señalado que la dolarización parcial podría ofrecer ventajas en términos de estabilidad, pero también advierte que sin reformas institucionales profundas —incluyendo disciplina fiscal, autonomía bancaria y reglas claras— cualquier intento será insuficiente. El Gobierno, sin embargo, sigue apostando por medidas cosméticas: nuevos billetes, nuevas casas de cambio, nuevos discursos. Nada de eso detiene la inflación ni recupera la confianza en el peso.

La emisión de billetes de 10.000 y 20.000 pesos no es una modernización del cono monetario: es la admisión de que el peso cubano se ha convertido en una moneda en caída libre. La apertura de casas de cambio privadas no es una reforma estructural: es el reconocimiento de que el Estado ya no puede sostener un mercado cambiario artificial. Cuba entra en una fase donde la economía real se impone sobre la propaganda, y donde cada medida revela más la crisis que intenta ocultar.


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