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La solidaridad tutelada: cómo la Svensk-kubanska föreningen (la Asociación Cubana-Sueca) sirve a la propaganda del régimen cubano en Suecia

La relación entre la asociación y los medios suecos también ilustra su función propagandística. En sus comunicados, la Svensk-kubanska föreningen acusa a diarios como Dagens Nyheter, Svenska Dagbladet y otros de reproducir una visión “distorsionada” de Cuba, pero rara vez entra en un debate serio sobre las fuentes, los datos o los testimonios de disidentes y organizaciones de derechos humanos. Foto captura Facebook

Estocolmo. PLC / La Svensk-kubanska föreningen se presenta ante la opinión pública sueca como una asociación de solidaridad con el pueblo de Cuba, dedicada a difundir información alternativa sobre la isla, denunciar el embargo estadounidense y apoyar proyectos sociales. Sin embargo, un análisis histórico y político más amplio revela que, detrás de esa fachada, la organización funciona de facto como un engranaje de la maquinaria propagandística del régimen castrista en Europa, articulada en estrecha coordinación con la embajada de Cuba en Estocolmo y el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), la institución encargada de organizar la “solidaridad” internacional bajo control del Estado cubano.

La génesis de este tipo de asociaciones se remonta a los años sesenta y setenta, cuando la Revolución cubana buscó construir redes de apoyo político en Europa occidental, especialmente en medios sindicales, partidos de izquierda y movimientos de solidaridad. El ICAP, creado en 1960, fue el instrumento central para coordinar estas redes: desde La Habana se diseñaban campañas, se seleccionaban interlocutores y se organizaban brigadas de trabajo voluntario y viajes de delegaciones extranjeras a la isla, con el objetivo de consolidar una imagen idealizada de la Revolución y neutralizar las críticas sobre la falta de libertades y la represión interna. La Svensk-kubanska föreningen se inscribe en esa tradición: su discurso, sus prioridades y sus alianzas reflejan la narrativa oficial del régimen más que una defensa autónoma de los derechos del pueblo cubano.

En la práctica, la asociación actúa como caja de resonancia de los mensajes elaborados por la prensa oficial cubana y por los aparatos ideológicos del Estado. Basta revisar sus publicaciones recientes para comprobarlo: artículos que denuncian sistemáticamente a los medios suecos como “estadounidenses por delegación”, acusándolos de reproducir la narrativa de Washington sobre Cuba, mientras se citan extensamente análisis de Cubadebate y otros órganos oficiales como fuentes de autoridad. En un texto sobre la cobertura de Cuba en el diario español El País, la Svensk-kubanska föreningen sostiene que la prensa occidental construye una “operación narrativa” hostil contra la isla, sin reconocer el papel del régimen en la crisis económica, la represión de las protestas y la falta de pluralismo político.

Este alineamiento discursivo no es casual. La estructura de la asociación reproduce el modelo vertical de la solidaridad controlada: la embajada de Cuba en Estocolmo funciona como centro de coordinación política, mientras el ICAP en La Habana define líneas generales de trabajo, campañas internacionales y prioridades temáticas. Las brigadas de solidaridad que viajan desde Suecia a Cuba —presentadas como experiencias de intercambio y apoyo— son organizadas en colaboración con el ICAP, que selecciona los lugares a visitar, los interlocutores y los mensajes que se transmiten. El resultado es un circuito cerrado donde los participantes reciben una versión cuidadosamente filtrada de la realidad cubana, diseñada para reforzar la legitimidad del régimen y minimizar sus violaciones de derechos humanos.

La dimensión política de esta solidaridad tutelada se hace evidente cuando se analizan las posiciones públicas de la Svensk-kubanska föreningen ante hechos concretos. En lugar de situarse junto a las víctimas de la represión, la asociación tiende a justificar o relativizar las acciones del gobierno cubano. Cuando se producen protestas masivas en la isla por la escasez de alimentos, medicinas y electricidad, la organización centra su discurso en el embargo estadounidense, sin reconocer la responsabilidad del modelo económico y político interno. Cuando se denuncian detenciones arbitrarias, hostigamiento a periodistas independientes y persecución de activistas, la respuesta suele ser el silencio o la descalificación de las fuentes críticas como “instrumentos de Washington”.

Diversos analistas han señalado esta paradoja: una asociación que se proclama solidaria con Cuba, pero que en la práctica muestra solidaridad principalmente con el Estado cubano y sus aparatos de poder. En un reciente artículo de opinión se subraya cómo la Svensk-kubanska föreningen se apresura a defender a figuras del régimen, como Raúl Castro, frente a acusaciones internacionales, mientras ignora sistemáticamente a los cubanos que sufren las consecuencias de las decisiones del gobierno. Esta lógica de solidaridad invertida —con el poder, no con la ciudadanía— es coherente con el papel que el ICAP asigna a las asociaciones de amistad: ser defensores externos del régimen, amortiguadores de la crítica y promotores de una imagen romántica de la Revolución.

La relación entre la asociación y los medios suecos también ilustra su función propagandística. En sus comunicados, la Svensk-kubanska föreningen acusa a diarios como Dagens Nyheter, Svenska Dagbladet y otros de reproducir una visión “distorsionada” de Cuba, pero rara vez entra en un debate serio sobre las fuentes, los datos o los testimonios de disidentes y organizaciones de derechos humanos. En lugar de eso, recurre a la descalificación general y a la repetición de argumentos elaborados en La Habana: el embargo como explicación total, la resistencia heroica del pueblo, la denuncia de una supuesta “guerra mediática” contra la isla. Esta estrategia busca deslegitimar cualquier crítica externa y consolidar la idea de que solo la narrativa oficial —difundida por el ICAP y sus aliados— es válida.

Históricamente, este tipo de asociaciones han desempeñado un papel importante en la construcción de redes de influencia en Europa. A través de conferencias, viajes, campañas y presencia en espacios sindicales y universitarios, la Svensk-kubanska föreningen ha contribuido a mantener viva una imagen de Cuba como bastión de dignidad y resistencia, mientras se invisibilizan las voces de los cubanos que reclaman libertades básicas, pluralismo político y reformas profundas. La solidaridad, en este marco, se convierte en un instrumento de poder: se pide apoyo para un Estado que niega derechos fundamentales, y se descalifica a quienes, desde dentro de la isla, cuestionan ese orden.

Para el debate democrático en Suecia, es crucial distinguir entre solidaridad con un pueblo y alineamiento con un régimen. La Svensk-kubanska föreningen tiene todo el derecho a expresar sus posiciones políticas, pero la sociedad sueca tiene el derecho —y la responsabilidad— de examinar críticamente su papel como canal de propaganda de un gobierno autoritario. Comprender la articulación entre la asociación, la embajada de Cuba y el ICAP permite ver que no se trata de una simple iniciativa de base, sino de una pieza en una estrategia internacional de legitimación del castrismo.

Desenmascarar esta solidaridad tutelada no significa negar la necesidad de un debate serio sobre el embargo, la política estadounidense o las responsabilidades históricas de las potencias occidentales. Significa, más bien, recuperar el centro del problema: el pueblo cubano, sus derechos, sus demandas y su futuro. Una verdadera solidaridad con Cuba pasa por escuchar esas voces, no por repetir sin matices el guion de un régimen que lleva más de seis décadas evitando cualquier apertura democrática real.

Algo de la historia de la Svensk‑kubanska föreningen

En otoño de 1982, el programa de debate televisivo sueco Magazinet emitió lo que puede considerarse el primer espacio verdaderamente crítico sobre el régimen cubano después de décadas en las que la propaganda castrista se presentaba como algo normal e intocable en los medios suecos. En aquel programa debatieron Eva Björklund, representante de la Asociación Sueco‑Cubana, y el periodista, cineasta y escritor cubano exiliado Humberto López y Guerra. La calidad de la imagen no es la mejor, pero para quien esté interesado en la historia de la solidaridad política con Cuba en Suecia, vale la pena verlo.


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