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La UNEAC en Ginebra: diplomacia cultural para encubrir una crisis de derechos humanos

La UNEAC, que debería ser un espacio de defensa de la libertad artística, ha terminado legitimando la represión que silencia a sus propios miembros. Foto: Marta Bonet y Magda Resik (detrás de la bandera) representando a la UNEAC en Suiza/Unión de Escritores y Artistas de Cuba - UNEAC

Redacción Central

Estocolmo. PLC | La presencia de la UNEAC en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con Marta Bonet y Magda Resik como portavoces, revela una estrategia que el Gobierno cubano ha perfeccionado durante décadas: utilizar la cultura como escudo político mientras la represión se intensifica dentro del país. La delegación viajó a Ginebra para hablar de educación gratuita, acceso a la cultura y del embargo estadounidense como “principal obstáculo” para el desarrollo artístico. Pero lo que no dijeron pesa más que lo que dijeron.

Mientras Bonet defendía en Suiza “el compromiso con los derechos humanos que prima en Cuba”, en la Isla la Seguridad del Estado detenía por sexta vez en el año a la intelectual Alina Bárbara López Hernández por intentar realizar su protesta cívica mensual. La UNEAC la expulsó en 2024 por “actividades contra la revolución”, una decisión que provocó la renuncia pública de Jorge Fernández Era y que marcó el punto de ruptura definitivo entre la organización y buena parte de la comunidad intelectual crítica. Ese contraste entre el discurso internacional y la realidad doméstica es el núcleo del problema: la UNEAC actúa como brazo cultural del Estado, no como representante autónoma de los artistas.

Las cifras desmontan cualquier narrativa oficial. Prisoners Defenders documentó 1.339 presos políticos en agosto de 2026, la cifra más alta desde el 11J. Cubalex registró 1.894 violaciones de derechos humanos solo entre enero y junio, con 919 víctimas. Ninguno de estos datos fue mencionado en Ginebra. Tampoco se habló de la censura sistemática, de los artistas encarcelados, de los periodistas independientes perseguidos, ni de los músicos y escritores que han abandonado el país ante la imposibilidad de crear sin vigilancia ni amenazas. La UNEAC, que debería ser un espacio de defensa de la libertad artística, ha terminado legitimando la represión que silencia a sus propios miembros.

La delegación cubana en Suiza fue amplia y cuidadosamente coordinada: UNEAC, Unión de Juristas de Cuba, Asociación Cubana de Producción Animal, todos bajo el paraguas de la ACNU. El mensaje era único y predecible: el problema de Cuba es el embargo. Esa narrativa, repetida en cada foro internacional, sirve para desplazar la atención de la crisis interna y para evitar que se discuta lo esencial: la ausencia de libertades políticas, la criminalización de la disidencia y la falta de garantías para los derechos civiles más básicos.

El viaje tuvo también su componente ceremonial. En Berna, la UNEAC entregó el Premio Internacional Josefina Méndez al bailarín ruso Azari Plisetski, en un acto celebrado en la embajada cubana y acompañado por representantes de Cuba y Rusia, dos países con historiales cuestionados en materia de derechos humanos. La imagen de la bandera cubana junto a la rusa en un evento cultural, mientras se oculta la represión en la Isla, resume la lógica de la diplomacia cultural del régimen: proyectar prestigio artístico para encubrir la erosión de las libertades.

El 65 aniversario de la UNEAC ha sido celebrado en Cuba con una campaña propagandística centrada en Fidel Castro, reforzando la idea de que la organización sigue siendo un instrumento ideológico. La UNEAC no es hoy un espacio de debate intelectual ni de defensa de los creadores, sino una estructura disciplinaria que premia la lealtad política y castiga la autonomía. Su silencio ante la represión del 11J, su respaldo a la narrativa oficial contra “Patria y Vida” y su expulsión de voces críticas confirman que su función no es proteger a los artistas, sino proteger al poder.

La intervención en Ginebra no fue un acto de representación cultural, sino un ejercicio de propaganda diplomática. Mientras la UNEAC habla de derechos humanos en la ONU, los cubanos que intentan ejercerlos son detenidos, vigilados, expulsados de sus trabajos o encarcelados. Esa contradicción no es accidental: es estructural. La cultura oficial cubana se ha convertido en un mecanismo de legitimación internacional que oculta la crisis política y moral del país.

La pregunta no es por qué la UNEAC dice lo que dice en Ginebra, sino por qué sigue teniendo autoridad para hablar en nombre de los artistas cubanos. En un país donde la libertad de creación está condicionada por la obediencia política, donde los intelectuales críticos son castigados y donde la represión alcanza niveles récord, la UNEAC no representa a la cultura cubana: representa al Estado que la controla.


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