BRASIL-ELECCIONES
Redacción Central
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Actualizado por última vez 09:13
Río de Janeiro. PLC | Brasil amaneció con un país partido en dos. Con el 100 por ciento de las urnas escrutadas, el Tribunal Superior Electoral confirmó que Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03 por ciento de los votos válidos, mientras Luiz Inácio Lula da Silva alcanzó el 45,16 por ciento. Ninguno superó el umbral del 50 por ciento, lo que obliga a una segunda vuelta el 25 de octubre. La diferencia final, apenas 2,2 millones de votos, refleja una polarización extrema que ya se percibía desde Suecia y el resto de Europa como un síntoma de la fragilidad democrática brasileña.
El resultado confirma lo que el experto sueco Andrés Rivarola Puntigliano había adelantado en su entrevista con el diario Svenska Dagbladet: “Está tan reñido como puede estarlo”. Las encuestas oscilaron durante semanas, Lula comenzó con ventaja, pero Bolsonaro hijo recortó distancias con fuerza en la recta final. La primera vuelta demuestra que Brasil no solo está dividido, sino que enfrenta dos proyectos de país que difícilmente pueden coexistir.
Flávio Bolsonaro llega a esta instancia marcado por la sombra de su padre, Jair Bolsonaro, condenado en 2025 a 27 años de prisión por intentar revertir su derrota electoral de 2022. El hijo defiende la misma línea ideológica: penas más severas, flexibilización del acceso a armas, castración química para violadores y pedófilos, y un acercamiento explícito a Donald Trump. Su programa económico propone reducir drásticamente el papel del Estado. El mapa electoral confirma su fuerza en el Sur, Centro-Oeste y parte del Sudeste, regiones donde el discurso de orden y mano dura mantiene un apoyo sólido.
Lula, por su parte, llega debilitado. Su índice de confianza cayó al 24 por ciento, según datos citados por AP, y el desgaste económico ha sido un factor decisivo. A esto se suma un escándalo de corrupción en el sector financiero que salpicó a figuras cercanas al proceso judicial contra Jair Bolsonaro, alimentando la narrativa de la derecha de que Lula representa “la Brasil corrupta”. El presidente ganó en el Nordeste y parte del Norte, pero perdió terreno en estados clave del Sudeste, donde se decide la elección.
Desde Suecia y la Unión Europea, el resultado tiene implicaciones directas. Lula es un histórico aliado de Cuba y Nicaragua, mantiene relaciones fluidas con Miguel Díaz-Canel y ha defendido públicamente la soberanía de Managua frente a críticas internacionales. Además, ha mantenido contactos con la Rusia de Vladímir Putin en el marco de los BRICS, buscando una política exterior autónoma respecto a Estados Unidos y Europa. Para Bruselas, esta combinación de discurso democrático y alianzas con regímenes autoritarios genera incomodidad.
Un triunfo de Bolsonaro hijo, en cambio, acercaría a Brasil a la línea política de Trump, alejándolo de la agenda europea en temas de medio ambiente, democracia y derechos humanos. Para la UE, Brasil no es solo un socio económico: es un actor clave en la lucha contra la deforestación amazónica y en la estabilidad regional. La elección brasileña, vista desde Estocolmo, no es un asunto lejano: es un punto de inflexión geopolítico.
La abstención, que alcanzó el 21,08 por ciento, añade otra capa de incertidumbre. Más de 33 millones de brasileños no acudieron a votar, una cifra que podría definir la segunda vuelta. En un país profundamente polarizado, donde la confianza en las instituciones se ha erosionado, cada voto será decisivo.
Brasil llega al balotaje exhausto, dividido y enfrentado a dos visiones irreconciliables. Como advirtió Rivarola Puntigliano, “aquí no se puede predecir nada”. Lo único claro es que el futuro político de Brasil influirá mucho más allá de sus fronteras, y Europa observa con atención un país que hoy se debate entre la continuidad de Lula y el avance del bolsonarismo.
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