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Israel decide el futuro de Netanyahu en unas elecciones con participación récord y el trauma del 7 de octubre como telón de fondo

Esa matemática parlamentaria transforma la elección en dos batallas distintas. La primera se decide hoy en las urnas. La segunda empezará después, cuando Netanyahu, Eisenkot y los demás dirigentes intenten construir una coalición capaz de gobernar. Foto captada en redes sociales.

Redacción Central

Jerusalén y Tel Aviv | Israel vota este martes en unas elecciones que se han convertido en mucho más que una disputa por los 120 escaños de la Knéset. El país decide la continuidad política de Netanyahu después de tres años marcados por el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 y las guerras posteriores, en una jornada con una movilización electoral extraordinaria y una creciente tensión entre Gobierno y oposición.

Son las primeras elecciones generales celebradas desde el 7 de octubre y se interpretan ampliamente como un referéndum sobre el liderazgo de Netanyahu y su gestión de las consecuencias de aquel ataque.

El dato más contundente de la jornada hasta ahora es la participación. A las 14:00 había votado el 44,9 % del electorado, frente al 38,9 % registrado a la misma hora en las elecciones de 2022. La Comisión Electoral Central israelí informó de que se trataba del porcentaje más alto registrado a esa hora.

La movilización continuó durante la tarde. A las 16:00, la participación había ascendido al 55,7 %, según la Comisión Electoral Central.

Ese nivel de participación ha encendido las alarmas dentro del Likud. Netanyahu ha multiplicado durante la jornada sus llamados a movilizar a los votantes de derecha y ultraortodoxos. Llegó a advertir que Israel se encuentra “al borde de la ruina” y sostuvo que un Gobierno integrado por la izquierda y los partidos árabes supondría una amenaza para sus electores.

Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor y principal rival del primer ministro, respondió acusándolo de recurrir nuevamente a “mentiras” y a una estrategia de propagación del miedo para llevar a sus simpatizantes hasta las urnas. También instó a los israelíes a votar y convencer a familiares y amigos de hacer lo mismo.

Las encuestas publicadas antes de las elecciones ayudan a comprender el nerviosismo del oficialismo. Un promedio elaborado con los sondeos más recientes situaba a la coalición saliente de Netanyahu en 50,6 escaños, lejos de los 61 necesarios para controlar la Knéset. Yashar, el partido de Eisenkot, aparecía con un promedio de 21,7 diputados, ligeramente por encima de los 21 del Likud.

Pero esos números no constituyen resultados electorales y la elevada participación introduce todavía mayor incertidumbre. Además, en Israel ganar más escaños que cualquier otro partido no garantiza automáticamente llegar al Gobierno.

Los ciudadanos eligen listas partidistas y posteriormente comienza la negociación para construir una mayoría de al menos 61 diputados. Ningún partido ha conseguido por sí solo esa mayoría parlamentaria y las informaciones disponibles anticipan que la formación del próximo Gobierno podría requerir semanas o incluso meses de negociaciones.

Esa matemática parlamentaria transforma la elección en dos batallas distintas. La primera se decide hoy en las urnas. La segunda empezará después, cuando Netanyahu, Eisenkot y los demás dirigentes intenten construir una coalición capaz de gobernar.

La participación de los ciudadanos árabes puede resultar especialmente importante. Netanyahu ha señalado públicamente la alta movilización entre los votantes árabes y de izquierda para pedir a sus propias bases que acudan masivamente a votar.

El primer ministro ha llegado además a sostener que sus adversarios intentan “robar las elecciones”, formulando acusaciones de fraude que hasta el momento carecen de pruebas que demuestren una manipulación sistemática.

No solo el Likud ha denunciado irregularidades. El partido Yashar de Eisenkot y otras formaciones han informado de papeletas desaparecidas o dañadas y de otras presuntas interferencias. La Comisión Electoral Central afirmó, sin embargo, que no existían evidencias de una manipulación sistemática de las papeletas y aseguró que las denuncias individuales estaban siendo atendidas.

La tensión ha traspasado incluso el enfrentamiento verbal. En Tel Aviv fue detenido un hombre que llevaba un cuchillo después de aproximarse al dirigente del Partido Demócrata Yair Golan, según las informaciones de la jornada.

Pero por encima de las disputas partidistas y los incidentes electorales planea una fecha que ha condicionado prácticamente toda la política israelí desde hace tres años: 7 de octubre de 2023.

Familiares de víctimas y antiguos rehenes se reunieron este martes en Tel Aviv para guardar un momento de silencio. Para una parte de la sociedad israelí, votar significa también exigir respuestas políticas por los fallos de seguridad que precedieron al ataque.

Netanyahu llega por ello a las urnas con una paradoja. Para sus partidarios, sigue representando experiencia y firmeza frente a las amenazas que enfrenta Israel. Para sus adversarios, un dirigente que estaba al frente del Gobierno cuando ocurrió el 7 de octubre no puede eludir su responsabilidad política por uno de los mayores fallos de seguridad de la historia del país.

Eisenkot ofrece una alternativa peculiar porque tampoco procede del pacifismo tradicional israelí. Tiene cuatro décadas de trayectoria militar y fue jefe del Estado Mayor. Su disputa con Netanyahu no consiste simplemente en enfrentar una política de seguridad dura contra una alternativa pacifista.

Las elecciones también están atravesadas por otras fracturas internas: las exenciones del servicio militar concedidas a jóvenes ultraortodoxos, el papel de los partidos religiosos, la relación entre Gobierno y justicia y las consecuencias políticas de las guerras posteriores al 7 de octubre. Eisenkot ha prometido acabar con las exenciones de facto del servicio militar para los ultraortodoxos dedicados a los estudios religiosos.

Mientras tanto, el futuro de las relaciones con los palestinos continúa sin ofrecer una salida política clara. La campaña se ha concentrado mucho más en seguridad, liderazgo y responsabilidades internas que en la construcción de una nueva fórmula de convivencia después de años de guerra.

Por eso estas elecciones difícilmente resolverán todas las fracturas de Israel, incluso si terminan provocando un cambio de Gobierno.

Lo que sí están mostrando las urnas es una sociedad extraordinariamente movilizada. Los israelíes parecen considerar que lo que está en juego trasciende la supervivencia política de un primer ministro: se discute quién debe gobernar el país después del trauma del 7 de octubre y qué Israel debe emerger de los años de guerra que siguieron.

Netanyahu, después de dominar la política israelí durante buena parte de las últimas décadas, se enfrenta a una de las jornadas electorales más peligrosas de su carrera. Eisenkot tiene ante sí la oportunidad de convertir el descontento en una alternativa de gobierno, pero incluso un buen resultado electoral no garantiza que pueda reunir los 61 diputados necesarios.

La participación récord añade una última incógnita. Nunca es prudente interpretar políticamente una elevada movilización antes de contar los votos.

Esta noche, cuando cierren las urnas y aparezcan los primeros sondeos a pie de urna, comenzará a conocerse la respuesta.

Pero aun entonces puede no saberse quién gobernará Israel. La gran batalla de este martes es entre Netanyahu y quienes quieren poner fin a su prolongado dominio político; la del miércoles será probablemente quién consigue reunir una mayoría para gobernar un país profundamente dividido por la guerra, la seguridad y las consecuencias todavía abiertas del 7 de octubre.


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