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Brasil vuelve a elegir a Lula: una victoria que prolonga el lulismo, pero no resuelve la fractura del país

La elección de 2026 tiene finalmente algo de paradójico. Lula ganó, pero el bolsonarismo no fue derrotado políticamente. Imagen generada por IA/© PLC

Redacción Central

Brasilia. PLC Análisis | Luiz Inácio Lula da Silva ha vuelto a imponerse en Brasil. A sus 80 años, el veterano dirigente del Partido de los Trabajadores consiguió lo que pocas semanas atrás parecía lejos de estar asegurado: remontar en segunda vuelta y derrotar a Flávio Bolsonaro, heredero político de su padre, Jair Bolsonaro, y prolongar el ciclo político del lulismo durante otros cuatro años. Con el 99,99% de las secciones escrutadas, Lula obtenía el 51,78% de los votos válidos frente al 48,22% de su adversario.

Pero sería un error interpretar el resultado como una victoria arrolladora de la izquierda brasileña. Más bien ocurre lo contrario. El resultado muestra un Brasil prácticamente partido por la mitad.

Flávio Bolsonaro había vencido en la primera vuelta con el 47,03%, frente al 45,16% de Lula. Las encuestas de los días previos al balotaje también mostraban una carrera extremadamente cerrada. Lula consiguió darle la vuelta al resultado y transformó una derrota inicial en una victoria de aproximadamente 4,4 millones de votos.

El mapa electoral confirma además la profundidad de esa división. Lula ganó en São Paulo y Río de Janeiro, además de conservar su enorme fortaleza en buena parte del Nordeste. Flávio Bolsonaro, sin embargo, se impuso en Brasilia y Belo Horizonte y obtuvo victorias en numerosas capitales del Sur, Norte y Centro-Oeste. En Curitiba alcanzó el 62,29% y en Boa Vista nada menos que el 75,75%.

Por eso, el principal mensaje de las urnas quizá no sea simplemente que Brasil eligió a Lula, sino que el bolsonarismo sobrevivió ampliamente a Jair Bolsonaro. Cambió el candidato, pero no desapareció su fuerza electoral.

Brasil tendrá cuatro años más de Lula, pero Lula gobernará sobre un país en el cual casi la mitad de quienes emitieron votos válidos en la segunda vuelta prefirieron entregar la presidencia al hijo del antiguo mandatario. El presidente obtiene así legitimidad electoral para continuar gobernando, pero no un cheque en blanco para reconstruir Brasil según el proyecto político del PT.

Su reto más difícil probablemente será escapar de la lógica que ha dominado la política brasileña durante años: lulismo contra bolsonarismo, izquierda contra derecha, un Brasil contra el otro. La victoria electoral resuelve quién gobierna; no elimina el enfrentamiento político que divide al país.

Hay también una cuestión generacional. Lula ha demostrado nuevamente una extraordinaria capacidad de supervivencia política. Ganó las presidenciales de 2002 y 2006, regresó al poder en 2022 y ahora consigue otra reelección. Pero cuanto más depende el PT de la figura personal de Lula, más inevitable se vuelve una pregunta: ¿qué existe después de Lula?

Ese problema puede marcar su nuevo mandato. El presidente tendrá que gobernar y, simultáneamente, afrontar una sucesión que la izquierda brasileña lleva años posponiendo. El lulismo continúa siendo electoralmente competitivo, pero su dependencia de un dirigente octogenario revela también una debilidad estructural.

En el otro extremo sucede algo igualmente significativo. El apellido Bolsonaro continúa movilizando decenas de millones de electores. Flávio no solamente llegó al balotaje: ganó la primera vuelta y terminó la segunda con más de 59 millones de votos. La derrota, por tanto, difícilmente supone el final del bolsonarismo.

Y el conflicto ya amenaza con trasladarse de las urnas a las instituciones. Tras conocerse el resultado, Flávio Bolsonaro pidió anular la elección y cuestionó decisiones adoptadas durante la jornada electoral. Será fundamental distinguir en los próximos días entre denuncias políticas y cualquier evidencia que pueda ser evaluada por las autoridades electorales. Una democracia no puede convertir automáticamente una derrota electoral en prueba de fraude.

Para Cuba, sin embargo, existe otra dimensión del resultado.

La permanencia de Lula significa previsiblemente continuidad en una relación política particularmente amistosa con La Habana. Para el régimen cubano, conservar en Brasilia a un interlocutor históricamente cercano representa un activo diplomático importante. Pero para una democracia de las dimensiones de Brasil queda planteada una contradicción que merece vigilancia crítica: la distancia entre la defensa de la democracia dentro de Brasil y la actitud que su gobierno adopte ante regímenes autoritarios de la región.

Ese será uno de los puntos sobre los cuales habrá que juzgar el nuevo mandato, no por las amistades históricas de Lula ni por la retórica ideológica de sus adversarios, sino por hechos concretos.

La elección de 2026 tiene finalmente algo de paradójico. Lula ganó, pero el bolsonarismo no fue derrotado políticamente. Flávio perdió la presidencia después de haber ganado la primera vuelta. Y Brasil escogió continuidad, pero dentro de una sociedad profundamente polarizada.

Cuatro años más de Lula pueden proporcionar continuidad política. También pueden convertirse en cuatro años de inmovilismo si el presidente interpreta la victoria como una reivindicación completa de su proyecto y no como lo que los números parecen indicar: una mayoría real, pero estrecha, frente a una oposición gigantesca.

Lula ganó las elecciones. Ahora tendrá que demostrar que todavía puede gobernar algo mucho más complejo que una coalición electoral: un Brasil dividido casi exactamente en dos.

El enfoque refuerza la diferencia entre victoria electoral y hegemonía política, que me parece la lectura crítica más sólida para PLC, y añade la dimensión cubana sin convertirla en el argumento central del análisis.


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