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México desmarca a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo, mientras crece la sombra de la “Mafia Cubana de Quintana Roo”

Para México, el desafío es doble: mantener la cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad sin abrir un conflicto diplomático con Cuba, un país con el que históricamente ha buscado relaciones estables. Foto medios sociales.

Ciudad de México. PLC | La respuesta del Gobierno de México al reportaje de The New York Times sobre la “Mafia Cubana de Quintana Roo” introduce un nuevo matiz en un caso que ya se ha convertido en un foco de tensión diplomática entre La Habana, Washington y Ciudad de México. En una tarjeta informativa difundida por el Gabinete de Seguridad, las autoridades mexicanas afirmaron no contar con “información ni pruebas propias” que vinculen a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo —nieto de Raúl Castro y coronel del Ministerio del Interior cubano— con redes criminales dedicadas a la trata de personas en el Caribe mexicano.

La declaración es significativa. Llega después de que el diario estadounidense publicara que Rodríguez Castro habría recibido regalos de lujo y favores logísticos por parte de una organización criminal dedicada al tráfico de migrantes, según testimonios judiciales de José Miguel González Vidal, uno de los miembros de la red condenado en Estados Unidos. El reportaje describe un entramado que operaba con tarjetas de crédito robadas, mercancías enviadas a Cuba y supuestos acuerdos con funcionarios cubanos para facilitar el paso por aduanas. La mención del nieto de Raúl Castro —figura clave en la seguridad personal del expresidente y operador político en los contactos con Washington— elevó el caso a un nivel de sensibilidad internacional.

México, sin embargo, ha optado por una postura de contención. El Gabinete de Seguridad subraya que no tiene evidencia de vínculos entre organizaciones criminales y “funcionarios extranjeros o familiares de estos”, y recalca su compromiso con la cooperación internacional contra la delincuencia organizada. La respuesta parece diseñada para evitar fricciones con La Habana y, al mismo tiempo, no contradecir abiertamente a Washington, que desde 2023 mantiene investigaciones conjuntas con México en el marco de la Operación Sísifo, centrada en redes de tráfico de personas que operan en el Caribe y la península de Yucatán.

El contraste entre la postura mexicana y las revelaciones del New York Times deja un espacio ambiguo que alimenta preguntas. La Habana ha calificado las acusaciones como “calumnias”, mientras Rodríguez Castro no ha respondido a solicitudes de comentario. Pero el hecho de que el reportaje se base en documentos judiciales estadounidenses y testimonios de miembros condenados de la red criminal otorga peso a la investigación periodística. La ausencia de pruebas en México no implica necesariamente inexistencia de vínculos, sino que revela los límites de las capacidades locales para rastrear operaciones transnacionales que se mueven entre Cuba, México y Estados Unidos.

El caso también expone la fragilidad del régimen cubano en un momento de crisis interna. La figura de Rodríguez Castro ha sido presentada en los últimos meses como un operador confiable en los contactos con la administración Trump. Su aparición en un expediente criminal, aunque sin cargos formales, erosiona esa imagen y añade presión a un gobierno que enfrenta apagones masivos, escasez severa y protestas nocturnas. La narrativa oficial del centenario de Fidel Castro —con coloquios, homenajes y pompa ideológica— contrasta con la realidad de un país donde la élite política aparece cada vez más expuesta a escándalos internacionales.

Para México, el desafío es doble: mantener la cooperación con Estados Unidos en materia de seguridad sin abrir un conflicto diplomático con Cuba, un país con el que históricamente ha buscado relaciones estables. Para Cuba, el riesgo es mayor: que la figura de un miembro de la familia Castro quede asociada a redes criminales en un momento en que la legitimidad del régimen atraviesa su punto más bajo en décadas.

La “Mafia Cubana de Quintana Roo” ya no es solo un caso judicial. Es un espejo incómodo que refleja tensiones regionales, vulnerabilidades institucionales y la creciente exposición internacional de una élite cubana que durante años operó con discreción. La respuesta mexicana, prudente y limitada, no cierra el capítulo. Solo confirma que la historia está lejos de terminar.


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