ESTADOS UNIDOS-CUBA
Por Humberto López y Guerra – Prensa Libre Cuba
Estocolmo. PLC Opinión/análisis |La publicación del mapa en el que Donald Trump colorea con la bandera estadounidense a Canadá, Islandia, Groenlandia, Cuba y el Caribe no es un gesto inocente ni un simple arrebato gráfico. Es una pieza más de su estilo político: provocar, descolocar, ocupar el centro de la conversación global. Pero en el caso cubano, el efecto es paradójico. Lo que para Trump es una demostración de fuerza simbólica, para el régimen de La Habana es combustible propagandístico. La narrativa del “gran imperio” que amenaza a la Isla —la misma que el castrismo ha utilizado durante seis décadas para justificar control, escasez y represión— recibe un inesperado regalo desde Washington.
El mapa no ayuda a la oposición cubana ni a la causa democrática. Le ofrece al régimen una excusa perfecta para reforzar su discurso de plaza sitiada, para presentar cualquier crítica interna como colaboración con un enemigo externo que supuestamente sueña con absorber el país. En términos prácticos, el gesto de Trump no cambia nada en Cuba, pero sí le permite al castrismo reciclar su retórica antiimperialista con renovado vigor. Trump revuelve, pero no transforma.
La contradicción dentro del propio gobierno estadounidense añade otra capa de complejidad. Mientras el secretario de Estado Marco Rubio insiste en que la libertad de Cuba es una prioridad estratégica y moral, el ala más conservadora del Ejecutivo —encarnada en el vicepresidente J.D. Vance— veta cualquier posibilidad de intervención militar o acción directa. Vance representa la corriente aislacionista que considera que Estados Unidos debe evitar compromisos externos, incluso cuando se trata de dictaduras en su vecindario inmediato. Su postura neutraliza cualquier impulso más decidido hacia Cuba.
Rubio, por tanto, queda políticamente aislado. Su discurso sobre la urgencia de apoyar a la sociedad civil cubana, presionar al régimen y articular una estrategia hemisférica choca con un entorno interno que prefiere evitar riesgos y con un presidente que privilegia gestos simbólicos sobre políticas coherentes. La Casa Blanca proyecta fuerza en redes sociales, pero cautela en la práctica. Y esa disonancia deja a Cuba en un limbo geopolítico: demasiado cerca para ignorarla, demasiado complicada para actuar.
El resultado es un escenario donde el régimen cubano continúa beneficiándose de la ambigüedad estadounidense. La Habana explota la imagen del mapa para reforzar su narrativa de resistencia heroica, mientras la oposición interna enfrenta la misma represión cotidiana sin señales de un cambio externo que altere la correlación de fuerzas. La política de Washington hacia Cuba se mueve entre impulsos contradictorios: la retórica maximalista de Trump, el pragmatismo aislacionista de Vance y la insistencia de Rubio.
Cinco años después del 11J, la conclusión es clara. Cuba no necesita mapas imperiales ni gestos grandilocuentes. Necesita una estrategia internacional seria, sostenida y coherente que combine presión diplomática, apoyo a la sociedad civil y articulación regional. Mientras esa estrategia no exista, el régimen seguirá utilizando cada provocación externa como justificación interna. Y la oposición cubana seguirá enfrentando sola un aparato represivo que se alimenta tanto de la crisis como de la retórica del enemigo.

Humberto López y Guerra es escritor, periodista y cineasta sueco‑cubano, autor de El otro espía y otras novelas de espionaje, y responsable para América Latina del PEN Swedish Writers in Prison Committee. Redactor jefe y director responsable de Prensa Libre Cuba, combina análisis político, investigación periodística y defensa activa de la libertad de expresión en Cuba.
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