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Cacerolazos, dólar récord y represión: Cuba entra en una fase de tensión permanente

Represión en las calles de La Habana, cacerolazos, y el cambio de CUP a dólar en constante aumento. Imagen generada por PLC/AI

La Habana. PLC. Cuba vive días de tensión continua. Los cacerolazos que comenzaron como estallidos aislados se han convertido en una expresión cotidiana del malestar social. En barrios del Vedado, de Guanabacoa y de varias ciudades del interior, los vecinos golpean ollas y sartenes para denunciar los apagones, la falta de alimentos y la sensación de que el país se desliza hacia un abismo sin salida. La protesta sonora, que el Gobierno intenta minimizar, se ha vuelto un termómetro de la desesperación.

Mientras las calles hierven, el dólar rompe un nuevo récord en el mercado informal y alcanza los 600 pesos cubanos, una cifra impensable hace apenas un año. La devaluación refleja la pérdida total de confianza en la moneda nacional y la incapacidad del Estado para controlar un mercado que se mueve al margen de las instituciones. Cada salto del dólar encarece la vida, alimenta la inflación y empuja a más familias a la pobreza.

A la crisis económica y social se suma un endurecimiento de la represión. En las últimas horas se han registrado nuevos casos judiciales contra activistas, periodistas y ciudadanos que expresaron su descontento en redes o en la calle. El escritor Ángel Santiesteban fue instruido de cargos y puesto bajo reclusión domiciliaria; la hija del periodista Armando Campuzano recibió una condena de dos años de cárcel; y el youtuber Eddy Ceballos continúa detenido por un delito inexistente en el Código Penal. La estrategia es clara: castigar para disuadir.

El país parece atrapado en un círculo vicioso. La crisis económica alimenta la protesta; la protesta provoca más represión; la represión acelera la emigración; y la emigración vacía barrios, escuelas y centros de trabajo. El Gobierno insiste en que la situación es consecuencia del embargo, pero la población percibe que el deterioro responde a un sistema que ha perdido capacidad de gestión y que ya no ofrece respuestas.

Los cacerolazos, el dólar disparado y los nuevos casos judiciales no son hechos aislados. Son señales de un país que vive en estado de tensión permanente, donde cada día parece más difícil que el Estado recupere el control de una sociedad exhausta.


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