Pulsa «Intro» para saltar al contenido

Trump reabre la puerta a las empresas estadounidenses en Cuba, pero con un plan muy distinto al de Obama

Imagen de los presidentes estadounidenses Donald Trump y Barack Obama en una interpretación IA con La Habana de fondo. Imagen PLC IA.

Estocolmo. PLC / Análisis / La posible vuelta de empresas estadounidenses a Cuba, anunciada por la administración de Donald Trump y recogida por El País, ha reactivado un debate que parecía enterrado desde el fin del deshielo de Barack Obama. La coincidencia superficial —permitir que compañías como Marriott o Airbnb operen en la isla— oculta, sin embargo, dos estrategias opuestas. Lo que Obama concibió como un puente para transformar gradualmente a Cuba desde dentro, Trump lo presenta como un mecanismo de presión para reconfigurar el mapa económico y político del país.

El proyecto de Obama, lanzado en 2014, se basaba en una premisa: la apertura económica generaría una clase media emergente, más autónoma del Estado, capaz de impulsar cambios sociales y políticos. La entrada de empresas estadounidenses debía favorecer al sector privado cubano, ampliar el acceso a internet, dinamizar el turismo y reducir la dependencia del aparato estatal. La lógica era evolutiva, lenta, casi pedagógica. Washington apostaba por la influencia cultural y económica como herramienta de transformación. El deshielo fue, en esencia, una estrategia de normalización.

El plan de Trump es otra cosa. La Casa Blanca ha endurecido las sanciones contra el conglomerado militar GAESA hasta niveles que han obligado a retirarse a las grandes hoteleras europeas y canadienses. La salida de Meliá, Iberostar, Blue Diamond y Archipelago ha dejado un vacío que Washington considera una oportunidad. Según El País, la administración Trump ve ahora “el terreno despejado” para que empresas estadounidenses ocupen el espacio que antes dominaban los socios tradicionales de La Habana. No se trata de coexistir con el modelo cubano, sino de desplazarlo.

La diferencia fundamental radica en el propósito. Obama buscaba abrir Cuba al mundo; Trump busca abrir Cuba a Estados Unidos. En el primer caso, la entrada de empresas era un medio para suavizar tensiones y promover reformas internas. En el segundo, es un instrumento de presión geopolítica. La Casa Blanca no oculta que su objetivo es debilitar al régimen, forzar concesiones y rediseñar la estructura económica de la isla. La apertura empresarial no es un gesto de acercamiento, sino una pieza de una estrategia de asfixia selectiva.

El contexto también ha cambiado. Cuando Obama impulsó su política, Cuba vivía un momento de relativa estabilidad económica y contaba con el apoyo activo de Europa y Canadá. Hoy la isla atraviesa un colapso energético, una crisis humanitaria y una retirada masiva de inversores extranjeros. La economía cubana está más vulnerable que nunca, y esa fragilidad convierte cualquier movimiento estadounidense en un factor de enorme impacto. El regreso de Marriott o Airbnb no se produciría en un entorno de apertura, sino en un escenario de ruinas.

Para La Habana, la maniobra es ambivalente. Por un lado, la entrada de empresas estadounidenses podría aliviar parcialmente la crisis del turismo y atraer divisas en un momento crítico. Por otro, implicaría aceptar una presencia económica norteamericana en sectores estratégicos justo cuando el Gobierno intenta reforzar el control militar sobre la economía. La demanda anunciada contra las hoteleras españolas por abandonar sus contratos revela la tensión interna: el régimen quiere retener socios, pero no puede garantizar condiciones mínimas de operación.

La población cubana, atrapada entre apagones, inflación y escasez, observa estos movimientos con una mezcla de escepticismo y cansancio. La experiencia del deshielo dejó la sensación de una oportunidad perdida. La nueva apertura, si llega a concretarse, no promete alivio inmediato. El país vive una crisis estructural que ninguna cadena hotelera puede resolver.

La diferencia entre Obama y Trump no es solo de estilo, sino de finalidad. Uno buscó integrar; el otro busca sustituir. Uno apostó por la convivencia; el otro por el desplazamiento. Ambos coincidieron en que la presencia económica estadounidense puede transformar Cuba, pero lo imaginan de maneras radicalmente distintas. El futuro de la isla, sin embargo, sigue dependiendo menos de los planes de Washington que de la capacidad del propio país para salir del laberinto en el que lleva décadas atrapado.


Descubre más desde Prensa Libre Cuba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Los comentarios están cerrados.