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Trump presiona por un “acuerdo” en Ucrania mientras el G7 blinda su apoyo a Zelenski en Evian

Reunión del G7 en Evian, Francia y el apoyo europeo a Ucrania. Imagen de ULC/IA

Donald Trump llegó al G7 de Evian-les-Bains decidido a marcar el ritmo del debate sobre Ucrania. “Rusia debería llegar a un acuerdo con Ucrania”, declaró el presidente estadounidense en el balneario francés, en una frase que condensa tanto su voluntad de exhibir capacidad de mediación como las dudas que despierta, en Kyiv y en las capitales europeas, qué entiende exactamente por “acuerdo” y a qué precio. El mensaje llegó justo antes de que confirmara que tiene prevista una reunión bilateral con Volodímir Zelenski a lo largo de este martes, en paralelo a las sesiones formales del club de las grandes democracias industriales.

La coreografía diplomática en Evian ha sido elocuente. El presidente ucraniano fue recibido por la mañana por el anfitrión, Emmanuel Macron, en los jardines del Hotel Royal, a orillas del lago Lemán. Ambos caminaron a solas durante varios minutos, en una conversación que París presenta como prueba de un respaldo “inquebrantable” a la soberanía ucraniana. Dentro, el resto de líderes del G7 esperó de pie casi una hora antes de que se completara la foto de familia, un detalle que subraya el nuevo estatus de Zelenski: ya no es el invitado excepcional de una guerra lejana, sino un actor central en la agenda estratégica del grupo.

La segunda jornada de la cumbre ha arrancado con una sesión dedicada casi en exclusiva a la guerra de agresión rusa. Los líderes de Estados Unidos, Canadá, Japón, Reino Unido, Alemania, Francia e Italia, junto a las instituciones de la Unión Europea, buscaban enviar una señal doble: a Moscú, de que el tiempo no erosiona el apoyo a Kyiv; y a Washington, de que la posición de la Casa Blanca no puede oscilar al ritmo de los impulsos de Trump. De ahí que, en paralelo a las imágenes distendidas—como el regalo a Trump de una camiseta de la selección alemana con el número 47, el de su segundo mandato—, se haya intensificado el trabajo para “atar” compromisos concretos de ayuda militar, financiera y política a medio plazo.

En ese contexto, la frase de Trump sobre la necesidad de que Rusia “llegue a un acuerdo” con Ucrania resuena con ambigüedad. Para las cancillerías europeas, cualquier negociación solo es aceptable si parte del principio de una “paz justa”, es decir, sin consagrar por la vía de los hechos la anexión de territorios ucranianos. Para el Kremlin, en cambio, el término “acuerdo” suele ser sinónimo de congelar la línea del frente y legitimar sus conquistas. Entre ambos polos se mueve un Zelenski que llega a Evian con la urgencia de quien sabe que la fatiga de guerra es un riesgo real en las sociedades occidentales, pero también con la legitimidad de representar a un país que sigue pagando el precio diario de la invasión.

Trump insiste en presentarse como el único capaz de “cerrar” la guerra en poco tiempo, una narrativa que le sirve tanto en clave interna—como promesa de orden y de fin de los costes—como en el tablero internacional, donde busca recuperar margen frente a una Europa que se ha visto obligada a asumir más responsabilidades. Sin embargo, sus declaraciones en Evian han encendido las alarmas de quienes temen que, detrás de la retórica de la paz rápida, se esconda una disposición a presionar a Kyiv para aceptar concesiones territoriales. La reunión anunciada con Zelenski será, por ello, algo más que un gesto protocolario: será una prueba de hasta dónde está dispuesto el presidente estadounidense a escuchar las líneas rojas ucranianas y europeas.

La presencia de Zelenski en el G7 es, por sí misma, un recordatorio del aislamiento internacional de Rusia. Moscú formó parte del entonces G8 hasta 2014, cuando fue expulsado tras la anexión de Crimea. Desde entonces, el foro volvió a ser G7 y la silla rusa permanece vacía, mientras la ucraniana se ha ido consolidando como invitación permanente en las grandes citas occidentales. Evian escenifica esa inversión simbólica: el país agredido se sienta a la mesa de las democracias ricas, mientras el agresor queda fuera del salón.

Macron, que en los primeros compases de la guerra intentó mantener un canal directo con Vladímir Putin, se ha alineado ahora con la tesis de que solo una presión sostenida—militar, económica y diplomática—podrá forzar a Moscú a reconsiderar su estrategia. De ahí que Francia haya aprovechado la cumbre para reforzar la coordinación con Alemania, Reino Unido y la Unión Europea en materia de sanciones y de apoyo a la defensa aérea ucraniana. El mensaje a Trump es claro: cualquier “acuerdo” que no pase por la restauración del derecho internacional no será respaldado por sus socios.

La agenda de Evian no se limita a Ucrania. El G7 discute también la crisis en Oriente Medio, la tensión con Irán y la seguridad en el estrecho de Ormuz, donde París y Londres proponen una fuerza multinacional para garantizar la libre navegación. Pero, incluso en esos debates, la guerra en Europa del Este aparece como telón de fondo: la credibilidad de las democracias a la hora de defender el orden internacional se juega, en gran medida, en el desenlace del conflicto ucraniano.

Para Kyiv, lo que está en juego en Evian es algo más que un comunicado final. Zelenski busca blindar compromisos que sobrevivan a los ciclos electorales y a los cambios de humor de la política estadounidense. Para Europa, la cumbre es una oportunidad de demostrar que ha aprendido la lección de 2014 y que no repetirá el error de normalizar una agresión a cambio de una falsa estabilidad. Y para Trump, Evian es el escenario donde debe decidir si su promesa de “acuerdo” se traduce en una paz compatible con la libertad de Ucrania o en una paz a la medida del Kremlin.

En esa encrucijada, el G7 de Evian no es solo una cita diplomática más, sino un termómetro del futuro del orden liberal que las democracias dicen defender. La forma en que se gestione la tensión entre la prisa de Trump por cerrar el conflicto y la exigencia de Zelenski y sus aliados de una paz justa marcará no solo el destino de Ucrania, sino el mensaje que el mundo recibe sobre el valor real de las fronteras, los tratados y la palabra dada.


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