Washington. PLC — El Departamento de Estado de Estados Unidos reaccionó con una contundencia inusual al paquete de 176 reformas económicas aprobado por el régimen cubano. Lejos de interpretarlo como un giro real o una apertura estructural, Washington lo calificó como un intento calculado de proyectar una falsa imagen de cambio, una maniobra propagandística destinada a ganar tiempo sin alterar el control político del Partido Comunista.
Un portavoz del Departamento de Estado declaró a la agencia AFP que las medidas son “señales de humo superficiales”, reformas “modestas”, “tardías” y diseñadas para simular movimiento sin modificar la naturaleza del sistema. Según la posición oficial, La Habana recurre a una “estrategia típica”: anunciar transformaciones graduales para crear la ilusión de apertura, solo para revertirlas en cuanto perciba una amenaza a su poder.
El mensaje de Washington es claro: no basta con flexibilizar el comercio, permitir banca privada o abrir espacios limitados al sector no estatal. Para Estados Unidos, el régimen sigue evitando los cambios de fondo que harían a Cuba un país atractivo para la inversión y, sobre todo, que garantizarían a los ciudadanos “la libertad, la dignidad y las oportunidades que merecen”.
La Asamblea Nacional presentó el paquete como la transformación económica más profunda en siete décadas, con medidas que incluyen la eliminación del monopolio estatal de la importación y exportación, la conversión de empresas estatales en sociedades mercantiles y la autorización de cadenas de comida rápida. Pero Washington insiste en que, pese a su amplitud formal, el programa no altera la arquitectura política que sostiene al régimen.
Expertos citados por medios internacionales coinciden en que, aunque algunas disposiciones podrían dinamizar sectores específicos, su impacto real será limitado mientras persistan la burocracia ineficiente, la falta de garantías jurídicas y la ausencia de un marco político que inspire confianza a inversores y emprendedores.
La reacción estadounidense llega en un momento de máxima fragilidad para Cuba: apagones prolongados, caída productiva, inflación descontrolada y un creciente malestar social que se expresa en protestas nocturnas y cacerolazos. En ese contexto, Washington interpreta las reformas como un movimiento defensivo del régimen, más orientado a gestionar la crisis narrativa que a transformar la economía.
Para la administración estadounidense, el mensaje final es inequívoco: sin reformas políticas profundas, no habrá cambio real. Y las 176 medidas, por amplias que parezcan sobre el papel, no modifican la esencia del modelo que ha llevado al país a su crisis más severa en décadas.
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