CUBA-CRISIS
Por: Antonio Suárez Fonticiella La Habana PLC Opinión / Hubo un tiempo en que en Cuba las dificultades se medían por etapas: una crisis económica, una escasez puntual, un sacrificio anunciado como temporal. Hoy, para millones de cubanos, la crisis dejó de ser un momento y pasó a convertirse en un escenario permanente.
La vida cotidiana parece una competencia interminable donde cada día plantea un nuevo desafío. No hay cámaras, ni premios, ni aplausos al final de la jornada. Solo personas comunes intentando resolver lo básico: tener electricidad, conseguir alimentos, encontrar agua y soportar un país donde la incertidumbre se ha convertido en parte de la rutina.
La pregunta que muchos cubanos se hacen cada mañana ya no es qué harán para progresar, sino qué problema tendrán que enfrentar primero.
El apagón dejó de ser solamente la ausencia de corriente eléctrica. Se convirtió en el símbolo de una crisis más profunda. Es la imagen de hogares detenidos, negocios paralizados, alimentos que se pierden, estudiantes que no pueden prepararse adecuadamente y familias que reorganizan su vida alrededor de horarios inciertos.
Pero la oscuridad no llega sola. Viene acompañada de otros desafíos que golpean al ciudadano común: mercados con menos opciones, precios que crecen más rápido que los ingresos, servicios deteriorados y una sensación creciente de que resolver lo esencial requiere esfuerzos extraordinarios.
En cualquier sociedad, conseguir pan o agua debería ser una acción cotidiana. En Cuba, para muchas personas, se ha convertido en una misión que exige tiempo, dinero, contactos y una enorme capacidad de adaptación.
La verdadera dimensión de esta crisis no está únicamente en las estadísticas económicas o en los informes oficiales. Está en las pequeñas escenas de cada día: una familia buscando cómo conservar sus alimentos durante un apagón, un anciano esperando por agua, un trabajador calculando cómo llegar a fin de mes o un joven preguntándose si su futuro está dentro o fuera del país.
Una sociedad puede resistir dificultades. La historia demuestra que los pueblos tienen una enorme capacidad de sacrificio. Pero existe una diferencia entre resistir una tormenta y vivir permanentemente bajo la tormenta.
El mayor peligro de una crisis prolongada es que lo excepcional comienza a parecer normal. Que una generación crezca pensando que vivir con carencias constantes es parte inevitable de la vida. Que la esperanza sea reemplazada por la simple capacidad de aguantar un día más.
Cuba enfrenta hoy un desafío que va más allá de la falta de recursos. El problema central es la pérdida de expectativas. Cuando una persona deja de preguntarse cómo construir su futuro y comienza a concentrarse únicamente en cómo resolver el presente, algo profundo se rompe en una sociedad.
La pregunta que queda abierta es cuánto tiempo puede sostenerse un país donde millones de ciudadanos han tenido que convertirse en expertos en sobrevivir.
Porque sobrevivir es una respuesta humana ante la dificultad, pero vivir debería significar mucho más: tener estabilidad, oportunidades y la posibilidad de mirar hacia adelante sin miedo al próximo apagón, a la próxima escasez o a la próxima emergencia.
Cuba no solo necesita recuperar servicios. Necesita recuperar la confianza de su gente en que el mañana puede ser diferente.
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