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Rubio endurece el cerco: Washington promete cerrar cada vía de escape del régimen cubano

“Lo que estamos tratando de demostrarles es que no hay válvulas de escape”, afirmó Rubio. Foto PLC IA

Washington. PLC |El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ha puesto en palabras lo que ya se percibía como una línea dura sin precedentes contra Cuba: una campaña de presión económica diseñada para cerrar, una por una, todas las válvulas de escape del régimen. En una entrevista con Axios, Rubio describió la estrategia de la administración de Donald Trump como un cerco sistemático, prolongado en el tiempo y sin margen para que La Habana “gane tiempo” esperando un cambio de ciclo político en Washington.

“Lo que estamos tratando de demostrarles es que no hay válvulas de escape”, afirmó Rubio. La frase resume el núcleo de la política actual: cada mecanismo que el gobierno cubano crea para sortear las sanciones, cada nueva estructura empresarial, cada intento de usar reformas económicas como escudo, es identificado y bloqueado. No se trata solo de imponer nuevas medidas, sino de mantener la presión de forma sostenida, con una lógica de desgaste que el propio secretario define como “paciencia y persistencia”, dos conceptos que, según él, se habían perdido en la política exterior estadounidense.

Desde el año pasado, la administración Trump ha ejecutado más de dos decenas de acciones específicas contra Cuba. Según Axios y el US-Cuba Trade and Economic Council, las sanciones han alcanzado al menos 40 entidades —incluyendo empresas extranjeras que operan en la isla y conglomerados estatales de combustible, banca y minería— y a unas 38 personas, mediante restricciones económicas, limitaciones de visados y revocaciones de residencia.

El último paquete, anunciado el jueves, se dirigió contra cinco entidades militares y ocho altos funcionarios, entre ellos mandos vinculados a la cooperación en materia de armamento con Rusia y China. Rubio ha dejado claro que habrá más medidas y que la Casa Blanca no tiene prisa: “Esto no va a desaparecer en los próximos dos años y medio”, advirtió, subrayando que el régimen no puede limitarse a esperar el final del mandato de Trump.

El golpe estructural más duro, sin embargo, no vino de una sanción directa, sino de un movimiento geopolítico: la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en enero. Venezuela era el patrocinador externo de Cuba, suministrando hasta 100 000 barriles diarios de petróleo y permitiendo a La Habana revender parte de ese crudo en el mercado internacional. Con Maduro fuera de juego y el flujo de petróleo cortado, Cuba perdió de golpe su principal sostén energético y financiero. “Por primera vez en su historia, Cuba carece de dos cosas en las que siempre se había apoyado: un patrocinador externo y la falta de atención de Estados Unidos como prioridad absoluta”, resumió Rubio.

La consecuencia interna ha sido una crisis que ya no puede atribuirse solo al embargo histórico, sino a la combinación de décadas de mala gestión y un nuevo entorno internacional hostil. Apagones masivos, escasez de agua, inflación en productos básicos y deterioro de servicios esenciales han alimentado el descontento popular hacia el gobierno de Miguel Díaz-Canel. La reciente apertura parcial al sector privado, anunciada por el primer ministro Manuel Marrero, no convence a Washington: para Rubio, se trata de una maniobra dilatoria, una forma de simular reformas mientras se buscan nuevas vías para evadir las sanciones.

En paralelo, Estados Unidos ha pasado de ser un actor distante a convertirse en el centro de gravedad de la ecuación cubana. El presidente del US-Cuba Trade and Economic Council, John Kavulich, ha calificado el programa de sanciones de Trump y Rubio como “el más efectivo” que han visto desde 1994 contra un país objetivo. La presión no solo ahoga al Estado cubano, sino que disuade a inversores extranjeros en sectores clave como la minería y el turismo, reforzando el aislamiento económico de la isla.

Rubio, de ascendencia cubana y con una trayectoria de oposición frontal al régimen, proyecta la estrategia más allá del corto plazo. Su objetivo declarado no es un colapso inmediato, sino colocar a Cuba en una “trayectoria irreversible hacia un futuro diferente” al término de la administración, en 2029. La idea de irreversibilidad es clave: no se busca solo forzar ajustes tácticos, sino alterar de forma permanente las condiciones de supervivencia del sistema político cubano.

En el fondo, la campaña de “paciencia y persistencia” contra Cuba es también un mensaje hacia otros actores: no habrá nuevo patrocinador que sustituya a Venezuela, no habrá tregua automática con el paso del tiempo y no habrá espacio para reformas cosméticas que permitan al régimen seguir respirando. La isla entra así en una fase en la que cada movimiento económico y diplomático se mide contra un cerco que se cierra, sin válvulas de escape, y que pretende redefinir su futuro por presión, más que por negociación.


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