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El nieto de Raúl Castro, en el epicentro de un escándalo con la Mafia Cubana en México

El caso abre un flanco delicado para el régimen. La figura de Rodríguez Castro ha sido presentada en los últimos meses como un operador eficaz, capaz de moverse entre los círculos de poder en La Habana y los interlocutores estadounidenses. Foto © PLC/IA

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Nueva York. PLC | La figura de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como El Cangrejo, vuelve a colocarse en el centro de una tormenta política y judicial que atraviesa fronteras. Esta vez no por su papel como interlocutor privilegiado entre La Habana y Washington, sino por su presunta conexión con la Mafia Cubana asentada en Quintana Roo, revelada en un reportaje deThe New York Times que ha encendido alarmas en ambos países.

El señalamiento proviene de José Miguel González Vidal, miembro de la organización criminal condenado en 2023 a 25 años de prisión en Estados Unidos. En declaraciones recogidas en documentos judiciales, González Vidal aseguró haber entregado a Rodríguez Castro una embarcación, un reloj Rolex, una motocicleta Suzuki y ropa de lujo de la marca Louis Vuitton. Los regalos, según su testimonio, buscaban asegurar el paso por la aduana cubana de mercancías adquiridas en México mediante tarjetas de crédito robadas, parte de una red que operaba con notable impunidad en el Caribe mexicano.

El reportaje del diario neoyorquino subraya que, pese a las acusaciones, El Cangrejo no ha sido imputado por la justicia estadounidense. Su nombre aparece mencionado en el entramado, pero no figura entre los seis miembros de la red que se declararon culpables. La ausencia de cargos formales no ha impedido, sin embargo, que la revelación genere inquietud: Rodríguez Castro es coronel del Ministerio del Interior, jefe de la seguridad personal de su abuelo y, en los últimos meses, la figura clave en los contactos exploratorios entre Cuba y la Administración Trump.

La Habana reaccionó con rapidez. El Gobierno cubano calificó las acusaciones como “calumnias” y negó cualquier vínculo entre Rodríguez Castro y actividades criminales. El Cangrejo, por su parte, no respondió a las solicitudes de comentario enviadas por The New York Times. La estrategia oficial parece apuntar a contener el daño antes de que la narrativa se consolide en el exterior, especialmente en un momento en que Cuba intenta recomponer canales de diálogo con Washington en medio de una crisis interna sin precedentes.

El caso abre un flanco delicado para el régimen. La figura de Rodríguez Castro ha sido presentada en los últimos meses como un operador eficaz, capaz de moverse entre los círculos de poder en La Habana y los interlocutores estadounidenses. Su irrupción pública, cuidadosamente administrada, buscaba proyectar una imagen de solvencia y control en un contexto de colapso energético, sanciones acumuladas y deterioro institucional. La asociación, aunque no judicialmente probada, con una red criminal internacional erosiona esa narrativa y alimenta sospechas sobre la permeabilidad del aparato estatal cubano a intereses ilícitos.

Para Washington, la información añade complejidad a un tablero ya enrarecido. La Administración Trump ha mantenido contactos indirectos con Rodríguez Castro, consciente de su peso interno y de su acceso al núcleo del poder. La aparición de su nombre en un caso de crimen organizado en México no implica necesariamente un cambio en la estrategia estadounidense, pero sí introduce un elemento de incertidumbre sobre la fiabilidad y la exposición del interlocutor que La Habana ha puesto sobre la mesa.

El episodio también ilumina la expansión de la Mafia Cubana en el Caribe mexicano, una red que ha operado con notable sofisticación y que ha logrado infiltrar estructuras comerciales y financieras en la región. La mención de un miembro de la familia Castro, aunque no acompañada de cargos, amplifica la dimensión política del caso y obliga a Cuba a gestionar un daño reputacional que trasciende lo judicial.

El régimen cubano enfrenta ahora un desafío doble: preservar la figura de Rodríguez Castro como pieza clave en su estrategia diplomática y, al mismo tiempo, contener el impacto de unas acusaciones que, aunque desmentidas, ya circulan en medios internacionales y en expedientes judiciales estadounidenses. En un momento de extrema fragilidad interna, cualquier sombra sobre el círculo íntimo del poder adquiere una relevancia que La Habana no puede permitirse ignorar.


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