ONU-TRUMP
Redacción Central – Artículo actualizado 23:01
Nueva York. PLC | La Asamblea General de la ONU vivió una de sus jornadas más tensas y políticamente cargadas en años. Donald Trump utilizó el escenario internacional para exhibir poder militar, consolidar alianzas estratégicas y enviar advertencias directas a sus adversarios. En menos de un día, el presidente estadounidense pronunció un discurso de 37 minutos centrado en elogiarse a sí mismo, firmó un acuerdo que devuelve a Estados Unidos una presencia militar masiva en Groenlandia, sostuvo un encuentro sin protocolo con la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez y también con el presidente de Ucrania Volodymyr Zelenskyj.
El discurso de Trump, descrito por The Guardian como “una larga sesión de autocelebración”, comenzó con cifras económicas, índices bursátiles y estadísticas migratorias presentadas como prueba de “control total” en la frontera sur. Luego viró hacia una retórica agresiva: amenazó con “destruir” al gobierno iraní si no acepta un acuerdo, exigió el fin inmediato de las operaciones militares en Ucrania y defendió acciones militares recientes en rutas marítimas vinculadas a México como parte de una campaña antidrogas. También justificó acuerdos petroleros con Venezuela declarando que “el botín pertenece al vencedor”.
La tensión alcanzó su punto máximo cuando Trump abordó el tema de Cuba. El presidente afirmó que las sanciones contra La Habana son “mecanismos vitales” para provocar el colapso del sistema político cubano y permitir la llegada de un nuevo liderazgo. En ese momento, la delegación cubana se levantó y abandonó la sala sin esperar el final del discurso. El gesto, captado por diplomáticos presentes, fue interpretado como una protesta directa contra la retórica de Trump y como señal del deterioro absoluto de las relaciones entre ambos gobiernos.
Mientras el discurso agitaba la sala, Trump avanzaba simultáneamente en su agenda estratégica. En Nueva York, Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia firmaron un pacto de seguridad que otorga a Washington “control permanente sobre la seguridad y otros asuntos en el área”, según palabras del propio presidente. Trump anunció que su gobierno iniciará de inmediato la construcción de dos grandes bases militares en la isla, una expansión que recuerda la presencia estadounidense durante la Guerra Fría. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, calificó el acuerdo como “bueno para Estados Unidos, Groenlandia, Dinamarca, la OTAN y Europa”, mientras el jefe de gobierno groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, afirmó que el pacto “pone fin a todas las dudas sobre dónde está la lealtad de Groenlandia”.
A este movimiento se sumó otro de alto impacto político: el encuentro entre Trump y Delcy Rodríguez, que ya se realizó en los márgenes de la Asamblea General. Fuentes diplomáticas confirmaron que la reunión fue un pull‑aside: breve, sin protocolo, sin prensa, sin fotógrafos oficiales y sin registro visual público. Ocurrió durante la recepción de líderes mundiales organizada por Trump. Es el primer cara a cara entre ambos desde la captura de Nicolás Maduro en enero y se produce en medio de un rechazo abrumador dentro de Venezuela. Según un sondeo de Meganálisis, el 91% de los venezolanos desaprueba la reunión y el 80% rechaza el acuerdo petrolero firmado el mes pasado entre Washington y Caracas.
Rodríguez llegó a Nueva York para participar en la Asamblea General y ya sostuvo reuniones con Antonio Guterres y con los líderes del FMI, el Banco Mundial y el BID. Su agenda busca consolidar la nueva relación bilateral y avanzar en negociaciones sobre energía, deuda y minería. Sin embargo, su presencia en la ONU llega acompañada de una crisis de legitimidad interna: el 94% de los venezolanos afirma que no se siente representado por ella en el foro internacional.
La combinación del discurso, la firma del acuerdo ártico, la salida de la delegación cubana y el encuentro sin protocolo con Rodríguez deja una imagen clara: Trump utiliza la ONU como plataforma para exhibir fuerza, intimidar adversarios y consolidar alianzas que amplían la influencia militar y energética de Estados Unidos. El presidente dedicó casi cuarenta minutos a hablar de sí mismo, pero los hechos del día muestran que su estrategia va mucho más allá de la retórica.
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