La Habana. PLC. A partir del sábado, Cuba entrará en una nueva fase de aislamiento económico: ningún comercio, hotel, restaurante, aerolínea o entidad estatal podrá procesar pagos con tarjetas Visa o Mastercard. La decisión no proviene de las compañías emisoras, sino del banco extranjero que hasta ahora gestionaba las transacciones internacionales de la financiera cubana Fincimex, perteneciente al conglomerado militar GAESA. El banco ha decidido cortar vínculos para evitar sanciones derivadas de la Orden Ejecutiva 14404, firmada por Donald Trump el pasado 1 de mayo. El Banco Central de Cuba confirmó la noticia con un comunicado que, más que explicar, certifica la gravedad del momento: la isla queda desconectada del sistema global de pagos.
La medida golpea en el corazón de una economía ya exhausta. El turismo, una de las pocas fuentes de divisas que aún sostenían al país, depende en gran medida de los pagos electrónicos de visitantes extranjeros. Sin Visa ni Mastercard, los viajeros deberán recurrir al efectivo, un escenario que recuerda a los años más duros del Periodo Especial. Para un país que intenta atraer visitantes en medio de apagones, escasez y un deterioro acelerado de la infraestructura hotelera, la noticia es devastadora. La Habana pierde no solo ingresos, sino credibilidad: ningún destino turístico moderno puede operar sin acceso a los sistemas internacionales de pago.
El Gobierno cubano atribuye la situación a las sanciones estadounidenses, pero la realidad es más compleja. La Orden Ejecutiva 14404 sanciona a empresas y personas vinculadas al aparato económico del régimen, especialmente en los sectores financiero, energético y de defensa. GAESA, que controla Fincimex, fue incluida en la lista negra el 7 de mayo. Para el banco extranjero que procesaba las operaciones, mantener la relación implicaba un riesgo legal y financiero inasumible. La decisión, aunque abrupta, era previsible: Cuba lleva años dependiendo de intermediarios cada vez más escasos, dispuestos a operar en un entorno marcado por la opacidad y la presión internacional.
El impacto interno será inmediato. Las tiendas en divisas, los hoteles estatales, las aerolíneas que operan en la isla y los servicios turísticos quedarán sin una vía esencial para recibir pagos. Los cubanos que reciben remesas o que dependen de tarjetas internacionales para compras puntuales verán cerrada una de las pocas ventanas que les quedaban hacia el exterior. La medida también complica las operaciones de empresas extranjeras que aún mantienen presencia en la isla, ya golpeadas por la retirada reciente de cadenas hoteleras como Meliá e Iberostar.
La desconexión financiera llega en un momento de tensión social creciente. Los cacerolazos se multiplican en barrios de La Habana y otras ciudades; el dólar informal supera los 600 pesos; la inflación devora salarios y pensiones; y la emigración masiva vacía escuelas, hospitales y centros de trabajo. En ese contexto, la suspensión de Visa y Mastercard no es solo un problema técnico: es un símbolo del aislamiento progresivo de un país que se queda sin aliados, sin divisas y sin margen de maniobra.
Para el régimen, la narrativa es clara: Estados Unidos asfixia a Cuba. Pero para la población, la explicación resulta insuficiente. La crisis no comenzó con la Orden Ejecutiva 14404 ni con la retirada del banco extranjero. Es el resultado de décadas de centralización, ineficiencia y falta de reformas estructurales. La desconexión del sistema financiero global es la consecuencia lógica de un modelo que ha expulsado a inversores, ha perdido credibilidad internacional y ha convertido a GAESA en un actor omnipresente que controla desde hoteles hasta remesas.
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