Pulsa «Intro» para saltar al contenido

El campo cubano no produce y Estados Unidos alimenta la isla: el espejismo de un modelo agotado

Terminal de contenedores del Mariel, Cuba. Foto archivo

Washington, PLC. Las exportaciones agrícolas y alimentarias de Estados Unidos a Cuba crecieron un 20,1% en abril, alcanzando 44,04 millones de dólares, la cifra más alta para ese mes desde 2019, según datos del Departamento de Agricultura estadounidense (USDA). El aumento se produce en un contexto paradójico: mientras Washington endurece la presión política y la isla atraviesa la peor crisis energética en décadas, La Habana depende cada vez más de su vecino para llenar los mercados y sostener el consumo básico.

El dato no es aislado. En marzo, las compras cubanas ya habían sumado 36,96 millones de dólares, y el acumulado entre enero y abril de 2026 llegó a 134,7 millones, un “rebote” tras el desplome de febrero, cuando las sanciones reforzadas golpearon las operaciones comerciales. El producto estrella sigue siendo el pollo congelado, la proteína más consumida en la isla y cuya importación desde EE.UU. se disparó en abril hasta 42,2 millones de dólares, casi el doble que en febrero.

El Gobierno insiste en que el embargo explica la escasez, pero los datos muestran otra realidad. Las exportaciones estadounidenses de alimentos a Cuba están permitidas por excepciones legales desde 2000, y no solo no han disminuido: han crecido incluso en los momentos de mayor tensión política. En abril, las compras cubanas alcanzaron el nivel más alto para ese mes en 17 años, pese al endurecimiento de sanciones.

La explicación es sencilla y devastadora: Cuba no produce. No porque no pueda, sino porque su modelo económico lo impide. Las tierras estatales improductivas, la falta de autonomía para los agricultores, los controles de precios, la burocracia y la ausencia de incentivos han convertido al campo cubano en un desierto productivo. La isla importa pollo, arroz, trigo, maíz, leche en polvo, frijoles y hasta café, un cultivo que fue símbolo nacional.

Mientras tanto, el sector privado emergente —cooperativas, mipymes— intenta llenar los huecos, pero choca con un Estado que regula, limita y, en ocasiones, compite con ellas. La paradoja es que el Gobierno compra alimentos en Estados Unidos para revenderlos en Cuba a precios que la mayoría no puede pagar, mientras la producción local se desploma.

El aumento de las importaciones desde EE.UU. no es señal de recuperación, sino de dependencia. Un país que no puede producir sus propios alimentos es un país vulnerable. Y Cuba lo es más que nunca. La crisis energética agrava el colapso: sin electricidad no hay frío para conservar alimentos, sin combustible no hay transporte, sin agua no hay cosechas. La economía se paraliza y el campo se vacía.

El dato del USDA revela algo más profundo que un repunte comercial: muestra el fracaso de un modelo que ha dejado de alimentar a su población. Mientras La Habana celebra acuerdos y habla de “resistencia”, la realidad es que Cuba sobrevive gracias a las importaciones del país que durante décadas ha señalado como su enemigo.

La pregunta ya no es por qué Cuba importa tanto, sino por qué produce tan poco. Y la respuesta, cada vez más evidente, no está en Washington, sino en La Habana.


Descubre más desde Prensa Libre Cuba

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Los comentarios están cerrados.