Washington. PLC — El exvicepresidente estadounidense Mike Pence ha abierto una grieta inesperada en Washington al arremeter contra el memorándum firmado entre Estados Unidos e Irán, un documento que, según él, “no es un acuerdo, sino un plan para hacer un plan”. En un artículo de opinión publicado en The Wall Street Journal, Pence sostiene que el pacto deja intacto el núcleo del problema: Irán no está obligado a desmantelar su programa nuclear, ni a renunciar a su política regional de fuerza ni a su hostilidad histórica hacia Estados Unidos e Israel.
Pence reconoce que el presidente Donald Trump actuó con determinación militar durante la reciente escalada, pero considera que el memorándum firmado en Suiza supone un retroceso estratégico. El texto, que establece un plazo de 60 días para negociar un acuerdo más amplio, permite a Irán reanudar la venta de petróleo y combustible bajo un alivio parcial de sanciones, condicionado al cumplimiento de exigencias estadounidenses. Para el exvicepresidente, esto equivale a entregar a Teherán un balón de oxígeno sin obtener garantías reales a cambio.
El artículo ha tensado el clima político en Washington. Mientras Trump y su vicepresidente, JD Vance, defienden el memorándum como un paso necesario para estabilizar Oriente Medio, sectores conservadores lo consideran una concesión peligrosa. Pence va más lejos: advierte que cualquier relajación sin compromisos verificables “solo permitirá a Irán ganar tiempo” y pide que, si Teherán no acepta condiciones estrictas, Estados Unidos esté dispuesto a “terminar el trabajo” por la vía militar.
La crítica llega en un momento en que la diplomacia estadounidense intenta contener una región al borde del desbordamiento. El memorándum, concebido como un mecanismo para frenar la escalada, se ha convertido en un nuevo frente de disputa interna. Y la intervención de Pence, con su carga política y simbólica, añade presión sobre un Gobierno que intenta equilibrar la fuerza militar con la negociación.
El debate ya no es solo sobre Irán, sino sobre la dirección estratégica de Estados Unidos. Y la pregunta que deja abierta el exvicepresidente —si el memorándum es un paso hacia la paz o una concesión que Teherán aprovechará— resuena ahora en el centro mismo del poder político estadounidense.
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