Estocolmo. PLC /Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido en Cuba como El Cangrejo, ha irrumpido en la escena política internacional con una afirmación que pocos habrían imaginado hace apenas unos meses: “Puedo negociar con cualquiera que designe Estados Unidos”. La frase, pronunciada durante una serie de conversaciones con USA Today en La Habana, marca la primera vez que el nieto de Raúl Castro se presenta públicamente como un posible puente entre el régimen cubano y la Administración Trump.
Rodríguez Castro, de 42 años, coronel del Ministerio del Interior y jefe de la seguridad personal de su abuelo, no ocupa ningún cargo oficial en el Gobierno. Sin embargo, su posición dentro del círculo íntimo del poder y su acceso directo a figuras clave del régimen lo convierten en un actor con peso real, aunque hasta ahora invisible para la opinión pública internacional. En Cuba, su presencia en reuniones de alto nivel es recibida con deferencia: cuando entra en un pasillo, los funcionarios se ponen en posición de atención.
La entrevista con USA Today —la primera que concede a un medio estadounidense— se produjo tras dos días de conversaciones en junio, desde la misma oficina que ocupó Raúl Castro en el Centro de Convenciones de La Habana. Allí, Rodríguez Castro se presentó como el hombre capaz de abrir una vía de diálogo directo con Washington en un momento de presión extrema: más de 240 sanciones impuestas por la Administración Trump desde enero, un bloqueo petrolero que ha reducido las importaciones energéticas entre un 80% y un 90%, apagones de hasta 25 horas diarias en más de la mitad del país y una contracción económica proyectada del –6,5%.
En ese contexto, El Cangrejo ha tejido contactos inéditos para cualquier funcionario cubano: conversó con el secretario de Estado Marco Rubio en enero, se reunió en abril con Jeremy Lewin —el enviado de facto de Rubio para Cuba— y estuvo presente durante la visita del director de la CIA, John Ratcliffe, a La Habana en mayo. Ningún miembro de la Administración Trump ha mantenido un diálogo directo con Miguel Díaz-Canel, lo que refuerza la percepción de que Washington ve en Rodríguez Castro un interlocutor potencial. Significativamente, no ha sido sancionado por Estados Unidos, un gesto que analistas interpretan como deliberado.
Durante la entrevista, Rodríguez Castro marcó sus límites con claridad: “Nunca me ha interesado la política. Pero si en algún momento la revolución me necesita, lo haré”. Aseguró que jamás sacrificaría los principios de 1959 ni la soberanía nacional, pero al mismo tiempo abrió la puerta a un gesto que sería histórico: la liberación, “en condiciones adecuadas”, de quienes Washington considera presos políticos.
Su irrupción pública llega en un momento en que Cuba enfrenta una crisis sin precedentes: apagones nacionales, colapso energético, deterioro humanitario y una presión internacional creciente. En ese escenario, la figura del nieto de Raúl Castro aparece como una carta inesperada, quizá incluso improvisada, para intentar contener el deterioro y explorar una salida negociada con Estados Unidos. Fuera de Cuba sigue siendo un personaje prácticamente desconocido, pero dentro del régimen su linaje y su acceso lo sitúan en una posición singular.
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