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Padura retrata una Cuba que se vacía, pero deja en segundo plano al régimen que la gobierna

Padura retrata una Cuba que se vacía, pero deja en segundo plano al régimen que la gobierna. Foto de Leonardo Padura Wikipedia

Redacción Central

Estocolmo. PLC | Cuba se está quedando sin cubanos. La frase puede parecer una exageración, pero las cifras demográficas y migratorias convierten la imagen en una realidad cada vez más difícil de disimular. Y ahora Leonardo Padura, uno de los escritores cubanos de mayor reconocimiento internacional y residente en la Isla, vuelve a colocar el drama ante los ojos del mundo en su artículo La isla vaciada, publicado este domingo por EL PAÍS. El periódico resume su dimensión con una cifra estremecedora: alrededor de dos millones de personas, equivalentes aproximadamente al 20% de la población, se habrían marchado de Cuba en cuatro años.

Padura comienza con una imagen poderosa. En el aeropuerto internacional José Martí observa las filas de una aerolínea utilizada por familias cubanas que emprenden camino hacia otros países. Un empleado le ofrece una medida doméstica del desastre: “cada semana se va un aula escolar”. Padura concluye que la nación está perdiendo “parte de su futuro”.

La metáfora es formidable porque permite comprender lo que esconden las estadísticas. No se están marchando únicamente individuos. Se están yendo niños, padres, profesionales y personas en edades productivas y reproductivas. Cuba pierde simultáneamente población presente y población futura.

Pero precisamente por la fuerza de ese retrato resulta necesario señalar también lo que queda menos desarrollado en su análisis: la responsabilidad política del Estado que gobierna Cuba desde hace casi siete décadas.

Aquí conviene ser justos con Padura. No es correcto presentarlo como un intelectual que jamás haya cuestionado al poder cubano. En una entrevista con EFE del pasado 30 de septiembre reconoció que el Gobierno no aprovechó como debía el acercamiento con Estados Unidos durante la presidencia de Barack Obama y describió la situación actual como un “infierno cotidiano” para la mayoría de los cubanos.

Sin embargo, en esa misma entrevista aparece una característica significativa de su discurso público.

Al preguntarse por las causas del sufrimiento cubano, Padura dirigió inmediatamente su crítica hacia Washington: cuestionó si la política estadounidense realmente buscaba cambiar el régimen y sostuvo que, mientras el Gobierno permanece, quienes sufren son los cubanos. También calificó la política de Donald Trump hacia Cuba de “muy agresiva”.

Es una crítica legítima. Las sanciones estadounidenses forman parte del contexto cubano y pueden y deben someterse a examen.

Pero existe una diferencia notable entre describir las consecuencias de las políticas estadounidenses y examinar con igual contundencia la responsabilidad de quienes han gobernado Cuba durante todo este tiempo.

Esa es precisamente la contradicción que merece señalarse en La isla vaciada.

Padura describe magistralmente el resultado: un país del cual las familias se marchan con sus hijos porque confían en encontrar fuera un futuro mejor que el presente vivido durante años en Cuba. Su propio texto señala que muchos de esos viajeros parten hacia Guyana y continúan buscando alternativas de residencia y trabajo fuera de la Isla.

Pero semejante descripción obliga a formular la pregunta que trasciende las rutas migratorias: ¿por qué una parte tan considerable de los cubanos ha concluido que su futuro comienza fuera de Cuba?

El embargo estadounidense no administra las empresas estatales cubanas, no fija los salarios dentro de la Isla, no dirige el sistema político cubano ni decide el modelo económico del país. Tampoco explica por sí solo por qué, después de varias generaciones bajo un mismo sistema político, tantos jóvenes consideran más prometedor comenzar desde cero en el extranjero que permanecer en el país donde nacieron.

Reducir el desastre exclusivamente a Washington sería tan poco serio como pretender que las sanciones estadounidenses no producen consecuencias. La responsabilidad puede ser compartida en determinados ámbitos sin ser equivalente.

Y existen indicadores demográficos internos que hacen todavía más preocupante el cuadro.

Los datos oficiales ya difundidos para 2025 muestran que el envejecimiento continúa avanzando: el 26,7% de la población cubana tiene 60 años o más.

Ese proceso convierte la emigración juvenil en algo cualitativamente distinto de las oleadas migratorias tradicionales. No se trata únicamente de perder población. El país pierde precisamente a una parte de las generaciones que deberían renovar su fuerza laboral, formar familias y sostener un sistema económico y social poblado crecientemente por personas mayores.

Aquí está la verdadera dimensión de la sentencia “cada semana se va un aula escolar”.

Un aula que desaparece hoy significa niños que probablemente no estudiarán, trabajarán ni formarán sus familias en Cuba mañana.

Por eso el éxodo actual no debería analizarse únicamente como una crisis migratoria. Es también un veredicto extraordinariamente severo sobre las expectativas que ofrece el país.

No significa que cada emigrante cubano sea opositor político. Sería absurdo sostenerlo. Tampoco todos emigran por las mismas razones. Pero el comportamiento colectivo tiene significado: cientos de miles de ciudadanos han decidido que afrontar la incertidumbre migratoria resulta preferible a permanecer donde están.

Es, en cierto sentido, un plebiscito silencioso expresado mediante pasaportes y boletos de avión.

Ahí es donde el análisis de Padura podría llegar más lejos.

Su importancia como cronista de la realidad cubana es precisamente que permanece en Cuba. Padece los apagones y las carencias que describe. Él mismo ha contado recientemente que debe transportar bidones para conseguir agua potable y ha reconocido que, aun siendo privilegiado en determinados aspectos, participa de las dificultades de la vida cotidiana. Pero describir la enfermedad sin someter con la misma intensidad a examen al sistema político que administra el país deja incompleto el diagnóstico.


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