CUBA-ESTADOS UNIDOS
Redacción Central
Nueva York. PLC | Las declaraciones del secretario de Estado Marco Rubio en Nueva York, durante un encuentro informal con la prensa en el marco de la Asamblea General de la ONU, han añadido una nueva capa a la ya tensa relación entre Estados Unidos y Cuba. Rubio, que ha endurecido su discurso en las últimas semanas, afirmó que “la Revolución cubana ha fracasado” y que dentro del propio sistema existe un reconocimiento de ese fracaso. Pero lo más significativo fue su afirmación de que “hay personas en Cuba con las que Estados Unidos puede trabajar” si están dispuestas a encaminar al país hacia cambios políticos y económicos.
Rubio sostuvo que Cuba tiene una oportunidad histórica para “colocar al país en una trayectoria irreversible hacia el progreso”, lo que implica libertad política y económica. Washington, dijo, está dispuesto a contribuir a ese proceso, aunque advirtió que no se revierten seis décadas de mala gestión en unos meses. Su mensaje apunta a una transición negociada, gradual, y basada en actores internos que, según él, podrían estar dispuestos a romper con la línea más recalcitrante del Gobierno cubano.
El secretario evitó especular sobre una posible acción militar, aunque recordó que el presidente tiene la obligación de actuar si existe una amenaza a la seguridad nacional. Aun así, insistió en que la preferencia de Estados Unidos es avanzar mediante cambios sustanciales que no involucren el uso de la fuerza. La referencia implícita a Venezuela —donde la intervención estadounidense derivó en la caída de Nicolás Maduro— no pasó desapercibida, pero Rubio se cuidó de no establecer paralelos directos.
Sus declaraciones llegan un día después de que la delegación cubana abandonara la sala durante el discurso de Donald Trump en la ONU, un gesto que evidencia la fragilidad del diálogo bilateral. Mientras tanto, el Gobierno cubano respondió desde La Habana: Bruno Rodríguez, canciller interino, afirmó que Rubio “desconoce la realidad cubana” y que Estados Unidos “no tiene autoridad moral para hablar de libertad”.
El comentario más llamativo de Rubio fue su afirmación de que, aunque algunos dirigentes cubanos “tienen las manos manchadas de sangre”, existen otros con los que Washington podría colaborar. La frase sugiere que Estados Unidos está evaluando posibles interlocutores dentro del aparato estatal, una señal que podría tener repercusiones en la dinámica interna del poder en Cuba. En un país donde las tensiones entre facciones —militares, tecnócratas, reformistas y ortodoxos— son cada vez más visibles, la idea de que Washington identifique actores “aceptables” añade presión a un sistema ya debilitado por la crisis económica y el colapso energético.
Rubio también insistió en que la situación de Cuba no mejorará sin cambios profundos. La referencia a “más de 60 años de corrupción e incompetencia” apunta directamente a la estructura del Partido Comunista y a la incapacidad del Gobierno para gestionar la crisis actual. Su mensaje, aunque diplomático, fue inequívoco: Estados Unidos está dispuesto a acompañar una transición, pero no a sostener al sistema tal como está.
En el sur de Florida, donde la comunidad cubana sigue de cerca cada gesto de Washington, las palabras de Rubio fueron interpretadas como un indicio de que la política hacia Cuba podría entrar en una nueva fase. La pregunta ahora es si existen realmente figuras dentro del Gobierno cubano dispuestas a asumir el costo político de un giro hacia la apertura, y si el régimen permitirá que esas voces emerjan.
La situación evoluciona en un contexto de crisis interna en Cuba, presión internacional y un Gobierno estadounidense que busca resultados concretos en su política hemisférica. Conviene confirmar siempre la información con fuentes fiables y actualizadas.
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