Madrid. PLC. La nueva estrategia de Washington hacia Cuba ha dado un giro inesperado. La Casa Blanca, bajo la presidencia de Donald Trump, ha comenzado a allanar el camino para que compañías estadounidenses regresen a la isla, justo cuando las sanciones impulsadas por su propia administración han provocado la salida acelerada de empresas europeas y canadienses. El movimiento, descrito por El País como un “desembarco” en preparación, marca un cambio profundo en el tablero económico del Caribe y abre interrogantes sobre el futuro del modelo cubano.
La orden ejecutiva firmada el 1 de mayo endureció de forma drástica el cerco económico sobre La Habana. Washington advirtió que congelaría los activos en territorio estadounidense de cualquier empresa extranjera que mantuviera negocios con el régimen, especialmente con GAESA, el conglomerado militar que controla buena parte del PIB cubano. El efecto fue inmediato: Meliá e Iberostar, las dos grandes hoteleras españolas, se vieron obligadas a abandonar 27 hoteles gestionados en la isla, todos propiedad de las Fuerzas Armadas. A ellas se sumaron la canadiense Blue Diamond y la indonesia Archipelago International, que cerraron por completo sus operaciones. Incluso navieras europeas como CMA CGM y Hapag-Lloyd frenaron el envío de contenedores.
En este vacío repentino, la administración Trump ha comenzado a mover ficha. Según El País, el Gobierno estadounidense considera que el terreno está despejado para que compañías norteamericanas retomen posiciones que ya ocuparon durante el deshielo de Barack Obama. Marriott —la mayor cadena hotelera del mundo— y Airbnb —la plataforma global de alquiler turístico— figuran entre las primeras candidatas a regresar. Ambas operaron en Cuba entre 2016 y 2020, antes de que la política de línea dura de Trump las obligara a retirarse.
El repliegue europeo no solo afecta al turismo, sino también a sectores estratégicos como la minería. La canadiense Sherritt International, que mantenía una empresa mixta con el Gobierno cubano, anunció un acuerdo preliminar para ceder el 55% de su participación a Gillon Capital, una firma vinculada a un exasesor de Trump. La operación, aún no vinculante, ha sido interpretada como un anticipo de la nueva arquitectura económica que Washington busca imponer en la isla.
Fuentes empresariales citadas por El País sintetizan la lógica de la maniobra: “Quieren quedarse con el negocio de los gallegos”. La frase, cargada de ironía histórica, refleja la percepción de que Estados Unidos está utilizando la presión financiera para desplazar a los socios tradicionales de Cuba y abrir espacio a sus propias corporaciones.
Para La Habana, el panorama es incierto. El Gobierno cubano ha anunciado que demandará a las hoteleras españolas por rescindir unilateralmente sus contratos, una estrategia que parece más defensiva que efectiva. La economía de la isla, ya en estado crítico, enfrenta ahora la pérdida de socios clave y la posibilidad de quedar aún más expuesta a la influencia estadounidense.
El movimiento de Trump no es solo económico. Forma parte de una estrategia más amplia que busca reconfigurar el equilibrio político en el hemisferio. Tras la captura de Nicolás Maduro en Venezuela y la ofensiva contra Irán, el presidente estadounidense ha reiterado que Cuba está “en sus últimos momentos” y que un “gran cambio” se aproxima. La apertura a las empresas estadounidenses podría ser el primer paso de una política de presión combinada: asfixia económica para debilitar al régimen y promesas de inversión para moldear el futuro.
Mientras tanto, la población cubana continúa atrapada en una crisis sin precedentes: apagones masivos, escasez de alimentos, inflación descontrolada y un éxodo que no se detiene. El posible regreso de Marriott o Airbnb puede alterar el mapa empresarial, pero difícilmente aliviará en el corto plazo la emergencia humanitaria que vive el país.
Cuba entra así en una nueva fase de su larga crisis: un escenario en el que la retirada europea, la ofensiva estadounidense y la fragilidad interna convergen para redefinir el destino de la isla. El tablero se mueve, pero el desenlace sigue siendo incierto.
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