VENEZUELA-CONVERSACIONES
Caracas. PLC / Las conversaciones entre el chavismo y un sector de la oposición venezolana entraron esta semana en una fase decisiva con la llegada a Caracas de Dinorah Figuera y una comisión de exdiputados de la Asamblea Nacional electa en 2015. El recibimiento público de Diosdado Cabello —“bienvenidos, siempre que vengan a sumar en el marco de la Constitución”— marca un giro discursivo significativo en un dirigente que, durante años, ha sido el rostro más duro del oficialismo. Pero la apertura retórica no oculta la complejidad del momento: el diálogo avanza en un país golpeado por la devastación de los sismos del 24 de junio y bajo la mirada vigilante de Estados Unidos, que respalda el proceso.
La llegada de Figuera al aeropuerto de Barcelona, en el oriente del país, simboliza el retorno de una oposición que durante años operó desde el exilio. Su agenda inmediata está marcada por la emergencia humanitaria: más de 6.000 muertos, más de 16.000 heridos y casi 18.000 personas sin vivienda, según cifras oficiales. El Gobierno interino de Delcy Rodríguez ha insistido en que la reconstrucción nacional debe ser el eje del diálogo, mientras la oposición busca que la crisis no eclipse los temas estructurales que han bloqueado cualquier transición política en la última década.
Entre esos temas, Figuera mencionó tres que son centrales para cualquier acuerdo creíble: la recomposición del Consejo Nacional Electoral, la reinstitucionalización del Tribunal Supremo de Justicia y la garantía efectiva de derechos políticos y civiles. Son demandas históricas que apuntan al corazón del sistema de control chavista y que, en otras ocasiones, han sido motivo de ruptura en procesos de negociación anteriores. La diferencia ahora es el contexto: la catástrofe sísmica ha creado una presión social inédita y ha obligado al oficialismo a mostrar una disposición al diálogo que, aunque limitada, es políticamente significativa.
Cabello, en su programa Con el mazo dando, buscó proyectar control y apertura simultáneamente. Su mensaje de bienvenida, cuidadosamente enmarcado en la Constitución, funciona como una señal hacia Washington y como un recordatorio interno de que el chavismo sigue marcando los límites del proceso. El oficialismo quiere evitar que la oposición convierta la mesa en un espacio para discutir la legitimidad del Gobierno interino, pero también necesita mostrar flexibilidad para asegurar la continuidad del respaldo estadounidense.
Las conversaciones en Caracas se desarrollan así en un equilibrio frágil: un Gobierno que busca consolidar su autoridad tras la destitución de Nicolás Maduro; una oposición que regresa al país con la legitimidad de la Asamblea de 2015 pero con escaso poder real; y un país devastado que exige respuestas inmediatas. El diálogo no es solo político: es una negociación sobre la supervivencia institucional de Venezuela en medio de una crisis múltiple.
El gesto de Cabello abre una puerta, pero no garantiza nada. La historia reciente muestra que cada avance puede revertirse en cuestión de horas. Sin embargo, la presencia de la oposición en Caracas y el respaldo explícito de Estados Unidos crean un escenario que, por primera vez en años, obliga al chavismo a gestionar el conflicto en público y bajo escrutinio internacional.
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