Del diálogo que antes era “traición” al diálogo que ahora es “renacimiento”: Maduro descubre la paz desde Brooklyn
MADURO-DECLARACIONES
Nueva York. PLC / El depuesto presidente venezolano Nicolás Maduro ha decidido, desde una celda en Brooklyn, reconciliarse con una palabra que durante años demonizó: diálogo. En un mensaje difundido este domingo en su canal de Telegram, el exmandatario saludó “todo camino de diálogo” justo antes de la primera reunión presencial, prevista para la próxima semana en Caracas, entre representantes del gobierno interino de Delcy Rodríguez y un grupo de opositores respaldados por Washington.
Maduro, de 63 años, y su esposa Cilia Flores, de 69, fueron capturados en enero en una operación militar estadounidense y se encuentran recluidos en una cárcel de Brooklyn, acusados de tráfico de drogas y armas de fuego, cargos que ambos niegan. Desde allí, sin acceso a prensa ni internet, pero con unos 300 minutos mensuales de llamadas telefónicas a familiares y abogados, el exmandatario ha comenzado a construir un relato de “secuestro” y “resistencia espiritual”, en el que el lenguaje religioso y la apelación al “renacimiento nacional” ocupan un lugar central. Según su entorno, dedica buena parte del tiempo al estudio de la Biblia. RFI RFI. Maduro saluda desde prisión “todo camino de diálogo” en Venezuela
En su mensaje, Maduro escribe: “Hablar de un RENACIMIENTO NACIONAL como meta común es hablar de respeto mutuo en la diversidad, de inclusión de todos y todas (…) Saludamos todo camino de diálogo que ayude a consolidar la paz, la convivencia y el encuentro entre venezolanos”. Y remata con un deseo casi pastoral: “Hagamos de agosto un mes de maravillosos logros, solidaridad comprometida, diálogo sincero y renacimiento espiritual para Venezuela”. El texto es republicado por su hijo, el parlamentario Nicolás Maduro Guerra, “Nicolasito”, que se encarga de amplificar la voz del padre desde Caracas.
El giro retórico contrasta con años de discurso beligerante contra la oposición, contra Washington y contra cualquier intento de negociación que no estuviera bajo control del chavismo. Hoy, sin embargo, el mismo Maduro que acusaba de “vendepatria” a quienes se sentaban en una mesa con la oposición, saluda desde prisión un proceso de diálogo impulsado precisamente por Estados Unidos y articulado por el gobierno interino de Delcy Rodríguez. La razón de este cambio no es difícil de intuir: el futuro judicial y político de Maduro depende, en buena medida, del clima que se genere en Venezuela y de la capacidad del chavismo de presentarse como actor dispuesto a una transición ordenada.
Washington mantiene una fuerte presión sobre el gobierno interino de Rodríguez, que asumió el poder tras la caída de Maduro, y empuja un diálogo que pueda derivar en un calendario electoral y en comicios futuros. La primera ronda de conversaciones en Caracas tendrá como ejes la atención al doble terremoto del 24 de junio, el fortalecimiento de la democracia y las “garantías y derechos políticos”.
En este contexto, el mensaje de Maduro cumple varias funciones. Primero, intenta reposicionarlo como figura que, pese a estar encarcelada y acusada de delitos graves, se presenta como defensor de la “reconciliación nacional” y la “convivencia”. Segundo, busca enviar una señal a las bases chavistas más radicales, que miran con recelo la presión estadounidense sobre Delcy Rodríguez y el acercamiento a la oposición: si el propio líder histórico del chavismo “saluda” el diálogo, cuestionarlo se vuelve más difícil. Tercero, introduce un tono espiritual y casi penitencial que puede ser útil en la narrativa de cara a su futuro juicio en Estados Unidos, previsto para junio de 2027.
El cambio de opinión de Maduro sobre el diálogo no puede separarse de su nueva condición: ya no es el presidente que controla el aparato estatal, sino un acusado en un proceso federal por narcotráfico y armas, recluido en un sistema penitenciario que no depende de él. Desde esa posición, el cálculo político se transforma. Un escenario de transición pactada en Venezuela, con elecciones y cierta normalización institucional, podría abrir espacios para negociaciones sobre su situación personal, desde condiciones de reclusión hasta eventuales acuerdos políticos de más largo alcance. Un país en caos, sin interlocución y sin horizonte electoral, en cambio, haría más difícil cualquier argumento de “pacificación” que pudiera jugar a su favor.
También hay un componente de imagen internacional. El Maduro que ahora habla de “respeto mutuo en la diversidad” y de “inclusión de todos y todas” intenta distanciarse del perfil de autócrata aislado y presentar su captura como un “secuestro” de un líder que sigue pensando en la nación. El conteo diario de los días de su “secuestro” en Telegram, acompañado de mensajes en fechas patrias, forma parte de esa construcción simbólica.
Mientras tanto, en Caracas, la mesa de diálogo entre el gobierno interino y la oposición se convierte en el verdadero escenario de poder. Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento, será el representante del chavismo, y Dinorah Figuera, exdiputada que regresa del exilio, encabeza la bancada opositora. La ausencia de Machado en la mesa y la presencia de Washington como impulsor del proceso dibujan una transición compleja, en la que el chavismo busca conservar cuotas de poder y la oposición intenta asegurar garantías reales para una futura elección.
En ese tablero, el mensaje de Maduro es menos un gesto de convicción democrática que un movimiento táctico: desde la cárcel, el exmandatario parece haber descubierto que el diálogo, al que antes acusaba de rendición, puede ser ahora su mejor apuesta para seguir siendo relevante en la política venezolana y, quizá, para negociar su propio destino.
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