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Un salario que no alcanza: cuando la jubilación se convierte en sobrevivir

Muchos de quienes hoy reciben una pensión fueron obreros, maestros, médicos, campesinos, técnicos y profesionales que sostuvieron durante años la economía y los servicios del país. Ellos no deberían convertirse en una estadística más de la crisis. Foto © ASF/IA


Por Antonio Suárez Fonticiella

La Habana. PLC / En Cuba, la pregunta ya no es cuánto gana un trabajador o un jubilado, sino cuánto tiempo puede sobrevivir con lo que recibe.

Un salario mínimo de aproximadamente 3.210 pesos cubanos mensuales, enfrentado a precios como 360 pesos por una libra de arroz, 400 pesos por una libra de frijoles, 170 pesos por un huevo y alrededor de 6.000 pesos por un litro de aceite, muestra una realidad que golpea especialmente a quienes dependen únicamente de una pensión o un ingreso estatal.

Las matemáticas son difíciles de ignorar: una persona que recibe ese ingreso no puede comprar siquiera un litro de aceite con su salario mensual. Si dedicara todo su dinero solamente al arroz, apenas podría adquirir unas nueve libras. Y eso sin contar otros alimentos esenciales, medicamentos, transporte, electricidad, aseo personal o cualquier necesidad inesperada.

Pero detrás de estos números existen historias de vida. Son hombres y mujeres que trabajaron durante décadas, que entregaron sus fuerzas al país y que hoy enfrentan una vejez marcada por la preocupación y la incertidumbre.

Durante años, el discurso oficial cubano sostuvo que en Cuba “nadie quedaría desamparado”. Esa frase fue repetida como una de las grandes promesas del sistema. Sin embargo, la realidad actual obliga a hacerse una pregunta: ¿cómo es posible que quienes ayudaron a construir la revolución, quienes dedicaron su juventud y sus años productivos a ese proyecto, hoy se sientan olvidados y abandonados?

Si una generación que fue considerada protagonista y pilar fundamental de la historia reciente de Cuba termina enfrentando tantas dificultades para cubrir sus necesidades básicas, ¿qué esperanza pueden tener aquellos que no formaron parte de esa generación?

El problema va más allá del dinero. Es una cuestión de reconocimiento, respeto y dignidad. Un jubilado no está pidiendo un privilegio; está reclamando el derecho a vivir con tranquilidad después de una vida de trabajo.

Muchos de quienes hoy reciben una pensión fueron obreros, maestros, médicos, campesinos, técnicos y profesionales que sostuvieron durante años la economía y los servicios del país. Ellos no deberían convertirse en una estadística más de la crisis.

La realidad muestra una profunda contradicción: un sistema que durante décadas aseguró proteger a sus ciudadanos enfrenta ahora el desafío de explicar por qué tantos de sus mayores tienen que escoger entre comprar alimentos, medicamentos o cubrir otros gastos esenciales.

Una sociedad se mide también por la manera en que trata a quienes ya no pueden producir como antes. Los ancianos no son una carga; son la memoria de un país, la generación que trabajó, construyó y sacrificó parte de su vida esperando un futuro mejor.

Cuando una nación olvida a quienes entregaron sus mejores años, la pregunta deja de ser solo económica. Se convierte en una pregunta sobre los valores, la responsabilidad y la deuda moral con quienes hicieron posible la historia que hoy se cuenta.

Porque si quienes estuvieron desde el principio sienten que fueron dejados atrás, queda abierta una interrogante para todos los demás: ¿qué puede esperar el resto de la sociedad?


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