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Díaz-Canel intenta desviar el foco acusando a Washington de “alianzas fascistas” mientras Cuba carga con décadas de injerencia ideológica en América Latina

La reacción de Díaz-Canel no sorprende. Cuba carga con un historial que ningún discurso puede borrar: durante décadas, el aparato político y de inteligencia del castrismo financió, entrenó y sostuvo movimientos de extrema izquierda en América Latina. Foto generada por PLC/IA

CUBA-ESTADOS UNIDOS

Estocolmo. PLC / La nueva arremetida verbal de Miguel Díaz-Canel contra Estados Unidos revela más nerviosismo que convicción. Al acusar a Washington de promover alianzas que “recuerdan al fascismo hitleriano”, el presidente cubano intenta responder a las declaraciones del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, quien aseguró que La Habana ha sido un actor central en la expansión de la extrema izquierda en América y en la radicalización de sectores políticos dentro de Estados Unidos. Rubio, que días atrás habló de la posibilidad de un “buen resultado” en un eventual diálogo bilateral, volvió a señalar que el régimen cubano ha ejercido una influencia ideológica “profunda y peligrosa” en el continente, reabriendo un debate que La Habana preferiría evitar.

La reacción de Díaz-Canel no sorprende. Cuba carga con un historial que ningún discurso puede borrar: durante décadas, el aparato político y de inteligencia del castrismo financió, entrenó y sostuvo movimientos de extrema izquierda en América Latina, desde guerrillas en Centroamérica hasta redes políticas que luego se transformaron en partidos y gobiernos. Esa arquitectura ideológica, diseñada desde los años sesenta, sobrevivió a la caída del bloque soviético y se recicló en alianzas con Venezuela, Nicaragua y otros proyectos autoritarios que encontraron en La Habana un centro de asesoría, logística y legitimación. Las acusaciones de Rubio no inventan nada nuevo; simplemente ponen en palabras lo que numerosos informes, testimonios y episodios históricos han documentado.

El intento de Díaz-Canel de equiparar la política exterior estadounidense con “alianzas fascistas” busca desplazar la atención de ese legado. La Habana sabe que la narrativa de “resistencia antiimperialista” ya no basta para ocultar su papel en la construcción de redes de influencia que han alimentado la polarización regional. En un momento en que Cuba enfrenta su peor crisis económica en treinta años, con apagones, protestas y un desgaste político evidente, la estrategia del Gobierno consiste en convertir cualquier crítica externa en una agresión ideológica, aun cuando provenga de actores que han mostrado disposición a abrir canales de diálogo.

Las palabras de Rubio, lejos de ser un exabrupto, forman parte de una línea histórica de la política estadounidense hacia Cuba, pero también reflejan un hecho incómodo para La Habana: el castrismo no solo exportó un modelo político, sino que moldeó generaciones de cuadros y movimientos que hoy siguen reivindicando su influencia. La respuesta de Díaz-Canel, cargada de referencias extremas y comparaciones históricas desmesuradas, evidencia la dificultad del régimen para enfrentar su propio pasado sin recurrir a la retórica defensiva que lo ha acompañado durante más de seis décadas.

El intercambio entre ambos gobiernos confirma que la relación bilateral continúa atrapada en un ciclo de acusaciones y contraacusaciones donde cada gesto público se convierte en un mensaje estratégico. Mientras Washington insiste en que Cuba debe asumir responsabilidad por su papel en la región, La Habana intenta presentar cualquier señal de presión como una amenaza existencial. En un continente marcado por reacomodos políticos y tensiones crecientes, el choque entre Rubio y Díaz-Canel muestra que Cuba ya no puede esconder su legado ideológico detrás de consignas, y que la disputa por la narrativa regional será tan decisiva como cualquier negociación diplomática.


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