La deuda externa de Cuba con el Club de París volvió a aumentar en 2025 y alcanzó los 4.795,5 millones de dólares, según el informe publicado este jueves por el organismo que agrupa a los principales acreedores gubernamentales del mundo. La cifra supone un incremento del 3,7% respecto al año anterior, cuando el saldo se situaba en 4.624 millones. El dato confirma una tendencia que se ha vuelto estructural: la incapacidad del Estado cubano para cumplir los compromisos pactados en la reestructuración de 2015 y en las sucesivas renegociaciones posteriores.
El monto total se divide en dos grandes bloques: la deuda vinculada a la Ayuda Oficial al Desarrollo (ODA), que representa una fracción mínima del total, y la deuda no asociada a programas de desarrollo (NODA), que constituye la parte abrumadoramente mayoritaria. Esta última refleja créditos comerciales, financieros y estatales que Cuba ha ido acumulando durante décadas y que, pese a los reiterados aplazamientos, continúa creciendo por la combinación de impagos, intereses y penalizaciones.
El deterioro económico de la isla explica buena parte de este repunte. Cuba cerró 2025 con una contracción acumulada de más del 20% del PIB desde 2019, una inflación que pulverizó el poder adquisitivo de los salarios estatales y un desplome del turismo que no ha logrado recuperarse a los niveles previos a la pandemia. A ello se suma la crisis energética crónica, la caída de la producción nacional y la incapacidad del Gobierno para generar divisas suficientes. En este contexto, el país ha incumplido repetidamente los pagos acordados con el Club de París, lo que ha provocado la reactivación de intereses y recargos que habían sido condonados bajo la condición de puntualidad.
La comparación con el resto de América Latina revela la magnitud del problema cubano. La deuda de Cuba con el Club de París —casi 4.800 millones de dólares— es relativamente modesta en términos absolutos si se la contrasta con países como Brasil, cuya deuda bilateral con acreedores del grupo supera los 20.000 millones, o Argentina, que mantiene compromisos por encima de los 15.000 millones. Sin embargo, la diferencia crucial no está en el tamaño, sino en la capacidad de pago y en la salud macroeconómica. Brasil y México, pese a sus enormes deudas externas, acceden regularmente a los mercados financieros internacionales, refinancian obligaciones y mantienen grados de inversión o calificaciones estables. Incluso países más pequeños como Colombia, Perú o República Dominicana conservan acceso al crédito y cumplen sus compromisos con relativa normalidad.
Cuba, en cambio, se encuentra en una situación excepcional en la región: es el único país latinoamericano que no tiene acceso a los mercados internacionales de deuda, que no publica estadísticas macroeconómicas auditadas y que acumula impagos recurrentes con el Club de París. Mientras la mayoría de los países de la región han logrado estabilizar o reducir sus ratios de deuda tras la pandemia, Cuba continúa atrapada en un ciclo de contracción económica, caída de ingresos y renegociaciones fallidas. En términos de PIB, la deuda cubana con el Club de París representa un peso mucho mayor que el que enfrentan economías más grandes y diversificadas. Y, a diferencia de Argentina —que renegocia, paga parcialmente y vuelve a los mercados—, Cuba no ofrece perspectivas de recuperación ni un plan económico creíble.
El peso de la deuda con el Club de París tiene además un impacto político. Cuba intenta presentarse en foros internacionales como un país víctima de sanciones externas, pero los acreedores europeos —que no forman parte del embargo estadounidense— consideran que el problema es interno: falta de transparencia, ausencia de reformas estructurales y un modelo económico incapaz de generar crecimiento. La brecha entre ambas narrativas se ha ampliado en los últimos años, especialmente tras las protestas de 2021 y 2024, la salida de varias cadenas hoteleras internacionales y la reciente prohibición del uso de tarjetas Visa y Mastercard en la isla, que ha complicado aún más la entrada de divisas.
El incremento de la deuda llega en un momento en que el Gobierno cubano enfrenta presiones simultáneas: escasez de combustible, caída de las remesas, reducción de los envíos de petróleo desde Venezuela y un creciente malestar social. La Habana insiste en que busca “soluciones negociadas” con sus acreedores, pero el margen de maniobra es cada vez menor. El Club de París, por su parte, mantiene la puerta abierta a nuevas conversaciones, aunque exige señales claras de compromiso económico que hasta ahora no han llegado.
Mientras tanto, la deuda continúa creciendo y se convierte en un símbolo más de la parálisis económica del país. Para Cuba, cumplir con el Club de París no es solo una cuestión financiera: es una prueba de credibilidad internacional en un momento en que la isla necesita desesperadamente inversión, crédito y confianza. Nada de eso parece cercano.
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