Por Antonio Suárez Fonticiella
La Habana. PLC. Opinión | Durante décadas, el poder evitó responder una pregunta esencial. El Gobierno cubano presentó la transformación del campo como una conquista de la Revolución: se crearon cooperativas, se reorganizó la propiedad de la tierra y se prometió convertir a Cuba en una nación capaz de producir sus propios alimentos.
Pero 67 años después, la realidad obliga a formular una pregunta incómoda:
¿Qué pasó con el campesino cubano?
El problema no fue simplemente crear CCS o CPA. El problema comenzó cuando el Estado quiso convertirse en dueño, planificador, comprador, vendedor y árbitro de prácticamente todo lo que ocurría en el campo.
- ¿Quién decidía qué sembrar?
- ¿Quién determinaba cuánto producir?
- ¿Quién controlaba el combustible y los insumos?
- ¿Quién decidía cómo y cuándo se recogía la cosecha?
- ¿Quién fijaba las condiciones para venderla?
Y, sobre todo:
¿Qué libertad tenía el campesino para decidir sobre el fruto de su propio trabajo?
El campesino dejó de ser protagonista
Una cooperativa puede ser una herramienta extraordinaria cuando varios productores se unen voluntariamente para comprar insumos, compartir maquinaria, obtener créditos o comercializar mejor.
Pero una cooperativa pierde buena parte de su sentido cuando termina funcionando como una extensión administrativa del Estado.
Ahí está, en nuestra opinión, uno de los grandes errores del modelo cubano.
Se organizó al campesino, pero también se le terminó controlando.
Y cuanto más control existía sobre la producción, la comercialización y los precios, menor era el espacio para que el productor tomara sus propias decisiones.
¿Cuál fue el resultado?
Un país con tierras fértiles, tradición agrícola y generaciones de campesinos terminó dependiendo cada vez más de alimentos importados.
Hoy Cuba enfrenta escasez de alimentos, falta de combustible, fertilizantes y maquinaria, problemas de comercialización y una producción agrícola incapaz de satisfacer las necesidades de la población.
Entonces aparece la pregunta que nadie debería temer:
Si durante décadas el Estado controló la agricultura para garantizar la alimentación del pueblo, ¿por qué el pueblo cubano continúa haciendo largas colas para conseguir alimentos?
No podemos culpar de todo al embargo estadounidense. No podemos culpar de todo al clima. No podemos culpar de todo a la falta de combustible.
Es necesario analizar también las decisiones tomadas dentro de Cuba y el modelo económico construido desde 1959.
Nuestra opinión
Fidel Castro no inventó la agricultura cubana, pero sí impulsó una transformación radical de su estructura y un modelo de control estatal que terminó limitando profundamente la autonomía económica del productor.
Y aquí está la diferencia:
Una cosa es ayudar al campesino. Otra muy distinta es decidir por él.
Una cosa es cooperar. Otra es controlar.
Una cosa es planificar. Otra es pretender que desde una oficina se sabe mejor que el campesino qué debe sembrar, cuánto debe producir y cómo debe venderlo.
Cuba necesita devolverle protagonismo al campesino
Si algún día Cuba quiere recuperar su agricultura, no bastarán nuevas consignas ni nuevas estructuras burocráticas.
Necesitará campesinos con verdadera autonomía económica.
Que puedan producir. Que puedan invertir. Que puedan comprar. Que puedan vender. Que puedan obtener ganancias. Y que tengan la seguridad de que trabajar más y producir más también significa vivir mejor.
Porque hay una verdad que ningún sistema político puede cambiar:
La tierra no produce por decreto. El campesino no produce por consignas. Y la agricultura no prospera cuando quien trabaja la tierra no tiene suficiente libertad para decidir sobre ella y sobre el fruto de su esfuerzo.
Quizás el gran fracaso de la agricultura cubana no haya sido la falta de tierra. Quizás haya sido haberle quitado al campesino algo tan esencial como la posibilidad de decidir.

La Habana. Periodista independiente, integrante del equipo editorial de Prensa Libre Cuba.
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