CUBA-LIBROS
La Habana. PLC | La 34ª Feria Internacional del Libro de La Habana abrió finalmente sus puertas después de haber sido aplazada en febrero por el colapso energético que paralizó la isla. El Gobierno la presenta como un triunfo cultural en medio de la crisis, un acto de resistencia simbólica dedicado al centenario de Fidel Castro y con Rusia como país invitado de honor. Pero basta caminar unos minutos por los pabellones para entender que esta Feria no celebra la literatura: celebra al poder.
Las “1.300 novedades editoriales” anunciadas por el Instituto Cubano del Libro son, en su mayoría, viejas ediciones recicladas, remanentes almacenados y reediciones de discursos, panfletos y compilaciones ideológicas. Los estantes están dominados por libros sobre Fidel Castro, Raúl Castro y el Che Guevara, junto a biografías oficiales, textos conmemorativos y obras de exaltación política. La narrativa revolucionaria ocupa cada espacio, mientras la literatura contemporánea, el ensayo crítico, la narrativa joven y la investigación independiente brillan por su ausencia.
La Feria se celebra en un país donde las bibliotecas cierran por falta de libros, donde las librerías han desaparecido o sobreviven como locales vacíos, y donde la lectura se ha convertido en un lujo. La escasez de papel y tinta ha reducido la producción editorial a mínimos históricos. Cuba, que alguna vez presumió de ser “el país más lector de América Latina”, es hoy un país que no lee porque no puede, porque no tiene qué leer y porque el Estado ha convertido el libro en un instrumento de propaganda.
La Feria, en teoría un espacio de diversidad cultural, se ha transformado en un escaparate ideológico. La presencia de Rusia como invitado de honor refuerza la dimensión política del evento: un gesto de alineamiento geopolítico en un momento en que el régimen busca aliados para sobrevivir a la crisis. Delegaciones extranjeras participan en coloquios sobre el legado de Fidel, mientras afuera la población enfrenta apagones de 20 a 30 horas, escasez de alimentos y agua, y un deterioro social que ya no puede ocultarse.
La contradicción es evidente. El Gobierno celebra la literatura en un país donde las bibliotecas están cerradas, donde los maestros no tienen libros para enseñar, donde los estudiantes no tienen luz para leer, donde las librerías venden panfletos y discursos en lugar de novelas, poesía o pensamiento crítico. La Feria del Libro se convierte así en una metáfora del país: un acto oficial lleno de consignas, montado sobre una realidad que se desmorona.
La cultura cubana, rica y diversa, ha sido reducida a un repertorio de textos oficiales que repiten la misma narrativa desde hace décadas. Los escritores independientes son censurados, los editores privados perseguidos, los proyectos autónomos desmantelados. La literatura crítica se publica en el exilio. La lectura se refugia en copias digitales, en teléfonos cargados con dificultad, en bibliotecas improvisadas que sobreviven gracias a la solidaridad.
La Feria del Libro de La Habana no es una celebración de la lectura: es una celebración del poder en un país que ha perdido su industria editorial, su acceso a libros, su diversidad cultural y su capacidad de pensar en voz alta. Mientras el régimen exhibe discursos encuadernados, la Cuba real vive en la oscuridad, sin libros, sin luz y sin futuro.
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