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El viaje secreto de Jeffrey Epstein a Cuba revela la diplomacia en la sombra del castrismo

Una foto sin fechar de Ghislaine Maxwell y Jeffrey Epstein publicada por el Departamento de Justicia de EEUU. U.S. Department of Justice

La Habana, 2003: Epstein aterriza en la isla en el momento más oscuro del castrismo

Estocolmo – PLC- La revelación de que Jeffrey Epstein viajó a Cuba en 2003, invitado personalmente por Fidel Castro, añade una pieza inesperada al rompecabezas de un personaje cuya vida se movió siempre en la frontera entre el poder, la impunidad y la sombra. El dato, confirmado por el expresidente colombiano Andrés Pastrana y documentado por El Nuevo Herald, adquiere un significado particular cuando se observa el contexto: Epstein aterrizó en La Habana justo después de que el régimen encarcelara a 75 opositores en la ola represiva conocida como la Primavera Negra. Mientras periodistas independientes y activistas eran condenados a largas penas de prisión, Castro abría las puertas del país a un millonario ya entonces bajo sospecha por delitos sexuales en Estados Unidos.

El viaje no fue un gesto casual. Epstein llegó desde Bahamas en su avión privado, el mismo que utilizaba para transportar a menores explotadas sexualmente, y lo hizo en un momento en que su red de contactos internacionales comenzaba a mostrar signos de desgaste. La invitación del líder cubano sugiere una relación que no se explica por afinidades ideológicas, sino por la lógica pragmática que ha guiado históricamente la política exterior del castrismo: la utilidad por encima de la reputación moral. Cuba ha ofrecido refugio durante décadas a fugitivos estadounidenses, desde estafadores hasta militantes buscados por asesinato, y ha cultivado una diplomacia paralela basada en relaciones personales opacas, al margen de los canales institucionales.

En ese ecosistema, Epstein encontraba un terreno fértil. Para un hombre que empezaba a intuir que la justicia estadounidense podía alcanzarlo, Cuba representaba un espacio seguro: un país sin tratado de extradición, con un aparato de inteligencia sofisticado y con un liderazgo acostumbrado a negociar en la penumbra. Para el régimen, Epstein ofrecía algo igualmente valioso: acceso a élites políticas y económicas de Estados Unidos y Europa, contactos que podían resultar útiles en un momento en que La Habana buscaba romper su aislamiento internacional tras la ofensiva diplomática de la Administración Bush.

La presencia de Pastrana en el avión añade un matiz diplomático incómodo. El expresidente colombiano asegura que solo utilizó el aparato para llegar a La Habana y que Epstein abandonó la isla uno o dos días después. Pero el episodio revela hasta qué punto Castro estaba dispuesto a recibir a figuras controvertidas si ello contribuía a reforzar su red de relaciones en América Latina. La visita se produjo en un momento en que varios gobiernos de la región buscaban recomponer vínculos con La Habana, y en que sectores de la izquierda internacional veían en Cuba un símbolo de resistencia frente a Washington.

El silencio posterior del régimen cubano, que nunca ha ofrecido una explicación sobre la visita, encaja con la cultura política de la isla, pero también con el patrón global del caso Epstein: instituciones que callan, documentos que desaparecen, cámaras que dejan de funcionar. La opacidad ha sido una constante tanto en la trayectoria del millonario como en la del castrismo, y la coincidencia de ambos mundos en un mismo episodio ilumina una zona donde confluyen intereses estratégicos, cálculos de poder y la ausencia deliberada de transparencia.

El viaje de Epstein a Cuba no es un detalle exótico en una biografía marcada por excesos y crímenes, sino un indicio de cómo operaba su red: moviéndose entre élites políticas, buscando refugios alternativos y explorando la protección de regímenes autoritarios cuando su posición en Estados Unidos comenzaba a erosionarse. Para La Habana, recibirlo fue coherente con una tradición de desafiar a Washington y de aprovechar cualquier oportunidad para ampliar su margen de maniobra internacional. Para Epstein, fue un ensayo de escape, una prueba de que aún podía moverse con libertad en espacios donde la ley era negociable.

El episodio revela, en última instancia, una verdad incómoda: la frontera entre crimen, política e intereses geoestratégicos es más permeable de lo que las democracias suelen admitir. Y Cuba, con su larga historia de diplomacia paralela y alianzas tácticas, aparece en este capítulo no como un escenario secundario, sino como un espejo que refleja la naturaleza profunda del sistema Epstein.


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