ESTADOS UNIDOS-VENEZUELA
Caracas. PLC / Estados Unidos ha decidido involucrarse de manera directa en la arquitectura de las próximas negociaciones sobre Venezuela, un movimiento que redefine el tablero regional y abre una ventana para una transición política aún incierta. Washington ha enviado señales claras de que está dispuesto a acompañar un proceso de diálogo estructurado entre la oposición y el gobierno interino de Delcy Rodríguez, pero la ausencia de María Corina Machado en la ecuación amenaza con convertir cualquier intento de acuerdo en un ejercicio incompleto. La líder opositora, Nobel de la Paz 2025 y figura central del movimiento democrático venezolano, permanece fuera del país y fuera de la mesa, pese a ser la dirigente con mayor legitimidad popular y el rostro más reconocido de la lucha contra el chavismo.
La exclusión de Machado no es un detalle técnico: es el punto de fractura que puede determinar el éxito o el fracaso de la negociación. Henrique Capriles lo expresó con una claridad que resonó en todo el espectro político venezolano: cualquier negociación que excluya a María Corina estará condenada a fracasar. Capriles, que ha sido crítico tanto del chavismo como de los sectores opositores más radicales, entiende que la transición venezolana no puede construirse sin la figura que encarna la mayoría electoral de 2024 y la narrativa de resistencia que sobrevivió a la represión, al exilio y al fraude. Su advertencia no es retórica: es un diagnóstico político.
Washington, sin embargo, parece apostar por una estrategia gradual. La Casa Blanca considera que la interlocución con Delcy Rodríguez es funcional para estabilizar el país en el corto plazo, especialmente después de la captura de Nicolás Maduro y del colapso institucional que siguió a la operación militar de enero. Estados Unidos busca evitar un vacío de poder que pueda derivar en violencia, migración masiva o descontrol territorial. Pero esa lógica pragmática choca con la realidad política venezolana: sin Machado, la oposición carece de un liderazgo unificado y de una representación legítima ante la comunidad internacional.
La situación se complica por la reconfiguración interna del chavismo. Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello han consolidado un triángulo de poder que administra el país en ausencia de Maduro, pero lo hacen sin una base de legitimidad electoral y con un desgaste social profundo. La crisis humanitaria, los apagones, la destrucción causada por los terremotos de junio y la erosión del aparato estatal han debilitado la capacidad del gobierno interino para sostener una negociación prolongada. Washington lo sabe, y por eso insiste en un proceso acompañado, supervisado y condicionado.
En este contexto, la ausencia de Machado no solo es un problema político: es un problema de gobernabilidad futura. La líder opositora representa a millones de venezolanos que no aceptarán un acuerdo sin garantías de elecciones libres, liberación de presos políticos, retorno de exiliados y desmantelamiento del aparato represivo. Su exclusión envía el mensaje de que la transición podría negociarse sin la principal fuerza democrática del país, un error que ya ha costado décadas en Venezuela.
Estados Unidos enfrenta así un dilema estratégico. Si avanza sin Machado, corre el riesgo de construir una transición débil, vulnerable y sin legitimidad social. Si insiste en incluirla, deberá presionar a un gobierno interino que teme perder control y a una élite chavista que sabe que su supervivencia depende de limitar el alcance de la oposición. La advertencia de Capriles, lejos de ser una declaración aislada, es el reflejo de una realidad que Washington no puede ignorar: Venezuela no podrá reconstruirse sin la figura que encarna la mayoría democrática.
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