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Europa sale a la calle: protesta social, radicalización y la sombra de la injerencia extranjera

No hace falta que Rusia invente una protesta ni pague a cientos de miles de manifestantes para obtener beneficios políticos del caos europeo. Es mucho más barato y eficaz localizar una fractura que ya existe y ensancharla. Foto redes sociales.

PLC

Estocolmo. PLC | Europa está contemplando algo más complejo que una sucesión de manifestaciones juveniles contra el coste de la vida. Las protestas que durante las últimas semanas han sacudido Francia y se han extendido a Alemania, Italia y otros países mezclan problemas sociales perfectamente reconocibles con una realidad mucho más inquietante: sectores juveniles empobrecidos y marginados, grupos organizados de extrema izquierda, activistas de diferentes causas y oportunistas que aprovechan el anonimato de las grandes concentraciones para provocar disturbios. A ello se suma un ingrediente propio de las guerras políticas del siglo XXI: la intervención de redes extranjeras que no necesitan organizar una revuelta para beneficiarse de ella.

El epicentro volvió a ser Francia. El sábado 31 de octubre, por tercer fin de semana consecutivo, cientos de miles de personas salieron a las calles. El Ministerio del Interior calculó 320.000 participantes en todo el país, mientras que las organizaciones juveniles elevaron la cifra a cerca de medio millón. Las concentraciones fueron mayoritariamente pacíficas, aunque al finalizar las marchas volvieron a producirse incidentes en París, Lyon y Marsella.

Pero para entender lo que está ocurriendo no basta con contar manifestantes o policías. Tampoco basta con presentar el fenómeno como una rebelión homogénea de la llamada Generación Z.

Las protestas francesas comenzaron en septiembre alrededor de problemas muy concretos en la educación pública. Una huelga de profesores en un instituto de Créteil, en la periferia de París, denunció la falta de personal; alumnos y padres se incorporaron a las movilizaciones y el movimiento terminó extendiéndose a más de mil institutos. Después se incorporaron reivindicaciones sobre el coste de la vida y un malestar político y social mucho más amplio.

En Seine-Saint-Denis, uno de los departamentos más pobres de la Francia metropolitana, el movimiento estudiantil ha encontrado un importante foco de movilización. El fenómeno refleja también una realidad social más amplia: las periferias desfavorecidas de las grandes ciudades europeas reúnen a poblaciones de diversos orígenes sociales y migratorios, y muchos jóvenes de estos sectores encuentran en las protestas una vía para expresar su descontento.

Un ejemplo italiano permite observar mejor la intersección entre marginalidad, inmigración y violencia. The Guardian describió cómo grupos involucrados en saqueos en Milán llegaron desde áreas periféricas marginadas de la ciudad.

Lo que sí está mucho mejor documentado es la participación de organizaciones y militantes de extrema izquierda en algunos episodios violentos.

Durante las protestas francesas del 17 de octubre, mientras cientos de miles de personas marchaban pacíficamente, grupos violentos atacaron edificios públicos, comercios y fuerzas policiales. El primer ministro Sébastien Lecornu responsabilizó de buena parte de los disturbios a la “ultraizquierda” y a delincuentes que aprovecharon las manifestaciones.

El Counter Extremism Project, que ha estudiado específicamente la participación de la extrema izquierda en esta oleada de protestas, señala que existen evidencias de grupos radicales implicados en confrontaciones organizadas en Francia, colectivos izquierdistas participantes en movilizaciones violentas en Italia y circulación transfronteriza de mensajes favorables a la violencia.  

En Alemania apareció el mismo problema durante las manifestaciones del sábado. Gen Z regelt se define como una iniciativa independiente y apartidista, rechaza explícitamente el extremismo y afirma que la violencia no tiene cabida en sus manifestaciones. Antes de las protestas, las autoridades ya habían advertido del peligro de que organizaciones extremistas intentaran infiltrarlas.

Eso no impidió que en la concentración de Berlín aparecieran banderas anarquistas y de Antifa junto a símbolos propalestinos. Euronews informó también de la presencia de representantes de Junge Welt, publicación vigilada por los servicios alemanes de protección de la Constitución y clasificada como extremista de izquierda.

La violencia posterior en varias ciudades alemanas confirmó que el peligro no era imaginario, aunque tampoco permite responsabilizar de esos actos a la totalidad del movimiento. Reuters informó de saqueos y destrucción de establecimientos en Fráncfort, mientras las autoridades alemanas advertían que grupos extremistas intentaban aprovechar las protestas.

En Italia, decenas de miles de estudiantes y trabajadores habían salido a las calles el viernes para exigir mayores salarios y mejores servicios públicos, denunciar el coste de la vida y protestar contra el incremento del gasto militar. La convocatoria procedía del sindicato de base Unione Sindacale di Base y las movilizaciones fueron mayoritariamente pacíficas, aunque se registraron enfrentamientos en algunos lugares.

Todo ello plantea una pregunta inevitable: ¿quién está detrás de los grupos que transforman determinadas manifestaciones en enfrentamientos?

Por el momento no existe una respuesta única. En algunos casos aparecen organizaciones de extrema izquierda conocidas; en otros actúan colectivos anarquistas, activistas radicalizados o grupos informales; y en los saqueos participan también delincuentes oportunistas cuya motivación puede no ser ideológica. Presentarlos como una sola organización europea respondería más a una teoría que a los hechos conocidos.

Pero hay otra pregunta todavía más delicada: ¿puede una potencia extranjera estar tratando de aprovechar esta crisis para desestabilizar Europa?

Aquí Rusia entra inevitablemente en el análisis, aunque resulta fundamental separar lo probado de lo sospechado.

Una investigación de Alliance4Europe sobre las protestas francesas examinó 547.471 publicaciones en varias plataformas y nueve idiomas. Su conclusión es significativa: no encontró pruebas de que ningún actor extranjero estuviera detrás del origen de las protestas francesas. Las causas del movimiento, sostiene, son francesas.

Pero la misma investigación encontró algo diferente y políticamente muy importante: actores extranjeros, entre ellos redes vinculadas a Rusia, trabajaron para amplificar la indignación, fomentar la polarización y explotar los disturbios una vez comenzados.

Según el estudio, una red de bots atribuida con “alta confianza” a la operación rusa Doppelganger publicó durante las seis semanas anteriores al 17 de octubre 639 mensajes coordinados en francés, alemán, inglés y polaco que acumularon aproximadamente 7,4 millones de visualizaciones. Uno de los ejes narrativos consistía en vincular las dificultades económicas francesas con el apoyo a Ucrania, tratando de convencer a la población de que el dinero destinado a Kiev estaba siendo sustraído del bienestar de los ciudadanos franceses.

La red Pravda, vinculada al ecosistema propagandístico ruso, difundió además 1.018 artículos en 28 sitios y nueve idiomas relacionados con la crisis.

Eso cambia considerablemente la interpretación del fenómeno.

No hace falta que Rusia invente una protesta ni pague a cientos de miles de manifestantes para obtener beneficios políticos del caos europeo. Es mucho más barato y eficaz localizar una fractura que ya existe y ensancharla.

El descontento por las escuelas es real. El encarecimiento de la vivienda es real. La pérdida de poder adquisitivo es real. La marginación de determinados barrios es real. También existe una discusión legítima sobre si el aumento del gasto militar está desplazando recursos de necesidades sociales.

La operación de influencia comienza precisamente cuando esas preocupaciones auténticas son utilizadas para construir otra conclusión: la culpable es Ucrania, Europa está colapsando, sus gobiernos democráticos son incapaces de gobernar y abandonar el apoyo a Kiev devolvería automáticamente la prosperidad.

Esa es una diferencia fundamental entre crear una revuelta y explotarla.

Hasta ahora, la evidencia disponible respalda la segunda hipótesis mucho más que la primera. Otra investigación sobre la posible interferencia rusa señala que el organismo francés encargado de vigilar las injerencias digitales extranjeras detectó una influencia exterior mínima antes de los disturbios del 17 de octubre. No existe, por tanto, evidencia verificada de que Moscú organizara, financiara o dirigiera aquellas protestas. Sí está mucho mejor documentada la explotación posterior de las imágenes del caos por medios estatales y canales favorables al Kremlin.

Y existe una última paradoja que debería preocupar especialmente a las democracias europeas.

Las mismas redes que explotan la inmigración para presentar las protestas como una rebelión protagonizada por extranjeros pueden, simultáneamente, amplificar desde otro extremo político los mensajes contra el gasto militar y el apoyo a Ucrania. No necesitan coherencia ideológica. Necesitan polarización.

La investigación de Alliance4Europe detectó precisamente esa manipulación: la atribución de los disturbios a inmigrantes o musulmanes fue mucho más frecuente en contenidos en inglés que en francés, y determinadas afirmaciones sobre inmigrantes resultaron infundadas.

Esa capacidad de alimentar simultáneamente extremos opuestos explica buena parte de la naturaleza moderna de la desinformación. Su objetivo no siempre es conseguir que todos crean la misma mentira. Puede bastarle con lograr que diferentes grupos de ciudadanos dejen de creer en una misma realidad.

Por eso Europa tiene ante sí un desafío bastante más profundo que contener manifestaciones.

Debe reconocer que existen problemas de integración, marginalidad y desigualdad social sin convertir el origen étnico en una explicación automática de la violencia. Debe perseguir el extremismo violento de izquierda o de derecha sin criminalizar a quienes protestan pacíficamente. Debe defenderse de las operaciones de influencia extranjeras sin atribuir a una conspiración exterior problemas sociales que son esencialmente europeos.

Y, sobre todo, debe comprender que la mejor defensa frente a cualquier estrategia de desestabilización extranjera consiste en reducir las fracturas internas que esa estrategia pretende explotar.

Una generación que contempla escuelas deterioradas, viviendas inaccesibles, salarios insuficientes y servicios públicos debilitados constituye terreno fértil para el populismo y los extremos políticos. Si además una parte de esa juventud vive en barrios marginados y siente que tampoco forma plenamente parte de la sociedad en la que ha nacido o crecido, el problema deja de ser únicamente económico. Se convierte en una cuestión de integración, pertenencia y legitimidad democrática.

Añádanse grupos extremistas capaces de apropiarse de una protesta pacífica, delincuentes que utilizan las concentraciones para saquear y aparatos extranjeros especializados en transformar cualquier fractura occidental en propaganda, y aparece una combinación peligrosa.

No sabemos todavía si Europa está ante un movimiento generacional duradero o ante una acumulación temporal de crisis nacionales. Lo que sí sabemos es que presentar todo esto simplemente como “jóvenes protestando contra el coste de la vida” empieza a resultar insuficiente.

Europa se enfrenta simultáneamente al malestar de una generación, a problemas de integración social, a la radicalización política y a una guerra de información en la que sus adversarios no necesitan provocar las crisis. Les basta con esperar a que aparezcan, introducirse en ellas y hacerlas más profundas.


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