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Ángel de Fana descarta una invasión de EE.UU.: “Cuba tiene que liberarse por los cubanos”

Ese planteamiento posee una dimensión política importante porque intenta escapar de una trampa que ha condicionado durante décadas el problema cubano: la presentación del conflicto como una disputa fundamentalmente entre Cuba y Estados Unidos. Foto cortesía de FIU-Miami

Redacción Central

Miami. PLC | En momentos en que vuelven a multiplicarse las especulaciones sobre el futuro de Cuba y sobre hasta dónde estaría dispuesto a llegar Washington en su confrontación con el régimen de La Habana, una de las figuras históricas del presidio político cubano introduce una dosis de realismo en el debate: Ángel de Fana no cree que Estados Unidos vaya a intervenir militarmente en la Isla y sostiene que el protagonismo del cambio debe corresponder esencialmente a los propios cubanos.

“Yo nunca he creído en que los Estados Unidos intervengan militarmente en Cuba”, afirmó De Fana en una entrevista concedida a la periodista Tania Costa para CiberCuba. El veterano opositor, dirigente de Plantados hasta la Libertad y la Democracia en Cuba, cumplió más de dos décadas en las cárceles cubanas después de ser condenado en 1962.

Su posición, sin embargo, contiene una excepción. De Fana considera que un escenario radicalmente distinto podría plantearse si se produjera un levantamiento popular en Cuba y las autoridades respondieran matando a quienes participaran en él. Es en esas circunstancias extremas donde considera que podría plantearse una intervención estadounidense.

Pero ese no es el escenario que presenta como deseable ni probable. Su tesis fundamental es justamente la contraria: la solución cubana debe surgir fundamentalmente de los cubanos.

No es una posición nueva. En abril, De Fana ya había declarado que confiaba en que los cubanos pudieran liberarse de la dictadura sin una intervención militar de Estados Unidos. Entonces expresó directamente: “Yo sigo confiando en mi pueblo”.

Las nuevas declaraciones adquieren mayor trascendencia porque no aparecen aisladas. Se producen inmediatamente después de la presentación pública en Miami de la declaración “Al pueblo de Cuba y de Estados Unidos”, fechada el 10 de octubre y respaldada por más de 145 expresos políticos cubanos de diferentes generaciones. De Fana leyó el documento el 22 de octubre en el Museo de la Brigada 2506.

La declaración establece dos exigencias fundamentales antes de cualquier negociación con el régimen: la liberación incondicional de todos los presos políticos y la despenalización del disenso. Entre sus firmantes figuran opositores como Guillermo “Coco” Fariñas y Jorge Luis García Pérez “Antúnez”.

Aquí se encuentra posiblemente el elemento político más significativo de la iniciativa.

Los firmantes no rechazan simplemente una negociación porque proceda del régimen, ni plantean como única alternativa una intervención extranjera. Lo que hacen es intentar fijar una frontera previa: antes de hablar de acuerdos políticos tiene que existir un mínimo de libertades que permita que esa negociación no se produzca entre un poder absoluto y una oposición sometida a prisión, persecución o ilegalidad.

Negociar mientras existen presos políticos y se penaliza el disenso supondría, desde la lógica expuesta por De Fana, aceptar de antemano las condiciones impuestas por quien controla las cárceles, la policía, los tribunales y las instituciones del Estado. De ahí su insistencia en que la libertad de los presos y la despenalización de la discrepancia deben producirse antes de iniciar una negociación.  

Esta posición adquiere además relevancia en un momento en que buena parte de la discusión sobre Cuba vuelve a girar alrededor de Estados Unidos: qué hará Donald Trump, hasta dónde llegará Marco Rubio, cuánto aumentará la presión sobre La Habana y qué capacidad real existe desde el exterior para modificar el comportamiento del régimen.

De Fana introduce otra pregunta, probablemente más incómoda: ¿qué corresponde hacer a los propios cubanos?

En otra parte de la misma entrevista, el histórico opositor afirmó que quiere estar en Cuba antes de que se produzca el cambio y rechazó que toda esperanza de transformación pueda depositarse en Washington. Según declaró, la responsabilidad recae también sobre los propios cubanos.

Ese planteamiento posee una dimensión política importante porque intenta escapar de una trampa que ha condicionado durante décadas el problema cubano: la presentación del conflicto como una disputa fundamentalmente entre Cuba y Estados Unidos.

Para el régimen, esa interpretación ha resultado extraordinariamente útil. Permite presentar sus conflictos internos como consecuencia de una agresión exterior, convertir la disidencia en instrumento de una potencia extranjera y desplazar responsabilidades propias hacia Washington.

Una oposición que coloque el protagonismo del cambio dentro de Cuba dificulta esa narrativa.

Pero existe también una realidad que no puede ignorarse. Pedir protagonismo a la sociedad cubana implica reconocer las enormes limitaciones bajo las cuales esa sociedad puede organizarse. No existe competencia electoral libre entre alternativas políticas, los medios independientes enfrentan restricciones y opositores y activistas han denunciado reiteradamente detenciones y procesos judiciales. Por eso, convertir la responsabilidad cubana en una simple exhortación a “levantarse” sería insuficiente.

La cuestión fundamental es cómo crear condiciones políticas para que los ciudadanos puedan actuar como ciudadanos.

Y es ahí donde la declaración de los expresos políticos adquiere su mayor significado. Sus dos condiciones previas, presos políticos en libertad y disenso despenalizado, pretenden modificar precisamente el terreno sobre el cual podría comenzar una transición.

El mensaje de De Fana, visto desde esta perspectiva, contiene menos triunfalismo del que pudiera parecer. Su confianza en un cambio próximo es una convicción personal, no una certeza demostrable. Lo políticamente sustancial de sus palabras está en otro lugar: después de décadas de esperar que acontecimientos internacionales decidieran el destino de Cuba, coloca nuevamente a los cubanos en el centro de su propia responsabilidad histórica.

Estados Unidos puede presionar. Otros gobiernos pueden condicionar sus relaciones con La Habana. La comunidad internacional puede exigir la liberación de presos y respeto a los derechos fundamentales. Pero ninguna potencia exterior puede sustituir indefinidamente a una sociedad en la construcción del país que vendrá después.

Ese es probablemente el aspecto más importante del mensaje de estos expresos políticos.

No piden comenzar una negociación olvidando a quienes permanecen encarcelados. Tampoco presentan una invasión estadounidense como solución a los problemas nacionales. Plantean algo mucho más difícil: crear condiciones para que sean los cubanos quienes puedan decidir el futuro político de Cuba.

Y después de casi siete décadas en las que el régimen ha utilizado el enfrentamiento con Estados Unidos como explicación, justificación y escudo político, devolver el problema de Cuba a los cubanos constituye, en sí mismo, un cambio importante de perspectiva.


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