ISRAEL-ELECCIONES
Redacción Central
Jerusalén. PLC | Las elecciones israelíes del 27 de octubre han dejado un mensaje político mucho más complejo que una victoria o una derrota. Benjamin Netanyahu sigue en pie y su Likud continúa siendo la principal fuerza individual, pero el resultado provisional no le garantiza los 61 escaños necesarios para gobernar. Al mismo tiempo, la oposición encabezada por Gadi Eisenkot tampoco dispone, por sí sola, de una mayoría alternativa. Israel ha votado, pero todavía no ha decidido quién gobernará.
Y hay que hacer una precisión importante respecto a las primeras informaciones de la noche electoral: los sondeos a pie de urna inicialmente favorecieron ligeramente a la oposición, pero el escrutinio parcial comenzó después a inclinarse hacia el bloque de Netanyahu. Con algo más del 55% de las urnas contabilizadas, una información citada por Al Jazeera situaba al bloque gubernamental en 56 escaños, frente a 49 de la oposición y 15 de las formaciones árabes. Son cifras provisionales y pueden cambiar sustancialmente hasta concluir el recuento.
Esa cautela es esencial. Los resultados oficiales están previstos para el 4 de noviembre y será entonces cuando pueda conocerse con certeza la verdadera correlación de fuerzas de la nueva Knesset.
Lo que sí parece indiscutible es la extraordinaria movilización electoral. La participación alcanzó el 77,7%, la más alta en 27 años, según datos de la Comisión Electoral Central citados por CNBC. Es difícil separar esa movilización del enorme peso político acumulado después de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y las posteriores guerras en Gaza, Líbano e Irán.
En ese sentido, estas elecciones han sido mucho más que una disputa entre partidos. Parte importante del electorado debía pronunciarse indirectamente sobre el fracaso de seguridad del 7 de octubre, la conducción de la guerra, la reforma judicial, el servicio militar de los ultraortodoxos y, en términos más amplios, sobre la continuidad del modelo político que Netanyahu ha construido después de largos años dominando la vida pública israelí.
El propio Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel y líder del partido Yashar!, convirtió precisamente la responsabilidad política por el 7 de octubre en una de las líneas divisorias de su campaña. En una entrevista anterior a las elecciones fue contundente: sostuvo que quien ejercía responsabilidades de mando y liderazgo durante aquel ataque no debería dirigir el país en el futuro y afirmó específicamente que Netanyahu no era adecuado para continuar como primer ministro.
La paradoja es que Eisenkot puede necesitar ahora flexibilizar otras líneas rojas si pretende convertir el voto contra Netanyahu en una mayoría parlamentaria.
Ahí aparece uno de los datos políticamente más significativos de estas elecciones: el fuerte incremento de la representación de los partidos árabes. Los primeros sondeos les atribuían entre 17 y 18 diputados, una cifra que podría convertirlos en árbitros de la nueva Knesset.
Pero la aritmética choca frontalmente con las posiciones políticas. Netanyahu ha descartado depender de los partidos árabes para gobernar. Eisenkot también ha puesto obstáculos a su incorporación, defendiendo la formación de un gobierno de carácter sionista.
Esa contradicción puede convertirse en el centro de toda la negociación posterior. Si los bloques tradicionales no suman 61 diputados, los partidos árabes tendrán un peso parlamentario que ninguno de los aspirantes puede simplemente hacer desaparecer. Un gobierno minoritario sostenido mediante acuerdos parlamentarios externos aparece entre los escenarios que comienzan a discutirse.
Tampoco Netanyahu acepta la interpretación de que las urnas significan su despedida. Ante sus seguidores reclamó la formación de un “gobierno nacional fuerte de derecha”, mientras Eisenkot sostuvo que el electorado había decidido a favor del cambio.
Es precisamente ahí donde comienza la segunda elección, la que no realizan directamente los ciudadanos sino los partidos mediante sus negociaciones.
La Knesset cuenta con 120 escaños y se necesitan 61 para reunir una mayoría. Ser el partido más votado no concede automáticamente el cargo de primer ministro. Una vez oficiales los resultados, el presidente Isaac Herzog deberá decidir qué candidato tiene mayores posibilidades de reunir una mayoría parlamentaria. Según el calendario publicado por Israel Hayom, los resultados oficiales deben conocerse el 4 de noviembre y Herzog tendrá hasta el 11 de noviembre para encomendar a un candidato la tarea de formar gobierno.
Y aquí entra en juego una característica que ha convertido a Netanyahu en uno de los políticos más resistentes de la historia reciente de Israel: su extraordinaria capacidad para sobrevivir a situaciones parlamentarias que parecían cerrarle el camino.
Por eso sería prematuro presentar estas elecciones como el final de la era Netanyahu. El primer ministro continúa encabezando la fuerza individual más importante y, a medida que avanza el escrutinio provisional, su bloque ha mostrado mejores resultados que los pronosticados inicialmente por algunos sondeos. Pero tampoco puede presentarse lo ocurrido como una nueva victoria inequívoca del gobernante israelí. No existe todavía una mayoría que le asegure permanecer en el poder.
Las urnas han dejado además una sociedad profundamente movilizada y políticamente fragmentada. La elevada participación demuestra que para una enorme cantidad de israelíes no se trataba simplemente de decidir quién ocuparía la oficina del primer ministro, sino de qué Israel surgirá después del trauma del 7 de octubre y de años de guerra, polarización política y enfrentamientos sobre el papel de la justicia, la religión y el servicio militar.
Las elecciones de 2026 pueden haber debilitado el sistema de alianzas que permitió gobernar a Netanyahu, pero todavía no han construido claramente su sustituto. Esa es la gran paradoja de la jornada: existe un fuerte voto que reclama cambio, pero las propias divisiones entre quienes quieren ese cambio pueden terminar ofreciendo a Netanyahu otra oportunidad para sobrevivir políticamente.
Por eso, más que un desenlace, Israel acaba de entrar en una nueva batalla. Esta vez no se librará en las urnas, sino en los despachos, en las negociaciones entre partidos y en la capacidad de cada bloque para cruzar algunas de las líneas rojas que proclamó durante la campaña. Y hasta que termine el escrutinio, cualquier anuncio de victoria sigue siendo, simplemente, prematuro.
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