CUBA-NACIONES UNIDAS
Por Juan Moreno – Prensa Libre Cuba- Análisis
La Habana. PLC. Análisis | La Asamblea General de las Naciones Unidas fue escenario este martes de un incidente que trascendió el habitual enfrentamiento político entre Cuba y Estados Unidos. Durante el debate anual sobre la resolución que reclama el levantamiento del embargo estadounidense, la delegación cubana, encabezada por el canciller Bruno Rodríguez Parrilla, reaccionó con protestas, interrupciones y golpes sobre las mesas mientras intervenía el embajador de Estados Unidos ante la ONU, Mike Waltz. La tensión obligó a la presidencia de la Asamblea a intervenir para restablecer el orden.
El incidente estalló cuando Waltz lanzó duras acusaciones contra el régimen cubano, cuestionó su historial en materia de derechos humanos y contrapuso las carencias que padece la población con los privilegios que atribuyó a integrantes de la cúpula gobernante y sus familiares.
La reacción de la delegación cubana fue inmediata. Bruno Rodríguez reclamó la palabra mediante una cuestión de orden y acusó posteriormente al representante estadounidense de mentir y utilizar expresiones ofensivas contra Cuba.
Más allá de las diferencias ideológicas y de la valoración que cada cual pueda tener sobre el embargo estadounidense, lo sucedido plantea una pregunta inevitable: ¿es esa la conducta que se espera de una representación diplomática en el principal foro político internacional?
La diplomacia existe precisamente para gestionar las diferencias mediante argumentos, incluso cuando las posiciones son irreconciliables. Cuando una delegación abandona la contención y convierte una controversia política en una confrontación, corre el riesgo de que su comportamiento termine eclipsando el mensaje que pretende defender.
Eso fue precisamente lo que ocurrió. Una discusión que debía concentrarse en las sanciones estadounidenses acabó proyectando hacia el exterior algo mucho más incómodo para La Habana: la dificultad del poder cubano para aceptar cuestionamientos directos sin responder con descalificaciones y confrontación.
Ahí está la contradicción fundamental del episodio. El Gobierno cubano suele presentarse ante la comunidad internacional como víctima de agresiones externas y defensor de la soberanía y el respeto entre los Estados. Esa posición encuentra un respaldo considerable cada año cuando Naciones Unidas vota contra el embargo. Pero dentro de Cuba, periodistas independientes, activistas, opositores y ciudadanos críticos denuncian desde hace años detenciones arbitrarias, restricciones a la libertad de expresión, actos de repudio y otras formas de hostigamiento por cuestionar al poder.
Waltz aprovechó precisamente esa contradicción durante la confrontación. Su mensaje fue que la reacción observada en Naciones Unidas permitía imaginar lo que puede ocurrir cuando un ciudadano desafía al Gobierno dentro de Cuba, lejos de las cámaras y de la protección de un foro internacional.
La académica cubana Alina Bárbara López Hernández fue todavía más contundente al calificar el episodio como una “vergüenza” y sostener que la delegación cubana había “internacionalizado los actos de repudio”. Su crítica apuntaba al significado más profundo del altercado: sustituir el razonamiento y los argumentos por la descalificación y la intimidación.
El episodio de Nueva York no resolverá el debate sobre el embargo ni modificará por sí solo la compleja relación entre Cuba y Estados Unidos. Pero dejó una imagen difícil de ignorar.
Cuando un Gobierno reclama respeto, soberanía y tolerancia ante la comunidad internacional, esos principios deberían reflejarse también en la manera en que responde a quienes lo contradicen y, sobre todo, en el tratamiento que dispensa a sus propios ciudadanos.
La credibilidad de un Estado no se mide únicamente por los discursos que pronuncia ante el mundo, sino también por su capacidad para soportar la crítica sin convertir cada cuestionamiento en una confrontación.
Lo ocurrido en Naciones Unidas fue, en ese sentido, algo más que un altercado diplomático. Fue una exposición pública de una cultura política acostumbrada durante décadas a considerar al adversario no como alguien a quien hay que responder con argumentos, sino como alguien a quien hay que desacreditar y silenciar.

La Habana. Periodista independiente, integrante del equipo editorial de Prensa Libre Cuba.
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