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La expansión silenciosa del modelo de inteligencia cubano en América Latina

Durante los últimos 25 años, Cuba ha sustituido el apoyo a movimientos armados por una combinación de influencia política, diplomacia, misiones profesionales, redes académicas y culturales, medios estatales y campañas digitales. Imagen generada por inteligencia artificial. PLC ©.

Redacción Central

Estocolmo. PLC Análisis | La muerte de Ramiro Valdés Menéndez en junio, uno de los arquitectos originales del aparato de inteligencia creado tras 1959, simboliza el cierre de una era en la que Cuba convirtió la seguridad del Estado en su principal herramienta de influencia regional. Durante casi siete décadas, La Habana exportó un modelo de control político y vigilancia poblacional inspirado en la KGB soviética y la Stasi alemana, adaptándolo a las dinámicas latinoamericanas y convirtiéndolo en un instrumento de proyección geopolítica de bajo costo y alta rentabilidad. Parte del análisis que sigue se basa en información publicada por Diálogo América.

Ese sistema, construido sobre la integración de estructuras civiles y militares, la contrainteligencia preventiva y el control de las fuerzas armadas, transformó la función de los servicios de seguridad en los países que lo adoptaron. Según el analista cubano José Manuel González Rubines, en estos contextos “el servicio deja de protegerse de un enemigo exterior o interior y empieza a vigilar a sus propios cuadros, garantizando la seguridad de la élite gobernante y convirtiendo al Estado en una propiedad de quien lo dirige”. La Habana buscó así dos objetivos: asegurar la supervivencia de gobiernos aliados y construir una red de actores afines capaces de respaldar a Cuba en los ámbitos diplomático, económico y geopolítico.

Informes del Departamento de Estado de Estados Unidos han señalado que, durante décadas, Cuba entrenó y armó a miles de guerrilleros de izquierda, supervisó insurrecciones violentas y respaldó ataques extremistas en distintos continentes. Sin embargo, en el contexto actual de crisis económica interna y debilitamiento de aliados tradicionales, la estrategia cubana ha evolucionado hacia operaciones informativas, diplomacia política, redes transnacionales, campañas digitales y vínculos institucionales.

La inteligencia se convirtió en un multiplicador de poder para un país con recursos limitados. A través de la Dirección de Inteligencia y los órganos de contrainteligencia del Ministerio del Interior, Cuba construyó una red de relaciones con cuadros políticos, oficiales militares y funcionarios de seguridad latinoamericanos que le otorgó una influencia regional superior a su peso económico. La exportación de técnicas de contraespionaje y control social permitió trasladar parte de la experiencia interna cubana a instituciones de países aliados.

Uno de los pilares históricos de ese sistema son los Comités de Defensa de la Revolución, una estructura territorial de vigilancia vecinal que, con la expansión de Internet, se trasladó también al entorno digital. Un informe de Prisoners Defenders publicado en 2026 reveló que el 88 por ciento de los entrevistados afirmó que las autoridades cubanas mencionaron sus publicaciones digitales durante interrogatorios, y casi la mitad aseguró que sus comunicaciones privadas habían sido interceptadas y utilizadas en procedimientos policiales. El modelo cubano, más que reprimir multitudes, busca impedir que se formen, desarticulando vínculos sociales mediante sospechas, rumores y presiones que empujan al exilio.

La exportación del modelo encontró en Nicaragua uno de sus casos más significativos. Tras la victoria sandinista en 1979, asesores cubanos participaron en la construcción de las nuevas estructuras de seguridad del Estado. Con el regreso de Daniel Ortega en 2007, la cooperación se intensificó en áreas de inteligencia y contrainteligencia, especialmente después de las protestas de 2018, cuya represión dejó centenares de muertos. Testimonios de exmilitares nicaragüenses han señalado la presencia de asesores cubanos en la Policía, Migración, Aduanas y el sistema penitenciario.

Venezuela representó durante más de dos décadas otro pilar fundamental de la proyección cubana. Informes internacionales documentaron la participación de asesores cubanos en inteligencia y contrainteligencia. Tras la detención de Nicolás Maduro a comienzos de 2026, esa presencia comenzó a reconfigurarse, junto con la relación de seguridad entre Caracas y La Habana.

Para González Rubines, este modelo ha contribuido a la erosión institucional y la consolidación de prácticas autoritarias en la región. “Además de autoritarismo, el modelo cubano fabrica cerraduras donde la vía institucional se cierra y la presión se desplaza hacia la violencia o el exilio”, afirma. Paradójicamente, el costo más alto lo han pagado los propios cubanos: el régimen destinó enormes recursos al mantenimiento de un aparato de seguridad que ha limitado el desarrollo económico y deteriorado las condiciones de vida de la población.

Durante los últimos 25 años, Cuba ha sustituido el apoyo a movimientos armados por una combinación de influencia política, diplomacia, misiones profesionales, redes académicas y culturales, medios estatales y campañas digitales. El Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, sancionado por Estados Unidos en junio, es uno de los principales instrumentos de influencia internacional. Aunque no forma parte oficialmente de la inteligencia, sus actividades han estado históricamente vinculadas a los servicios cubanos. Su actual director, Fernando González Llort, es uno de los integrantes de la Red Avispa, condenado en Estados Unidos por espionaje.

Un estudio del centro mexicano GAPAC sobre 71 eventos realizados en Latinoamérica entre marzo y abril de 2026 mostró la capacidad del régimen cubano para movilizar rápidamente redes de apoyo en momentos de dificultad. México aparece como el principal nodo, seguido por Colombia y Brasil, donde redes políticas, profesionales y de solidaridad vinculadas a la isla sostienen campañas de respaldo, iniciativas políticas, intercambios culturales y programas educativos.

La relevancia de esta infraestructura radica en su capacidad acumulativa para amplificar narrativas, movilizar actores y generar apoyo político cuando La Habana enfrenta presión internacional. Paralelamente, Cuba utiliza espacios como el Foro de São Paulo, el Grupo de Puebla, ALBA y CELAC para defender sus intereses y contrarrestar su aislamiento diplomático.

El dominio informativo es otro pilar de la estrategia cubana. Medios estatales, plataformas digitales y redes de activistas promueven narrativas favorables a La Habana y a sus aliados, entre ellos Rusia, China e Irán. La creciente presencia tecnológica china en Cuba ha generado preocupaciones por el posible uso de instalaciones para recopilar inteligencia de señales, según análisis satelitales y evaluaciones de funcionarios estadounidenses.

El legado más duradero del sistema cubano no se encuentra únicamente dentro de la isla, sino en las estructuras de seguridad, redes políticas y métodos de control que La Habana ayudó a desarrollar en distintos países de la región. La muerte de Ramiro Valdés marca el final de una generación que diseñó ese modelo, pero las instituciones y mecanismos construidos durante casi siete décadas continúan proyectando sus efectos mucho más allá de las fronteras cubanas.


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