VENEZUELA-OPOSICIÓN
Redacción Central
Caracas. PLC | La oposición venezolana ha decidido despejar una de las incógnitas fundamentales de la transición abierta tras la caída de Nicolás Maduro: María Corina Machado continúa siendo su principal referencia política, aunque permanezca fuera del país y, paradójicamente, al margen de las negociaciones directas que pueden determinar el futuro inmediato de Venezuela.
La Plataforma Unitaria Democrática, coalición que agrupa a buena parte de las fuerzas opositoras, presentó este domingo en Caracas un denominado “Gran Acuerdo Nacional” que reconoce y respalda explícitamente el liderazgo de Machado, premio Nobel de la Paz de 2025 y actualmente exiliada en Panamá. La dirigente intervino virtualmente en la reunión.
No se trata simplemente de una declaración de respaldo personal. El documento contiene 14 propuestas para una transición democrática, exige la liberación incondicional de los presos políticos, el regreso de los exiliados, el fin de la represión, el levantamiento de las inhabilitaciones políticas y la celebración de elecciones libres, competitivas y verificables. La coalición, sin embargo, no fijó una fecha para esos comicios, mientras Vente Venezuela, el partido de Machado, reclama elecciones en 2027 y un calendario electoral concreto.
La decisión coloca a Machado de nuevo en el centro de una transición venezolana que encierra una contradicción fundamental: la dirigente que la principal coalición opositora reconoce como líder no dirige las conversaciones que se desarrollan con el poder establecido en Caracas.
Esas conversaciones cuentan con el respaldo de Washington y se encuentran ya en una tercera ronda. La delegación opositora está encabezada por Dinorah Figuera, mientras que Machado ha asegurado públicamente que Estados Unidos la dejó fuera de las negociaciones. Washington ofrece una versión diferente: el Departamento de Estado sostiene que Vente Venezuela fue invitado y que Machado tiene derecho a regresar a su país.
Ahí se encuentra el verdadero trasfondo político del anuncio de este domingo. La oposición organizada intenta impedir que una transición concebida para restablecer la democracia termine dejando fuera a la figura con mayor peso dentro de sus propias filas.
El problema comenzó con el extraordinario desenlace político de enero. Fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro y lo trasladaron a Estados Unidos, donde debía enfrentar un proceso judicial. Pero Washington no entregó el poder a la oposición democrática. La entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez quedó al frente del Gobierno interino y desde entonces ha gobernado bajo una fuerte presión estadounidense.
La estrategia de la Administración de Donald Trump ha privilegiado hasta ahora una transición gradual y controlada antes que una ruptura inmediata con toda la estructura heredada del chavismo. Esa política ha producido una situación difícil de imaginar cuando Maduro todavía ocupaba Miraflores: Washington mantiene interlocución con Rodríguez mientras la figura emblemática de la oposición venezolana continúa en Panamá.
Machado ha tratado repetidamente de regresar. Reuters informó en septiembre que su equipo confirmó varios intentos fallidos de entrada por mar y aire desde que abandonó clandestinamente Venezuela. La agencia señaló además, citando a personas familiarizadas con el asunto, que funcionarios estadounidenses habían recomendado anteriormente a la dirigente aplazar su regreso.
El domingo, la propia Machado volvió a elevar la presión. En declaraciones recogidas por El Estímulo, reclamó que las negociaciones produzcan un Consejo Nacional Electoral independiente, un Tribunal Supremo ajustado a la Constitución y, sobre todo, una fecha para las elecciones presidenciales.
El liderazgo de Machado, además, no descansa únicamente en una decisión de las dirigencias partidistas. Una encuesta de AtlasIntel para Bloomberg publicada esta semana situó su intención de voto en 52%, frente al 19% de Delcy Rodríguez. El sondeo entrevistó en línea a 2.010 adultos venezolanos entre el 2 y el 7 de octubre.
Eso convierte la ausencia de Machado de la mesa principal en algo políticamente difícil de sostener si el objetivo final de las conversaciones es una elección competitiva.
Su relación con Trump introduce otra paradoja. Machado recibió el Nobel de la Paz de 2025 y posteriormente entregó físicamente la medalla del premio a Trump durante una reunión en la Casa Blanca el 15 de enero de 2026, como gesto de reconocimiento a su actuación respecto a Venezuela. El Nobel, naturalmente, continuó perteneciendo a Machado: el Instituto Nobel noruego aclaró que el galardón no puede transferirse.
Pero esa cercanía no impidió que aparecieran discrepancias. Esta semana Machado cuestionó abiertamente su exclusión de las conversaciones y criticó algunos de los acuerdos petroleros que Washington impulsa en Venezuela, aunque aseguró que respetaría aquellos contratos que cumplan la legislación venezolana. También defendió una comisión de la verdad independiente y que los responsables de violaciones de derechos humanos respondan ante la justicia.
Es precisamente aquí donde la transición venezolana entra en su etapa más delicada.
La caída de Maduro eliminó al hombre que concentraba el poder, pero no desmontó automáticamente las estructuras políticas desarrolladas durante décadas de chavismo. Delcy Rodríguez proviene de ese mismo aparato. Y Washington parece apostar a que puede utilizar una parte de esa estructura para mantener la estabilidad mientras negocia reformas y una eventual apertura electoral.
La oposición intenta ahora evitar que esa estabilidad transitoria se convierta en permanencia.
Ratificar a Machado es, por eso, mucho más que un gesto partidista. Es una forma de recordarle simultáneamente a Caracas y a Washington que una transición democrática no puede reducirse a sustituir a Maduro manteniendo indefinidamente en el poder a quienes formaron parte de su Gobierno.
También representa un desafío para la propia oposición. Sus divisiones históricas han sido uno de sus puntos más débiles. Las actuales diferencias sobre quién negocia, a qué velocidad debe producirse la transición y cuándo deben celebrarse elecciones podrían volver a fragmentarla precisamente cuando dispone de la oportunidad política más importante en décadas.
El “Gran Acuerdo Nacional” pretende cerrar esa grieta al proporcionar una referencia común. Machado aporta el liderazgo político; Figuera mantiene la negociación institucional; y la coalición intenta convertir ambas vías en una misma estrategia. Que consiga hacerlo determinará buena parte de lo que ocurra a continuación.
Para Cuba, lo que sucede en Venezuela tiene una resonancia que supera ampliamente la política venezolana. Durante décadas, La Habana encontró en Caracas a su principal aliado político y energético regional. Una Venezuela que avance hacia elecciones realmente competitivas, pluralismo político y alternancia supondría una transformación profunda del mapa político latinoamericano y debilitaría uno de los vínculos estratégicos históricos del régimen cubano.
La incógnita ya no es simplemente quién gobierna Venezuela después de Maduro. Es qué clase de sistema surgirá después de él.
La oposición acaba de responder quién considera que debe conducir políticamente ese proceso: Machado. Falta que la realidad del poder, las negociaciones de Caracas y, sobre todo, la estrategia de Washington lleguen a la misma conclusión.
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