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La diplochusmería, vano empeño castrista

Richard Tur de la Concepción, un atorrante bilingüe, dio el manotazo más caro de su vida porque ya debe estar camino de Apagonia Village, donde lo aguardan el gran cacique Limonardo que lo condecorará con alguna de las chapitas que reparte el Consejo de Estado. Foto de archivo

Por Carlos Cabrera Pérez – Prensa Libre Cuba -Opinión

Madrid. PLC Opinión | Después de casi siete décadas de chusmería, los gritos del canciller y su coro de eunucos evidencia que el castrismo sigue enfrentándose a una contradicción elemental: quien ha construido su legitimidad sobre la denuncia del enemigo termina tratando la discrepancia como una amenaza; pero ningún aspaviento, por estruendoso que sea, puede sustituir la obligación de responder con argumentos y datos al adversario.

La diplochusmería es un arma del arsenal totalitario del castrismo, como acaba de demostrar en Naciones Unidas, con el show de la vedete Bruno Rodríguez y su cuerpo de baile; en otro baldío empeño que solamente conduce a la melancolía porque la resolución no obliga a nada a Estados Unidos y, cada año, la casta verde oliva y enguayaberada pierde más apoyos.

Quizá ha llegado el momento de que Washington adopte un perfil bajo ante la cantaleta anual de La Habana y la deje como un boxeador puchindrú tirando piñazos al aire, sin entrar en su tramposo juego, que presenta como gran victoria una votación cuyos efectos reales acaban en la siguiente edición del NTV y cuatro papagayos de Granma y sucursales. La resolución de ONU sobre el embargo de Estados Unidos a Cuba no tiene carácter vinculante y obliga a La Habana a mantener abierta embajadas hasta en Guamuta del Pacífico; andamiaje que sufraga con el dinero que jinetea a los emigrados.

Willy Chirino

Golpear las mesas, interrumpir al adversario y convertir una discrepancia en alharaca no son novedades en la diplomacia cubana ni en la práctica política totalitaria que -cuando no controla el debate- usa el ¡escándalo, es un escándalo! como instrumento de presión y lanza abucheos para descolocar al orador y provocar un segundo acto noticioso favorable a sus intereses.

Para bitongos leguleyos y ciberclarias: la chusma que los dirige y orienta intentó sabotear una sesión multilateral de Naciones Unidas, cuyas reglas de procedimiento permiten plantear objeciones, pero no convertir una cuestión de orden en una réplica sobre el fondo del asunto y, mucho menos, alterar el orden.

La paradoja política es evidente: un Gobierno que reivindica constantemente la igualdad soberana de los Estados y el respeto a las instituciones internacionales se vio representado en ese momento por su ministro de Exteriores, Bruno cañón corto y fofo, provocando una confrontación que obligó a la presidencia a reclamar orden.

Richard Tur de la Concepción, un atorrante bilingüe, dio el manotazo más caro de su vida porque ya debe estar camino de Apagonia Village, donde lo aguardan el gran cacique Limonardo que lo condecorará con alguna de las chapitas que reparte el Consejo de Estado, su CDR, que cogerá y repartirá cajitas, y palmaditas, muchas palmaditas en el hombro de sus compañeros, que ya estarán haciendo brujería para relevarlo en Nueva York, ¡donde hay de todo, pipo!, como le recordará su mujer, cuando nadie los escuche porque no hay micrófonos pa tanta gente.

Como los enseñó Fidel

En septiembre de 1960, Fidel Castro pronunció ante la Asamblea General de la ONU un discurso de más de cuatro horas y media; 269 minutos para ser exactos, que fue el más largo registrado en la historia de ese órgano, y convirtió su estancia en Nueva York en una operación política y mediática, cuando tras ser expulsado del hotel Shelburne, trasladó su delegación al Theresa, en Harlem, donde recibió a Jruschov y a Malcolm X.

No era el mismo procedimiento que golpear una mesa, interrumpir al orador en el uso de la palabra y repartir manotazos, solo otra modalidad de teatro, ¡lo tuyo es puro teatro!, convirtiendo cada circunstancia en un episodio de la representación política de su revolución.

En la Cumbre Iberoamericana de Panamá, del año 2000, al comandante en jefe le salió el tiro por la culata, cuando queriendo acusar al presidente salvadoreño Francisco Flores de amparar a terroristas, el agredido le sacó su expediente de terror y a Castro se le desencajó la quijada y se puso a pestañear insistentemente; trató de interrumpir, pero ya estaba noqueado didácticamente. Desde entonces, el dictador dejó de asistir a esas reuniones.

En enero de 1979, durante un acto por el vigésimo aniversario de la Revolución, Castro atacó públicamente a Pekín y El Cairo. “Cuba no es China ni es Egipto, que vendieron el derecho al primogénito por un plato de lentejas” soltó, provocando la retirada silente de los embajadores de ambas naciones. Y ahora hasta Raúl, que es afinado según Alfredo Guevara, canta en chino. ¡Como cambian los tiempos, Modesto, qué te parece!

El compañero Ernesto Soberón Guzmán se hizo un fidelito durante su intervención ante la Asamblea General, donde regañó hasta los estados que habían votado a favor de la resolución cubana. ¡Que loco! Así de agónica y desesperada anda la Baba sin quimbombó.

Pero Castro y sus herederos no inventaron el uso de la chusmería como arma política, cuyo primer antecedente se remonta a la crisis del Home Rule irlandés (1886), cuando los contendientes gritaban, se interrumpían unos a otros y, en ocasiones, impedían que los oradores concluyeran sus discursos. La práctica no pertenecía a una sola corriente política, se enfrentaban partidarios y adversarios de la autonomía irlandesa.

Manchester, 13 de octubre de 1905. Christabel Pankhurst y Annie Kenney interrumpieron un mitin liberal en el que participaban Edward Grey y Winston Churchill, exigiéndoles que se pronunciaran sobre el derecho al voto de las mujeres.

La organización Women’s Social and Political Union (WSPU) convirtió aquella bravata en un precedente de la estrategia chusma que consiste en interrumpir a los adversarios, atraer la atención de la prensa y transformar la expulsión y/o arresto en publicidad para su causa; mediante la escenificación de un segundo acontecimiento político y mediático.

Los bolcheviques entrando en el baile

El 5 de enero de 1918, la Asamblea Constituyente rusa celebró su primera sesión, las elecciones habían dado la mayoría parlamentaria a los socialistas revolucionarios; no a los bolcheviques, que fracasaron en su intento de imponer al parlamento las decisiones del nuevo poder soviético, entonces abandonaron la sesión y el parlamento fue clausurado por la fuerza al día siguiente.

En el otoño de 1926, durante la lucha por el poder dentro del Partido Comunista de la Unión Soviética, León Trotski y otros dirigentes de la Oposición Unificada intentaron defender sus posiciones ante militantes, pero los abucheos y las interrupciones de los partidarios de Stalin, anularon a los discrepantes.

También en octubre, pero de 1960, Nikita Jruschov saboteó la XV sesión de la Asamblea General de ONU, interrumpiendo discursos, gritando contra otros delegados y golpeando su mesa durante la XV sesión de la Asamblea General. El dirigente soviético llegó dar zapatazos a su mesa, durante una confrontación con el representante filipino Lorenzo Sumulong. El presidente del plenario suspendió la reunión.

Jruschov convirtió la confrontación gestual y sonora en una parte inseparable de su imagen internacional de koljosiano chusma, pero el episodio dejó una estampa duradera: un presidente que en vez de limitarse a refutar al adversario, transformaba el recinto diplomático en escenario de un ring de boxeo oral.

La descalificación del adversario y la negación de su legitimidad son tácticas que suelen anticipar la clausura de espacios de libre expresión y la ilegalización de partidos; en este caso, no son anomalías idénticas porque Cuba no controla todos los mecanismos y resortes de ONU, pero responden a la lógica totalitaria de violentar normas e instituciones, simulando indignación.

El castrismo lleva 67 años concentrando el poder político en el partido comunista y atribuyéndose la representación legítima de la nación, donde la discrepancia interna no dispone de las mismas condiciones institucionales que en una democracia pluralista porque el régimen tilda a sus críticos de instrumentos de una potencia extranjera y convierte la confrontación con el enemigo exterior en una fuente de legitimidad.

La diplomacia no está aislada de esa cultura política. Cuando la representación del país se confunde con la defensa incondicional del Gobierno, la crítica a sus dirigentes puede tratarse como una ofensa a la nación y la respuesta discurre por los chusmas senderos de la descalificación, la indignación y el agravio.

Tras casi siete décadas de chusmería, los gritos del canciller y su coro de eunucos evidencia que el castrismo sigue enfrentándose a una contradicción elemental: quien ha construido su legitimidad sobre la denuncia del enemigo termina tratando la discrepancia como una amenaza. Y ningún grito, por estruendoso que sea, puede sustituir la obligación de responder con hechos a lo que afirma el adversario.

Por favor, que alguien avise al embajador Michael Waltz que Castro era fan de los relojes Seiko; los Rolex, como los Oldsmobiles fueron temporales y -con esas menciones- solo alborota a Miami y adyacentes en víspera del mid term, pero desvía la atención del tema principal: la dilatada criminalidad castrista. Un buen reloj y un cayo privado son atributos comunistas, como la dacha de Brézhnev en el Mar Negro, adonde llevó a su madre, y la señora exclamó: ¡Leonid, te has vuelto loco; y si vuelven los bolcheviques!


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