CUBA-SOCIEDAD
Por Juan Moreno – Prensa Libre Cuba- Análisis
“Una promesa de igualdad que, bajo regímenes autoritarios, terminó convirtiéndose en una maquinaria de control, pobreza y represión.”
La Habana. PLC. Análisis | A lo largo de la historia contemporánea, pocas doctrinas políticas han despertado tantas esperanzas y, al mismo tiempo, generado tantas contradicciones como el socialismo. Sus promotores prometieron una sociedad sin explotadores ni explotados, donde la justicia social, la igualdad y el bienestar colectivo fueran derechos garantizados para todos. Sin embargo, en numerosos países donde se implantaron modelos socialistas de partido único, aquellas promesas terminaron subordinadas a los intereses de una élite política que concentró el poder y restringió las libertades ciudadanas.
La historia de esos regímenes recuerda, en muchos sentidos, la bíblica Torre de Babel: una construcción levantada con la pretensión de alcanzar el cielo, pero condenada finalmente por sus propias contradicciones. En nombre de una sociedad ideal se edificaron sistemas que prometieron liberar al individuo y terminaron sometiéndolo a las estructuras del Estado.
La igualdad como instrumento de poder
Los defensores del socialismo autoritario suelen presentar sus proyectos como una alternativa destinada a eliminar las desigualdades sociales. Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que abolir o restringir drásticamente la propiedad privada no garantiza, por sí mismo, una sociedad más justa.
En la Unión Soviética de Stalin, la China de Mao y la Camboya de Pol Pot, millones de personas murieron como consecuencia de hambrunas, persecuciones, ejecuciones, trabajos forzados y políticas impulsadas por el Estado. Aunque cada una de estas experiencias respondió a circunstancias históricas diferentes y sería simplista considerarlas idénticas, todas dejaron una enseñanza fundamental: cuando una ideología se transforma en verdad oficial y el poder carece de controles independientes, los derechos del individuo pueden acabar subordinados a los objetivos del Estado.
La igualdad proclamada coexistió, además, con privilegios para las élites gobernantes. Los trabajadores, en cuyo nombre se hicieron las revoluciones, quedaron frecuentemente privados de sindicatos independientes, libertades políticas y mecanismos eficaces para exigir responsabilidades a quienes gobernaban.
La contradicción resulta difícil de ignorar: “En nombre de la emancipación del ser humano se construyeron sistemas que limitaron su capacidad para decidir sobre su propia vida”.
La economía de las promesas incumplidas
La planificación centralizada ha demostrado también graves limitaciones cuando pretende sustituir de manera generalizada la iniciativa individual, la competencia y los mecanismos de mercado. La burocratización, los incentivos insuficientes, los errores de planificación y, sobre todo, la dificultad para reconocer y corregir decisiones equivocadas han contribuido a prolongadas crisis económicas en diferentes países.
No todas las experiencias que se han definido como socialistas han sido iguales, ni todos sus problemas pueden atribuirse exclusivamente a una doctrina económica o política. Las guerras, las sanciones internacionales, la disponibilidad de recursos naturales y las condiciones particulares de cada nación también han influido en sus resultados.
Sin embargo, resulta difícil justificar el fracaso persistente de determinadas políticas cuando quienes las aplican impiden simultáneamente el debate público, censuran las críticas y responsabilizan sistemáticamente a enemigos externos de las consecuencias de sus propias decisiones.
China y Vietnam introdujeron profundas reformas económicas y amplios espacios para los mecanismos de mercado sin abandonar el monopolio político de sus respectivos partidos comunistas. Sus experiencias demuestran, precisamente, que la incorporación de la iniciativa privada, la inversión y los incentivos económicos puede modificar profundamente los resultados de un modelo, aunque el crecimiento económico no resuelva por sí mismo la ausencia de pluralismo político.
La pregunta es entonces inevitable: si la iniciativa privada, la inversión y los incentivos económicos contribuyen a generar riqueza, ¿por qué convertirlos en enemigos irreconciliables de la justicia social?
Cuba: una revolución atrapada en sus contradicciones
Cuba constituye un ejemplo particularmente cercano de la distancia que puede producirse entre las promesas revolucionarias y la realidad cotidiana.
La Revolución de 1959 impulsó transformaciones de gran alcance en ámbitos como la alfabetización, la educación y la atención sanitaria. Reconocerlo no significa, sin embargo, aceptar que esos logros puedan justificar indefinidamente un sistema político que mantiene al Partido Comunista como fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, excluye la competencia política por el poder y restringe libertades fundamentales.
Décadas después, la crisis económica, la escasez de alimentos y medicamentos, los prolongados apagones, el deterioro de los servicios públicos y la emigración masiva revelan un agotamiento que difícilmente puede resolverse mediante las mismas estructuras que han gobernado el país durante más de seis décadas.
La contradicción política es igualmente profunda: se proclama que la soberanía reside en el pueblo mientras se impide que los ciudadanos organicen libremente alternativas políticas capaces de disputar el poder en condiciones democráticas.
“La mayor deuda histórica del sistema cubano no es únicamente económica. También es política, porque ha privado a generaciones de cubanos del derecho a elegir libremente entre proyectos diferentes de nación.”
Ese es probablemente el punto central del problema cubano. Una revolución que nació prometiendo devolver la soberanía al pueblo terminó institucionalizando un sistema en el que ese mismo pueblo no puede decidir mediante elecciones plurales quién debe gobernarlo.
Ninguna ideología está por encima de la libertad
Criticar el socialismo autoritario no significa defender la desigualdad, negar la justicia social ni rechazar la responsabilidad del Estado de proteger a los sectores vulnerables. Las sociedades democráticas pueden combinar servicios públicos, protección social, regulación económica, propiedad privada e iniciativa empresarial sin renunciar a las libertades fundamentales.
La verdadera amenaza comienza cuando una ideología se proclama dueña de la verdad, un partido se atribuye la representación exclusiva del pueblo y cualquier discrepancia se transforma en deslealtad, desviacionismo o traición.
Ningún sistema político está libre de errores. La diferencia fundamental reside en la posibilidad de denunciarlos, debatirlos, corregirlos y, cuando sea necesario, sustituir pacíficamente a quienes gobiernan. Para ello son indispensables las elecciones competitivas, la libertad de expresión, una prensa independiente, la separación de poderes, la libertad de asociación y tribunales capaces de actuar con autonomía frente al poder político.
La Torre de Babel del socialismo autoritario no se derrumba únicamente por sus contradicciones económicas. Su contradicción esencial aparece cuando pretende construir una sociedad perfecta negando a los ciudadanos el derecho a cuestionar el proyecto, modificarlo o sustituirlo.
Ahí reside quizá la gran paradoja histórica: un sistema concebido en nombre de la emancipación puede terminar exigiendo obediencia; una revolución realizada en nombre de los trabajadores puede impedirles organizarse independientemente; un Estado levantado para acabar con los privilegios puede crear una nueva clase privilegiada; y una ideología que promete construir el futuro puede terminar pidiendo eternamente sacrificios en el presente.
La humanidad no necesita otra promesa de redención política ni otro experimento que exija sacrificios interminables en nombre de un mañana que nunca llega. Necesita sociedades donde la justicia no dependa de la obediencia, donde la igualdad no sirva para ocultar privilegios y donde ningún partido, gobernante o ideología pueda situarse por encima del ciudadano.
“Ningún proyecto político merece sobrevivir a costa de la dignidad humana. Y ninguna promesa de igualdad puede justificar la destrucción de la libertad.”

La Habana. Periodista independiente, integrante del equipo editorial de Prensa Libre Cuba.
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