CUBA-ESTADOS UNIDOS-NACIONES UNIDAS
Nueva York. PLC | La Asamblea General de Naciones Unidas vivió este martes una escena insólita cuando el canciller cubano Rodríguez intentó interrumpir reiteradamente al embajador estadounidense Mike Waltz durante el debate de la resolución contra el embargo de Estados Unidos. Lo que comenzó como una cuestión de procedimiento terminó convertido en una agria confrontación política que obligó a intervenir a la presidencia de la Asamblea.
Pero el episodio adquiere otra dimensión cuando se observa lo ocurrido apenas ocho días antes en el mismo edificio de Naciones Unidas.

El 19 de octubre, diplomáticos cubanos encabezados por el representante permanente de La Habana, Ernesto Soberón Guzmán, increparon a opositores y antiguos presos políticos que habían acudido al foro “Cuba Libre: La opresión que La Habana oculta”, organizado por la misión estadounidense. Entre los participantes estaban José Daniel Ferrer y Luis Manuel Otero Alcántara. Los funcionarios cubanos los recibieron con gritos de “terroristas” y otras acusaciones. El episodio fue registrado en videos y confirmado independientemente por Reuters, que informó que Soberón y otros representantes cubanos gritaron contra Waltz cuando este abandonaba el encuentro.
Waltz describió posteriormente lo sucedido como un intento de “acosar”, “intimidar” y filmar tanto a antiguos presos políticos como a otros asistentes.
La escena de este martes protagonizada por Rodríguez resulta difícil de separar de aquel antecedente.
Mientras Waltz acusaba al régimen cubano de corrupción y exhibía ejemplos de los privilegios de su élite gobernante, integrantes de la delegación cubana golpearon las mesas y protestaron. Rodríguez insistió en obtener inmediatamente una cuestión de orden y avanzó hacia la zona de la presidencia en medio de un intercambio cada vez más áspero.

Para PLC, hay aquí un elemento político que merece ser señalado: la conducta de la representación cubana recuerda los métodos de presión colectiva que durante décadas han caracterizado los llamados “actos de repudio” dentro de Cuba. La diferencia es que esta vez no ocurría frente a la vivienda de un opositor en La Habana, sino en Naciones Unidas, ante representantes diplomáticos y cámaras.
Precisamente por ello adquirió especial significado la respuesta de Waltz: “Esto no es La Habana. No me vas a intimidar”.
La comparación no es meramente retórica. El incidente del 19 de octubre mostró a representantes oficiales cubanos gritando “terroristas” y “mentirosos” contra opositores y expresos políticos. Las imágenes difundidas muestran a funcionarios filmando e increpando a los participantes del encuentro.
Hay incluso un precedente anterior. En octubre de 2018, representantes cubanos interrumpieron con gritos y golpes sobre las mesas otro acto organizado por Estados Unidos en Naciones Unidas para tratar la situación de los presos políticos en Cuba.
Por eso, más que una simple pérdida momentánea de compostura diplomática, lo ocurrido puede interpretarse como la reproducción fuera de Cuba de una cultura política acostumbrada a responder al adversario no solamente con argumentos, sino intentando silenciarlo mediante gritos, presión colectiva y descalificación.
Waltz aprovechó precisamente esa reacción para reforzar su mensaje. Cuando las interrupciones comenzaron, convirtió la protesta cubana en demostración de su propia tesis: si representantes del Gobierno actuaban así dentro de Naciones Unidas, rodeados de diplomáticos y cámaras, la cuestión que quedaba implícitamente planteada era qué posibilidades tiene dentro de Cuba un ciudadano común enfrentado al poder.
Y ahí estuvo probablemente el mayor error político de Rodríguez.
El canciller pretendía disputar las acusaciones de Washington, pero terminó proporcionando a Waltz una imagen extraordinariamente eficaz para su discurso: un representante del Gobierno cubano intentando detener su intervención mientras otros miembros de la delegación protestaban desde sus asientos.
El enfrentamiento se desarrollaba, además, en medio de una discusión mucho más profunda. La Habana sostiene que las sanciones estadounidenses constituyen la principal causa de las penurias económicas que sufren los cubanos. Washington intenta desplazar esa explicación poniendo sobre la mesa la responsabilidad del propio sistema político, la gestión económica, la represión y los privilegios de la élite gobernante.
Esa fue la razón por la que Waltz recurrió a las imágenes de los relojes Rolex atribuidos a Fidel Castro y Miguel Díaz-Canel y denunció públicamente los lujos de integrantes de la familia gobernante y de personas vinculadas a ella.
El mensaje estadounidense era sencillo: mientras millones de cubanos padecen apagones, escasez y deterioro de los servicios básicos, quienes ocupan los círculos superiores del poder viven bajo condiciones muy diferentes.
Rodríguez, por su parte, acusó al embajador estadounidense de mentir y de mantener una actitud indigna hacia Cuba.
Pero la confrontación dejó una imagen particularmente incómoda para La Habana. Apenas ocho días después de que diplomáticos cubanos increparan a antiguos presos políticos y opositores en los pasillos de Naciones Unidas, el canciller protagonizaba otra escena de enfrentamiento mientras intentaba interrumpir al representante estadounidense.
El régimen cubano acudió a Nueva York para denunciar el embargo y convencer al mundo de que Cuba es víctima de Washington. Terminó colocando también en el centro del debate algo que seguramente no figuraba en su estrategia: sus propios métodos frente a quienes lo contradicen.
Durante décadas, los actos de repudio han servido dentro de Cuba para rodear, intimidar y silenciar al adversario político. Lo ocurrido estos días en Nueva York ofrece motivos legítimos para preguntarse si esa cultura de intolerancia ha terminado siendo exportada incluso por quienes ostentan pasaporte diplomático.
De ahí que la frase de Waltz tenga una trascendencia que supera el altercado personal con Rodríguez:
“Esto no es La Habana. No me vas a intimidar”.
Y quizá ahí radique la imagen políticamente más dañina que deja esta batalla diplomática para el régimen cubano: que, en una institución creada precisamente para que los adversarios se escuchen, sus representantes hayan terminado comportándose de una manera demasiado parecida a la que tantos opositores cubanos llevan décadas denunciando.
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