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El régimen lleva el acto de repudio hasta los pasillos de la ONU

La casta verde oliva y enguaberada, asume el papel de señorita ofendida porque unos "terroristas" hayan mancillado a Naciones Unidas. ¡Cuánta hipocresía en tan poco espacio! Foto redes sociales.

Redacción Central

Nueva York | La diplomacia cubana trasladó este lunes a la sede de Naciones Unidas en Nueva York una de las prácticas más características de la confrontación política del régimen: el acto de repudio. Funcionarios de la misión de Cuba, encabezados por su representante permanente, Ernesto Soberón Guzmán, increparon a opositores y activistas que participaban en Cuba Libre: La opresión que La Habana oculta, un encuentro organizado por la misión estadounidense para abordar los derechos humanos, los presos políticos, las misiones médicas y la corrupción en la Isla.

El episodio fue breve, pero su simbolismo resultó difícil de ignorar. Los funcionarios cubanos lanzaron consignas contra los participantes y calificaron de “terroristas” a quienes acudían al encuentro. La protesta estuvo encabezada por el propio Soberón Guzmán, representante oficial de un Estado miembro de Naciones Unidas.

No se trataba, por tanto, de una manifestación espontánea de simpatizantes del Gobierno cubano. Era una acción protagonizada por integrantes de su representación diplomática, dentro de la sede del principal organismo multilateral del mundo.

La escena terminó teniendo un efecto contrario al aparentemente buscado. La reunión convocada por Estados Unidos pretendía llamar la atención sobre la represión política en Cuba y dar voz a quienes la habían sufrido. Al intentar desacreditar a los participantes mediante gritos y consignas, la delegación de La Habana terminó proporcionando una demostración pública de la intolerancia hacia quienes cuestionan al poder.

Entre los participantes se encontraban dos de las figuras más conocidas de la oposición y la sociedad civil cubanas, José Daniel Ferrer y el artista Luis Manuel Otero Alcántara, ambos antiguos presos políticos. También participaron Orlando Gutiérrez Boronat, del Directorio Democrático Cubano; María Werlau, de Cuba Archive; los investigadores Emilio Morales y Juan Antonio Blanco; y la congresista estadounidense Nicole Malliotakis.  

Pero una de las intervenciones que dio al encuentro una dimensión particularmente internacional fue la de Volodymyr Pavlichenko, representante permanente adjunto de Ucrania ante Naciones Unidas. El diplomático llevó al debate un asunto que La Habana difícilmente puede reducir a su habitual confrontación bilateral con Washington: la presencia de ciudadanos cubanos en las fuerzas rusas que combaten en Ucrania.

Pavlichenko pidió detener el reclutamiento de cubanos por parte de Rusia y reclamó la liberación de aquellos que, según Kiev, permanecen ilegalmente vinculados al servicio militar ruso. Los servicios ucranianos aseguran haber verificado, mediante nombres y datos personales, que entre 1.028 y 1.038 ciudadanos cubanos suscribieron contratos militares entre 2023 y 2025.

El dato introduce un elemento especialmente incómodo para La Habana. Mientras el Gobierno cubano presenta internacionalmente a la Isla como víctima de las políticas estadounidenses, ciudadanos procedentes de Cuba aparecen combatiendo dentro de las filas de Rusia en la guerra contra Ucrania. La cuestión planteada por Pavlichenko desplaza así parte de la discusión desde el embargo hacia las relaciones de La Habana con Moscú y hacia las circunstancias que han permitido el reclutamiento de ciudadanos cubanos para el Ejército ruso.

Las informaciones expuestas por Ucrania describen además mecanismos de captación vinculados a ofertas de empleo. Según esos datos, algunos cubanos fueron atraídos con promesas de trabajos civiles y posteriormente terminaron vinculados mediante contratos a las fuerzas rusas.

La intervención ucraniana amplió, por tanto, el alcance político del encuentro. Ya no se discutía únicamente sobre presos políticos, represión o libertades dentro de Cuba. La conversación alcanzaba también las relaciones entre La Habana y Moscú y la participación de ciudadanos cubanos en una guerra europea.

Todo esto ocurre en vísperas de otra batalla que el Gobierno cubano considera prioritaria.

La Asamblea General tiene previsto debatir los días 27 y 28 de octubre la resolución anual contra el embargo estadounidense. El año pasado la resolución obtuvo 165 votos favorables y siete contrarios, mientras que Waltz, embajador estadounidense ante la ONU, intenta ahora convencer a otros gobiernos de que voten contra la resolución, se abstengan o no participen en la votación.  

Ahí radica buena parte de la importancia del encuentro.

Durante décadas, La Habana ha colocado el embargo estadounidense en el centro de su estrategia diplomática ante Naciones Unidas. Washington intenta ahora cambiar los términos del debate y obligar a los Estados miembros a considerar también la represión política, la existencia de presos políticos, las condiciones de las misiones médicas cubanas y las responsabilidades internas del Gobierno en la situación de la Isla.

A esta lista se añade ahora un problema particularmente delicado: los cubanos reclutados para las fuerzas rusas.

La reacción de La Habana muestra hasta qué punto esta ofensiva diplomática preocupa al régimen. Soberón Guzmán había intentado desacreditar el encuentro incluso antes de celebrarse, calificándolo de maniobra política estadounidense. Finalmente decidió encabezar personalmente la protesta contra sus participantes.  

El resultado fue una paradoja difícil de ocultar.

Mientras los representantes cubanos denunciaban una supuesta utilización política de Naciones Unidas, ellos mismos convertían sus pasillos en escenario de una protesta organizada contra quienes acudían a hablar de derechos humanos. Y mientras La Habana concentraba su discurso en denunciar a Estados Unidos, el representante de Ucrania introducía una cuestión que Washington no necesitó plantear: qué hacen más de un millar de cubanos identificados por las autoridades ucranianas vinculados mediante contratos militares a las fuerzas de Rusia.

Al final, los gritos de la delegación cubana no consiguieron silenciar el encuentro. Consiguieron exactamente lo contrario: convertirlo en noticia.

Y dejaron una imagen difícil de conciliar con el discurso internacional de La Habana: antiguos presos políticos entrando en Naciones Unidas para denunciar la represión que sufrieron, un representante ucraniano denunciando el reclutamiento de cubanos por Rusia y, en los pasillos, diplomáticos del Gobierno cubano tratando de desacreditarlos a gritos.


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