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Washington cambia el tono con Cuba: de la presión económica al llamado abierto desde la CIA y el Comando Sur

Cuando la Casa Blanca, el secretario de Estado, una agencia de inteligencia y un comando militar proyectan en un intervalo tan breve mensajes orientados en la misma dirección, Washington deja la impresión de querer que La Habana perciba que la presión ya no pertenece exclusivamente al ámbito económico y diplomático. Imagen generada por IA| ©PLC

Redacción Central – Análisis

Washington. PLC. Análisis | La confrontación entre Washington y La Habana acaba de cruzar una nueva frontera política. Ya no se trata solamente de sanciones, aislamiento diplomático o presión económica. En cuestión de horas, el presidente Donald Trump habló de buques estadounidenses frente a Cuba; el secretario de Estado Marco Rubio invitó públicamente a los cubanos a colaborar de forma “discreta” con la CIA; la propia agencia de inteligencia difundió un mensaje en español dirigido a potenciales colaboradores y, el sábado, el Comando Sur de Estados Unidos se incorporó públicamente a esa ofensiva comunicacional.

La secuencia difícilmente puede considerarse una colección de episodios aislados. Lo que resulta verificable es una coincidencia extraordinariamente visible de mensajes procedentes de distintos niveles del poder estadounidense. El alcance real de esa estrategia y hasta dónde Washington está dispuesto a llevarla siguen siendo cuestiones abiertas.

Todo comenzó a adquirir otra dimensión el viernes 23 de octubre. Durante un acto electoral en Fort Myers, Florida, Trump afirmó que, una vez concluidas las operaciones contra Irán, buques estadounidenses “pasarán” por Cuba y describió uno de ellos detenido a unas 50 yardas de la costa. Añadió que entonces enviaría a Rubio para “cerrar el acuerdo”. No presentó, sin embargo, ningún plan operacional concreto.

La distinción es importante. Las palabras del presidente constituyen una grave escalada retórica, pero no permiten afirmar que exista una operación militar aprobada contra Cuba. Confundir ambas cosas sería convertir una declaración política en un hecho militar que, hasta ahora, las fuentes consultadas no acreditan.

Horas después llegó una señal mucho menos ambigua.

Rubio se dirigió directamente a quienes desean un cambio en Cuba: “ahora es el momento”, escribió, vinculando su llamado a las promesas incumplidas, la corrupción y los privilegios de unos pocos, y exhortándolos a aprovechar la oportunidad mediante una “colaboración discreta con la CIA”.

La excepcionalidad política del mensaje no radica simplemente en que la inteligencia estadounidense trate de obtener información en Cuba. Lo verdaderamente significativo es que el jefe de la diplomacia estadounidense convierta públicamente esa colaboración en parte explícita de su discurso político hacia la población cubana.

La CIA tomó después el relevo. La agencia difundió un mensaje en español solicitando información de personas que consideren poseer datos de interés sobre Cuba.

Y el sábado apareció un cuarto actor: el Comando Sur.

Su comandante, el general Francis L. Donovan, declaró que “el futuro de Cuba pertenece a quienes actúan” y pidió aprovechar el momento para construir el cambio, denunciando las “promesas rotas”, la corrupción y los privilegios de una élite frente a las necesidades de los ciudadanos. SOUTHCOM amplificó además el mensaje previo de la CIA.

Ahí está probablemente la verdadera noticia.

Cuando la Casa Blanca, el secretario de Estado, una agencia de inteligencia y un comando militar proyectan en un intervalo tan breve mensajes orientados en la misma dirección, Washington deja la impresión de querer que La Habana perciba que la presión ya no pertenece exclusivamente al ámbito económico y diplomático.

Pero también sería prematuro presentar estos acontecimientos como prueba de una inminente intervención estadounidense. Las declaraciones verificadas muestran intimidación política, presión psicológica y captación pública de información. Las fuentes consultadas no demuestran que Trump haya ordenado una operación militar contra Cuba.

La Habana ha entendido, sin embargo, la dimensión del mensaje y ha respondido elevando igualmente el tono.

El vicecanciller Carlos Fernández de Cossío recurrió al sarcasmo ante la convocatoria de la CIA. “Debe haber mucho desespero o pobreza en las filas de la agencia cuando tiene que vender sus ofrecimientos como pasta de dientes”, escribió. También acusó a la CIA de terrorismo de Estado.

Bruno Rodríguez, por su parte, reaccionó específicamente a las declaraciones de Trump sobre los buques. Afirmó que Cuba rechaza las amenazas estadounidenses y respondió que en las costas cubanas existen playas, pero también “diente de perro”, “inhóspito para quienes llegan con fines hostiles y ansias de dominación”.

Resulta revelador que el Gobierno cubano vuelva a situar el enfrentamiento externo en el centro de su narrativa precisamente cuando atraviesa una delicada coyuntura interna. La amenaza exterior proporciona al aparato político una fórmula utilizada durante décadas para reclamar cohesión, desacreditar a sus adversarios internos y atribuir buena parte de la crisis del país a Estados Unidos. Pero esa realidad propagandística no elimina otra igualmente evidente: esta vez Washington está proporcionando a La Habana argumentos especialmente poderosos para alimentar esa narrativa.

Hay, además, un elemento político estadounidense imposible de ignorar. Las declaraciones más recientes de Trump se produjeron durante un mitin electoral en Fort Myers, en Florida, a pocos días de las elecciones de medio término del 3 de noviembre. Univision señala expresamente que el acto estaba dedicado a respaldar candidatos republicanos y EFE recuerda el peso de la población de origen cubano en Florida.

Eso obliga a mantener una lectura crítica en las dos direcciones.

Sería ingenuo reducir todo lo ocurrido a retórica electoral. El llamado explícito de Rubio, la publicación de la CIA y la incorporación del Comando Sur son hechos concretos que van bastante más allá de una frase improvisada en un mitin. Pero también sería imprudente interpretar automáticamente cada declaración de Trump como anuncio de una acción militar.

Washington parece estar persiguiendo algo que puede resultar políticamente eficaz sin disparar un solo tiro: aumentar la incertidumbre dentro de las estructuras del poder cubano. La publicidad dada al reclutamiento de posibles colaboradores tiene, por su propia naturaleza, un efecto adicional al estrictamente informativo. Obliga a un régimen construido alrededor del control político y la Seguridad del Estado a preguntarse hasta dónde llegan realmente las lealtades de quienes trabajan dentro de sus instituciones.

La reacción de José Daniel Ferrer demuestra hasta qué punto el mensaje estadounidense ha comenzado ya a trasladarse a la política opositora. El dirigente de UNPACU se dirigió el sábado a militares, policías y funcionarios cubanos para exhortarlos a responder al llamado de la CIA.

Por ello, la cuestión esencial no es hoy si los barcos estadounidenses aparecerán mañana frente al Malecón. No existe información confirmada que permita afirmarlo. Lo realmente novedoso es que Estados Unidos ha decidido hacer pública una parte de una estrategia que tradicionalmente habría permanecido en el terreno reservado de los servicios de inteligencia.

Para el Gobierno de Miguel Díaz-Canel, esa presión llega además en vísperas de otra batalla diplomática importante. Los días 27 y 28 de octubre, la Asamblea General de Naciones Unidas abordará nuevamente la resolución cubana contra el embargo. Bruno Rodríguez denunció el 21 de octubre que Washington está ejerciendo presiones sobre Estados miembros para modificar su posición en esa votación.

La confrontación se desarrolla así simultáneamente en varios escenarios: Naciones Unidas, las sanciones y el aislamiento económico, la inteligencia, la retórica presidencial y ahora también la comunicación pública del Comando Sur.

La ironía de Fernández de Cossío sobre la “pasta de dientes” y el “diente de perro” de Rodríguez pueden funcionar para el consumo propagandístico interno. Pero detrás del intercambio de frases hay una realidad política bastante más seria: Washington está intentando convencer a los cubanos, incluidos presumiblemente quienes se encuentran dentro de las estructuras estatales, de que el statu quo no es inamovible.

La incógnita consiste en saber cuánto hay de estrategia sostenida y cuánto de presión política calculada, exacerbada además por el calendario electoral estadounidense. Confundir expectativas con hechos sería un error periodístico. Ignorar la acumulación de señales provenientes de instituciones distintas de Washington sería otro.

Lo que sí puede afirmarse es que la política entre Estados Unidos y Cuba ha entrado en una fase de confrontación mucho más explícita. Y para un régimen acostumbrado durante décadas a vigilar obsesivamente la lealtad de sus propios cuadros, quizás el mensaje más inquietante no sea el barco imaginado por Trump a unas decenas de metros de la costa.

Es la pregunta que Washington intenta instalar dentro del propio sistema cubano: quién sigue siendo leal, y quién ha comenzado a pensar en el día después.


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