CUBA-ESTADOS UNIDOS
Redacción Central – Editorial
Estocolmo. PLC Editorial | Las declaraciones de Donald Trump y Marco Rubio sobre Cuba vuelven a producir entusiasmo en sectores del exilio de Miami. Buques de guerra frente a las costas cubanas, el régimen levantando las manos y Rubio enviado a “terminar el acuerdo”. El problema es que, detrás del espectáculo retórico, continúa faltando la pregunta fundamental: ¿cuál es exactamente el plan?
No es irrelevante dónde ni cuándo Donald Trump pronunció estas palabras. Fue el 23 de octubre en un mitin electoral en Fort Myers, Florida, a apenas once días de las elecciones de medio término del 3 de noviembre. El acto tenía como propósito apoyar a candidatos republicanos, incluido Byron Donalds, aspirante a gobernador de Florida. Reuters destacó además algo particularmente significativo: los cubanoamericanos constituyen un poderoso bloque electoral en Florida y Donald Trump obtuvo el 68% de su voto en ese estado en las elecciones de 2024.
Es en ese contexto, y no en el vacío, donde hay que interpretar la espectacular escena imaginada por el presidente.
Ante una pregunta lanzada desde el público sobre Cuba, Donald Trump respondió que Estados Unidos se ocuparía de la Isla al regreso de la guerra con Irán. Habló de los “hermosos barcos” estadounidenses pasando frente a Cuba, de uno de ellos deteniéndose a unas 50 yardas de la costa y, finalmente, de enviar a Marco Rubio para “terminar el acuerdo”. Associated Press señala que no era siquiera una idea enteramente nueva: Donald Trump ya había planteado meses atrás la posibilidad de una intervención y ahora recuperó esa retórica durante la campaña electoral.
Casi simultáneamente, Marco Rubio elevó todavía más el tono. Afirmó en X que para quienes buscan un cambio positivo en Cuba “ahora es el momento” y llamó a aprovechar el descontento provocado por las promesas incumplidas, la corrupción y los privilegios de la élite, llegando incluso a mencionar una colaboración discreta con la CIA.
La gravedad de semejante mensaje contrasta con su imprecisión. Reuters señala expresamente que el mensaje de Marco Rubio no ofreció mayores explicaciones.
Para quienes llevamos décadas observando la política estadounidense hacia Cuba, este lenguaje produce una inevitable sensación de déjà vu. Cada cierto tiempo, y particularmente cuando Florida adquiere importancia electoral, Cuba reaparece no solamente como cuestión de política exterior, sino como poderoso símbolo político doméstico.
Esta vez la coincidencia resulta especialmente evidente porque Donald Trump estaba, literalmente, haciendo campaña.
Sería simplista, sin embargo, afirmar que toda la política de esta Administración hacia Cuba es únicamente propaganda electoral. No lo es. Washington ha adoptado medidas concretas y de considerable alcance.
El 1 de mayo, Donald Trump firmó la Orden Ejecutiva 14404, que amplió sustancialmente el régimen de sanciones contra Cuba y estableció mecanismos para bloquear bienes e intereses de personas y entidades determinadas por las autoridades estadounidenses.
En septiembre, el Departamento de Estado anunció nuevas designaciones contra entidades y personas vinculadas a sectores financieros, mineros y energéticos del régimen. Entre los designados figuraron el Banco Exterior de Cuba y Fidel Ernesto Castro Calis, nieto de Raúl Castro.
A finales de septiembre, Washington volvió a endurecer las regulaciones de sanciones y afirmó oficialmente que utilizaría sus instrumentos de presión económica para impulsar reformas, libertades y rendición de cuentas en Cuba.
Es decir, existe una política real de presión. Lo cuestionable es otra cosa: confundir presión económica con una estrategia política capaz de producir por sí misma una transición democrática.
Y es precisamente ahí donde aparece el peligro del discurso electoral.
Los cubanos han escuchado demasiadas veces que el desenlace está cerca. Ahora se les dice nuevamente que “este es el momento”. Pero una política seria hacia Cuba no puede descansar sobre frases destinadas a provocar ovaciones en un mitin.
Más aún cuando la propia Administración ha enviado señales contradictorias.
En meses recientes Donald Trump ha hablado tanto de intervención como de negociación. Associated Press recuerda que Marco Rubio ha dicho que Washington desea resolver sus diferencias con Cuba pacíficamente, aunque duda de que pueda alcanzarse una solución diplomática con el actual Gobierno cubano.
Reuters recogió incluso que el propio Donald Trump había pronosticado en septiembre que Estados Unidos y Cuba alcanzarían un acuerdo y que no creía necesaria una acción militar.
Ahora, pocas semanas después y en plena recta electoral, regresan los barcos de guerra, la rendición y el “ahora es el momento”.
Ese estira y encoge debería preocupar a quienes realmente desean una transición democrática en Cuba.
Porque Cuba no puede convertirse en una ficha que aparece y desaparece de acuerdo con las necesidades de la agenda política estadounidense. Mucho menos en una promesa que se desempolva cuando conviene entusiasmar al electorado cubanoamericano y vuelve al cajón cuando cambian las prioridades de Washington.
La dictadura cubana merece presión política. Merece sanciones dirigidas contra sus responsables, solidaridad efectiva con los presos políticos, respaldo a la sociedad civil, acceso libre a la información y una estrategia internacional encaminada a una transición democrática. Eso es muy distinto de convertir el futuro de once millones de cubanos en una frase ingeniosa para provocar aplausos.
Además, la grandilocuencia norteamericana proporciona paradójicamente al régimen cubano algo que necesita desesperadamente: un enemigo exterior formidable con el cual explicar sus fracasos y alimentar su discurso de plaza sitiada.
Cuanto más se habla de barcos estadounidenses frente a las costas cubanas, más fácil resulta para La Habana presentar el conflicto no como una disputa entre una sociedad privada de libertades y un Estado autoritario, sino como una confrontación entre Cuba y Estados Unidos.
Y ese es un regalo propagandístico que Washington debería evitar.
Nada de esto significa absolver al régimen de Miguel Díaz-Canel, mucho menos atribuir a Washington la responsabilidad por más de seis décadas de autoritarismo, represión, ausencia de elecciones libres y destrucción de las instituciones republicanas cubanas. Significa exactamente lo contrario: si el objetivo es contribuir realmente a una Cuba democrática, la estrategia debe ser suficientemente seria como para no depender del calendario electoral de Florida.
La pregunta que debería hacerse el exilio cubano tampoco es si Donald Trump habla más duro que sus adversarios. La verdadera pregunta es qué resultados concretos produce esa política para los cubanos.
Aplausos en Miami no equivalen a cambios en La Habana.
Un discurso no libera presos políticos. Una amenaza naval pronunciada durante un mitin no construye instituciones democráticas. Y la promesa de que esta vez sí llegará el desenlace debe juzgarse por los hechos, no por el entusiasmo que provoque entre quienes llevan décadas esperando el final de la dictadura.
El voto cubanoamericano merece algo más que una renovada representación del mismo drama.
Y Cuba, mucho más que otra promesa electoral.
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