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La maduración cívica de la sociedad cubana

El 11 de julio de 2021 marcó un punto de inflexión. No fue un arrebato aislado ni una fecha destinada a desaparecer de la memoria colectiva. Aquel día se quebró uno de los mecanismos fundamentales sobre los que había descansado el poder durante décadas: el miedo a expresar públicamente el descontento. Imagen generada por IA| ©JM

Por Juan Moreno – Prensa Libre Cuba

La Habana. PLC | Durante décadas ha pesado sobre los cubanos un estigma tan simplista como injusto: el mito del “pueblo aguantón”. Quienes repiten esa etiqueta desde fuera suelen confundir las estrategias de supervivencia desarrolladas bajo un régimen totalitario con una supuesta apatía colectiva. Sin embargo, desde una perspectiva social y política, la lectura puede ser muy distinta: lo que ha ocurrido en Cuba no es simplemente resignación, sino un lento proceso de maduración cívica, construido a contracorriente y, muchas veces, a golpes.

El 11 de julio de 2021 marcó un punto de inflexión. No fue un arrebato aislado ni una fecha destinada a desaparecer de la memoria colectiva. Aquel día se quebró uno de los mecanismos fundamentales sobre los que había descansado el poder durante décadas: el miedo a expresar públicamente el descontento. Miles de personas pasaron del murmullo privado al reclamo abierto en las calles. Más allá de las manifestaciones, lo verdaderamente trascendente fue el quiebre psicológico: muchos cubanos comprobaron que su frustración no era una experiencia individual, sino un sentimiento compartido por una parte considerable de la sociedad.

La severa respuesta represiva consiguió contener aquellas protestas, pero no eliminó las causas que las provocaron. La inconformidad adquirió otras formas, muchas veces locales, espontáneas y fragmentadas. Se manifiesta en protestas durante los apagones, cacerolazos, enfrentamientos verbales con funcionarios, denuncias vecinales y expresiones públicas de rechazo ante unas condiciones de vida cada vez más precarias.

Hay además un cambio menos visible, pero probablemente más profundo: la autoridad política ha perdido buena parte de la reverencia de la que disfrutó durante décadas. El discurso oficial ya no es recibido con la misma obediencia automática, y las explicaciones gubernamentales encuentran una sociedad mucho más dispuesta a cuestionarlas.

A este proceso ha contribuido decisivamente el acceso a la información. El régimen ya no posee el monopolio casi absoluto de la narrativa pública que tuvo durante buena parte de su historia. Un teléfono móvil permite grabar una protesta, un abuso de autoridad, una cola interminable o las condiciones de un hospital y hacer circular las imágenes rápidamente. Las redes sociales se han convertido así en una suerte de espacio público alternativo, precisamente allí donde durante décadas no existió una verdadera esfera pública independiente.

El contraste entre la propaganda y la experiencia cotidiana resulta cada vez más difícil de ocultar. Lo que antes podía permanecer limitado a un barrio, un hospital o un municipio hoy puede ser conocido en toda la isla y fuera de ella. Ese cambio tecnológico también ha contribuido a transformar la conciencia ciudadana.

El costo de todo este proceso, sin embargo, ha sido enorme. El éxodo masivo ha drenado al país de una parte significativa de su población, incluidos numerosos jóvenes. Históricamente, la emigración también ha funcionado como una válvula de escape que reduce la presión social interna: para muchos cubanos, marcharse termina siendo una alternativa más viable que enfrentarse abiertamente a un sistema que dispone de enormes mecanismos represivos.

Pero incluso la magnitud del éxodo no ha conseguido eliminar el malestar. Quienes permanecen en Cuba tienen que enfrentarse diariamente a apagones, escasez, inflación, dificultades de transporte y deterioro de los servicios públicos. La protesta política y la lucha por las necesidades elementales comienzan entonces a confundirse: reclamar electricidad, alimentos, medicamentos o agua puede terminar convirtiéndose en un cuestionamiento al funcionamiento mismo del sistema.

La transformación de una sociedad sometida durante décadas en una ciudadanía plenamente consciente de sus derechos no ocurre de la noche a la mañana. Tampoco es un proceso lineal ni irreversible por definición. Hay miedo, cansancio, emigración, represión y una enorme lucha cotidiana por sobrevivir.

Pero algo importante ha cambiado. La libertad y los derechos han dejado de ser para muchos cubanos conceptos abstractos para convertirse en necesidades vinculadas directamente con la vida diaria.

El 11J hizo visible esa transformación, pero no la creó de un día para otro ni terminó con ella. Fue la expresión más contundente de un proceso que continúa desarrollándose de manera dispersa en la calle, en las redes sociales, en los barrios y también entre quienes han perdido el temor a señalar públicamente las responsabilidades del poder.

La maduración cívica de la sociedad cubana quizás deba medirse precisamente ahí: no solamente por el número de personas que salen a protestar un día determinado, sino por la pérdida progresiva del miedo, la capacidad de cuestionar al poder y la creciente conciencia de que los derechos ciudadanos no son concesiones del Estado. En esa transformación silenciosa puede encontrarse una de las claves del futuro de Cuba.


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