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Ucrania busca romper la dependencia de Starlink y apuesta por una alternativa europea

Ucrania no necesita necesariamente abandonar Starlink. Necesita conseguir que Starlink deje de ser indispensable. Imagen generada por IA| © PLC

Redacción Central

Helsinki. PLC Análisis | La guerra de Ucrania acaba de dejar al descubierto una vulnerabilidad que hasta ahora había permanecido parcialmente oculta detrás de la extraordinaria utilidad de la tecnología satelital estadounidense: una parte de las comunicaciones esenciales de un país en guerra puede depender de decisiones tomadas fuera de sus fronteras y, potencialmente, por una empresa privada.

La respuesta de Kiev comienza a tomar forma.

El presidente Volodymyr Zelensky anunció, durante la visita a Kiev del primer ministro finlandés Petteri Orpo, que Ucrania ampliará el uso de capacidades satelitales finlandesas. Paralelamente, las compañías Nokia e ICEYE firmaron con el Ministerio de Defensa ucraniano una carta de intención destinada a explorar el desarrollo de comunicaciones satelitales soberanas bajo control de Ucrania.

El momento difícilmente podría ser más significativo.

La iniciativa coincide con los problemas experimentados por Ucrania con Starlink, la red de satélites de SpaceX que desde el comienzo de la invasión rusa ha adquirido una importancia extraordinaria para las comunicaciones ucranianas.

Las restricciones denunciadas recientemente volvieron a colocar sobre la mesa una cuestión que trasciende a Elon Musk y a su compañía: hasta qué punto es seguro que un país cuya supervivencia depende, entre otras cosas, de sus comunicaciones militares, dependa al mismo tiempo de una infraestructura tecnológica que no controla.

Zelensky ha reconocido públicamente la gravedad del problema. Según sus declaraciones, las limitaciones experimentadas con Starlink afectaron operaciones ucranianas y tuvieron consecuencias especialmente sensibles para determinados usos de drones.

La controversia llegó incluso hasta la Casa Blanca. Según las informaciones citadas, Donald Trump contactó con Elon Musk para pedirle que fueran levantadas las restricciones que afectaban a Ucrania. Posteriormente se habría producido una mejora del servicio, aunque las informaciones disponibles no permiten interpretar el episodio como el final del problema de fondo.

Porque la verdadera cuestión no es quién tomó una determinada decisión sobre Starlink, sino que exista la posibilidad de que una decisión empresarial pueda repercutir sobre las capacidades de defensa de un Estado en guerra.

Ahí aparece Finlandia.

Durante la visita de Orpo, Kiev y Helsinki avanzaron en una cooperación que incluye sectores de especial importancia para Ucrania, como defensa, energía, infraestructura, transporte y tecnología. Dentro de ese marco se encuentra la colaboración con Nokia e ICEYE.

Conviene, sin embargo, no exagerar el alcance inmediato del anuncio. Ucrania no dispone desde ahora de un sustituto finlandés de Starlink. Lo firmado es una carta de intención destinada a explorar una cooperación para desarrollar capacidades soberanas de comunicaciones por satélite.

Pero precisamente la palabra «soberanas» contiene la verdadera dimensión estratégica del proyecto.

El planteamiento de Nokia e ICEYE apunta a sistemas de comunicaciones en los que los Estados puedan ejercer un mayor control sobre los satélites, la infraestructura terrestre y los terminales necesarios para mantener la conectividad.

Para Ucrania, después de la experiencia acumulada durante la guerra, esa diferencia puede resultar fundamental.

No se trata simplemente de encontrar otro proveedor. Se trata de reducir la vulnerabilidad generada por la dependencia de un único sistema.

Kiev no puede desconectar mañana Starlink y sustituirlo por una constelación finlandesa. La tecnología que desarrollan Nokia e ICEYE necesita todavía desarrollo, inversión y despliegue. Tampoco hay indicios de que Ucrania pretenda prescindir de las capacidades estadounidenses a corto plazo.

Pero el episodio parece haber acelerado una reflexión estratégica que probablemente ya era inevitable: ningún país que lucha por su supervivencia puede sentirse completamente seguro si una parte crítica de sus comunicaciones depende de una infraestructura que no controla.

La importancia de Starlink para Ucrania constituye precisamente la demostración más clara.

La red de SpaceX ha proporcionado a Kiev capacidades que han resultado extraordinariamente valiosas en un territorio donde las infraestructuras convencionales pueden ser destruidas, interferidas o quedar fuera de servicio. Pero esa misma importancia convierte cualquier limitación del servicio en un problema de seguridad nacional.

La tecnología que ofrece una ventaja puede transformarse simultáneamente en dependencia.

Y esa circunstancia no afecta solamente a Ucrania.

La guerra ha puesto de manifiesto una vulnerabilidad tecnológica europea mucho más amplia. La seguridad del continente continúa dependiendo en determinadas áreas de sistemas, plataformas y compañías estadounidenses. Mientras los intereses políticos de Estados Unidos y Europa permanezcan alineados, esa dependencia puede resultar manejable. Cuando aparecen discrepancias políticas o decisiones empresariales imprevisibles, la situación adquiere otra dimensión.

Es precisamente ahí donde la iniciativa finlandesa adquiere importancia más allá de Ucrania.

ICEYE ha desarrollado capacidades satelitales que ya cooperan con Ucrania, mientras Nokia aporta experiencia en infraestructura de comunicaciones. La combinación apunta hacia un modelo en el que países europeos puedan disponer progresivamente de sistemas espaciales propios o bajo un grado mucho mayor de control soberano.

No significa romper con Estados Unidos. Tampoco significa competir necesariamente contra Starlink.

Significa disponer de alternativas.

En materia militar, la redundancia no es un lujo. Es una protección contra la dependencia.

Un sistema de defensa que depende de una sola infraestructura tiene un punto de vulnerabilidad. Uno que puede apoyarse en distintas redes reduce el riesgo de que una interrupción, una decisión política o una controversia empresarial se convierta inmediatamente en una desventaja operacional.

La invasión rusa ha obligado a Ucrania a transformar en muy poco tiempo su manera de hacer la guerra. Drones, guerra electrónica, inteligencia artificial y comunicaciones satelitales se han convertido en elementos centrales de un conflicto cuya dimensión tecnológica aumenta constantemente.

Ahora Kiev parece haber extraído otra lección.

No basta con disponer de una tecnología eficaz. Hay que garantizar también que siga funcionando cuando más se necesita.

El acuerdo con Finlandia no resuelve de inmediato la dependencia ucraniana de Starlink. Pero señala una dirección política y estratégica difícil de ignorar.

Ucrania no necesita necesariamente abandonar Starlink. Necesita conseguir que Starlink deje de ser indispensable.

Esa diferencia aparentemente pequeña puede resultar decisiva.

Porque la soberanía en las guerras del siglo XXI ya no consiste únicamente en controlar fronteras, territorio, puertos o espacio aéreo. También significa disponer de capacidad para controlar los datos, las comunicaciones y las infraestructuras tecnológicas necesarias para defenderlos.

La experiencia ucraniana puede terminar convirtiéndose también en una advertencia para Europa: una alianza política no elimina la necesidad de autonomía estratégica, y una tecnología proporcionada por un aliado continúa siendo una dependencia mientras el país que la utiliza no disponga de una alternativa.

Finlandia, Nokia e ICEYE no ofrecen todavía un sustituto inmediato de Starlink. Pero Kiev ha comenzado a buscar algo posiblemente más importante a largo plazo: la capacidad de mantener sus comunicaciones esenciales sin depender de que un tercero decida cuándo, dónde y en qué condiciones pueden funcionar.

En una guerra donde los satélites, los drones y los datos se han convertido en armas estratégicas, la independencia tecnológica comienza a formar parte de la propia soberanía nacional.


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