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Putin mueve sus fichas ante Trump y acepta volver a negociar con Ucrania

Todo quedó perfectamente encadenado: Washington pide la liberación de un estadounidense, Moscú accede; Washington solicita reactivar el diálogo trilateral, Moscú se declara dispuesto a hacerlo; y la Administración Trump obtiene dos resultados concretos que puede presentar como evidencia de que su interlocución directa con el Kremlin produce avances. Imagen generada por IA

Redacción Central – Análisis

Estocolmo. PLC Análisis | La liberación del estadounidense Stephen Hubbard podría parecer, observada de manera aislada, un gesto humanitario del Kremlin hacia Washington. Dentro del tablero diplomático que se está moviendo alrededor de la guerra de Ucrania, adquiere, sin embargo, una dimensión considerablemente más política.

El presidente ruso, Vladimir Putin, no solo accedió a liberar al estadounidense después de una petición directa de Donald Trump. Durante su encuentro con el enviado especial norteamericano Steve Witkoff en San Petersburgo, comunicó además su disposición «en principio» a reanudar las conversaciones trilaterales entre Rusia, Ucrania y Estados Unidos.

Ese segundo movimiento puede ser mucho más importante que el primero.

Según el Kremlin, las negociaciones podrían reanudarse a partir del 10 de noviembre y se desarrollarían inicialmente a nivel técnico. Entre las posibilidades mencionadas aparece Abu Dabi como sede, aunque todavía no existe una fecha definitiva. El objetivo planteado por Moscú sería discutir un sistema de seguridad para Rusia y Ucrania una vez concluida la guerra.

Volodymyr Zelensky respondió favorablemente. El presidente ucraniano afirmó que Kiev apoyará las conversaciones trilaterales y mencionó entre las cuestiones a negociar un alto el fuego, el fin de la guerra, medidas relacionadas con el sector energético, iniciativas humanitarias y el regreso de prisioneros. También señaló que unas negociaciones técnicas podrían preparar posteriormente una reunión al nivel de los líderes.

Conviene, sin embargo, no confundir una apertura negociadora con un acuerdo.

Putin no ha aceptado todavía reunirse personalmente con Trump y Zelensky. Lo que Moscú ha aprobado es la reanudación de conversaciones trilaterales a nivel de equipos negociadores. Rusia y Ucrania continúan además profundamente enfrentadas sobre las condiciones de una eventual paz.

Ahí es donde la liberación de Hubbard entra en juego.

El estadounidense, un profesor retirado de 74 años, llevaba más de cuatro años bajo custodia rusa. Moscú lo acusó de combatir como mercenario para Ucrania y un tribunal ruso lo condenó en 2024. Estados Unidos, por el contrario, lo había declarado detenido injustamente. Su familia también negó la acusación rusa.

Trump aseguró que había pedido personalmente a Putin su liberación durante una conversación telefónica y sostuvo que Washington no tuvo que entregar a ningún prisionero a cambio.

Pero que no haya existido un intercambio formal no significa que el gesto carezca de valor político.

La liberación fue anunciada precisamente cuando Witkoff se encontraba en San Petersburgo negociando con Putin. Horas después de haber conversado con Zelensky y dirigentes europeos en Oslo, el enviado estadounidense llevaba al Kremlin nuevas propuestas destinadas a buscar una salida a la guerra.

Todo quedó perfectamente encadenado: Washington pide la liberación de un estadounidense, Moscú accede; Washington solicita reactivar el diálogo trilateral, Moscú se declara dispuesto a hacerlo; y la Administración Trump obtiene dos resultados concretos que puede presentar como evidencia de que su interlocución directa con el Kremlin produce avances.

Ese es probablemente el aspecto más interesante de la operación.

El analista sueco Stefan Ingvarsson, citado por Nyheter24 en la información proporcionada, interpreta la liberación como una posible «moneda de cambio» dentro de una negociación mucho más amplia. Su lectura es que la Casa Blanca puede presentar el caso Hubbard como demostración de que mantener canales estrechos con Moscú proporciona resultados tangibles para Estados Unidos.

Los acontecimientos posteriores refuerzan esa dimensión política.

Witkoff agradeció efusivamente a Putin la liberación y llegó a calificar al mandatario ruso de «humanitario», una expresión que provocó críticas en Estados Unidos. Trump, al ser interrogado, evitó asumir plenamente esa caracterización.

El peligro para Washington consiste precisamente en que un gesto cuidadosamente escogido por el Kremlin termine modificando la percepción sobre quién está haciendo concesiones.

Moscú puede presentar la liberación de Hubbard como una demostración de buena voluntad sin haber realizado hasta ahora una concesión equivalente sobre los problemas esenciales de la guerra. De hecho, el Kremlin recibió con frialdad las propuestas presentadas por Witkoff después de sus conversaciones con Ucrania y los europeos. El asesor presidencial ruso Yuri Ushakov afirmó que había poco contenido útil en ellas para una solución del conflicto.

Ese contraste resulta crucial.

Putin libera a un estadounidense y acepta sentarse nuevamente a negociar, dos decisiones políticamente valiosas para Trump, pero sin que eso signifique hasta ahora que Rusia haya renunciado a sus principales exigencias.

De hecho, Zelensky ha reaccionado con prudencia. Aunque calificó como positivas las señales recibidas, recordó que Rusia ha declarado anteriormente su disposición a mantener encuentros para después cambiar de posición o cancelarlos. «Veremos qué sucede esta vez», advirtió.

Por eso, la nueva fase diplomática debe juzgarse no por los gestos, sino por aquello que cada parte esté realmente dispuesta a modificar.

Hay además otra circunstancia que impide interpretar la apertura rusa como un cambio inequívoco hacia la paz. Mientras avanzaban los contactos diplomáticos, continuaban los ataques rusos sobre Ucrania. Tras la reunión de San Petersburgo, el ministro ucraniano de Exteriores, Andrii Sybiha, sostuvo que el «apaciguamiento, el servilismo y la adulación» no detendrían la guerra rusa.

El tablero, por tanto, es considerablemente más complejo que una liberación de prisioneros.

Trump necesita demostrar que su relación directa con Putin puede producir resultados. Putin, por su parte, tiene interés en mantener abierta la interlocución con Washington y presentarse como una contraparte con la que es posible negociar. Zelensky necesita evitar que cualquier entendimiento entre Washington y Moscú termine imponiendo sobre Ucrania unas condiciones que Kiev considere inaceptables.

La liberación de Hubbard beneficia inmediatamente a todos en términos políticos. Trump puede exhibir el regreso de un estadounidense que Washington consideraba injustamente detenido. Putin proyecta una imagen de flexibilidad con un coste limitado para el Kremlin. Y Witkoff obtiene un resultado concreto en medio de unas negociaciones donde los avances sustanciales continúan siendo difíciles de encontrar.

Pero la decisión rusa de regresar a la mesa con Estados Unidos y Ucrania es potencialmente más trascendente.

Por primera vez en meses vuelve a abrirse formalmente un camino negociador a tres bandas. Que ese camino conduzca verdaderamente hacia un alto el fuego o una paz duradera dependerá de cuestiones mucho más difíciles que la liberación de un ciudadano estadounidense.

La incógnita decisiva sigue siendo qué entiende cada uno por «paz».

Para Ucrania, una negociación necesita garantías que impidan una nueva agresión rusa. Para Moscú, las conversaciones deberán responder también a sus reclamaciones de seguridad. Las posiciones permanecen separadas y el propio Kremlin advierte que las propuestas llevadas desde Oslo no satisfacen plenamente sus planteamientos.

Por eso sería prematuro hablar de un giro histórico.

Lo ocurrido en San Petersburgo debe entenderse más bien como una maniobra diplomática cuidadosamente construida. Putin ha proporcionado a Trump un éxito visible con la liberación de Hubbard y, al mismo tiempo, ha aceptado regresar a una mesa de negociación sin comprometerse públicamente todavía con las concesiones fundamentales que exigiría el final de la guerra.

Trump, entretanto, puede argumentar que hablar directamente con el Kremlin funciona.

La verdadera prueba llegará cuando desaparezcan los gestos simbólicos y comiencen las negociaciones sobre territorio, garantías de seguridad, soberanía y condiciones para detener definitivamente la invasión rusa.

Liberar a un prisionero permite crear confianza. Aceptar sentarse a una mesa permite crear expectativas. Terminar una guerra exige algo mucho más difícil: que Putin esté dispuesto a negociar no solo la forma de la mesa, sino también aquello que Rusia está dispuesta a ceder.


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